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Atrapando la luz de las cansadas miradas
se reviste el presente de atrayente belleza.
Resiste el suspiro que escapa involuntario
mientras el respeto sugiere bajar la cabeza.
¡Hermosa aparición! Sueño delicado de otra vida.
Sorpresiva detención del tiempo que me retrata
abrazado a un segundo de respiración contenida,
con los ojos cerrados oculto a la mirada que atrapa.


¡Cuidado! Que puedes cortar abruptamente
con un inesperado y delicado pestañeo sentido,
el rojo fluir de este cansado corazón demente,
y cubrir de mortuoria madera su último latido.
Que la arcana vida que escapa de tus ojos
no se atreva a tocar está alma resignada,
que reconoce en ella la extraña profundidad
de lejanas emociones vividas, ya pasadas.


¡Cuidado! Debo truncar la mirada impulsiva
que mi tiempo de belleza ya esta vencido.
¿Por qué fijarse en esta apariencia repulsiva?
En este rostro que se agrieta en las grietas.
Trincheras indeseadas de una ajena guerra,
que se pierde palmo a palmo, milímetro a milímetro,
sobre la piel que cubre estas incansables ganas de amar.


¡Cuidado! Que la sangre ha dejado de derramarse
pero la violencia aún se esparce al abrigo.
Cuidado! Que la violencia de la ofensa nace,
y la sangre en su rojizo cristalino es el castigo.
Llega hasta mí silenciosamente vestida de verdad,
sedienta de su esperado derecho de justicia conmigo,
como verdugo descabezado reanimado por la soledad.


¿Qué le puedo yo reflejar a tu lozano brillo?
Destello imprescindible realmente necesario.
Faro en la oscuridad para atraer las curiosas miradas
de los aturdidos, de los ineptos que no saben amar.
Miradas de quienes se aproximan a tus costas embrujadas,
como de aquellos que se despeñan esperando volar.
Felices los caídos encandilados en tus acantilados.


Hoy me descubro como triste espantajo,
ridículamente escondido tras oscuros lentes,
aventurándome a jugar el juego de los hermosos,
de los jóvenes, de los ingenuos, de los inocentes.
Con el temor de ser vergonzosamente descubierto,
y expuesto como patética vulgaridad latente,
me atrevo aún así, a dejar un ojo consciente.


Quisiera creer en esta dulce negación, que mi belleza
se alejó llevándose mi sano juicio de conquista,
y que ha dejado en su lugar la descarada vergüenza.
Una imagen usurpadora de un dorado pasado
que se resiste con vida propia a quedar olvidado,
y que huye asustado para no ser alcanzado
por la insatisfecha vejez de una cuerda madurez.


Nunca te veré más hermosa con otros ojos,
mas que con estos que se resisten a las sombras,
a terminar construyendo lastimosas ilusiones
desde sensaciones íntimas y siluetas deformes,
en pensamientos trasnochados de borrosas visiones,
que se encienden y se consumen lentamente uniformes,
en una boca sin voz, y en un rostro sin ningún nombre.

Texto agregado el 21-03-2019, y leído por 44 visitantes. (1 voto)


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