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La casa estaba helada y ella también, helada como el cuarto de los trastos, el cuarto que una vez había preparado con tanto amor para los hijos que nunca llegaron a habitarlo. Con el tiempo se había transformado en el depósito de todo lo que ya no servía o que nunca utilizaría, pero de lo que le costaba desprenderse, por esa estúpida manía que había heredado de su madre.

- Tenés que guardarlo, algún día lo usarás o te sacará de un apuro – decía, y ella sabía que ese día no llegaría nunca; sin embargo, había hecho lo de su madre, guardar y guardar, cachivaches y recuerdos.

Gustavo fue lo único que no pudo guardar, un buen día se fue y no regresó, ni siquiera se llevó su ropa.

Gustavo con sus proyectos y sus ganas de vivir que se fueron desgastando en un trabajo rutinario y en un hogar patético, sin hijos; sin la alegría de remontar un barrilete o arreglar una bicicleta para un niño que le sonriera y lo llamara papá.

Gustavo que fue perdiendo brillo hasta transformarse en un trasto más.

Gustavo que un día recordó que había otra vida fuera de ese círculo oscuro en el que ella lo había encerrado y se fue a cambiarle el rumbo a su destino.

Ahora estaba sola, como se merecía; una mujer seca, un árbol sin retoños. Comprendió que todo a su alrededor estaba muerto, que ya el pequeño cuarto se había extendido a todos los rincones y se había apoderado de la casa, transformándola en un gran depósito de cosas inservibles, incluida ella.

Ese día la casa estaba mas fría de lo que una persona podría soportar sin morir helada; el frío se apoderó de su cuerpo congelándole hasta el alma.

Sin saber porqué comenzó a llorar desconsolada, agotadas sus fuerzas, suplicando ayuda; de pronto sintió como si algo liberara su mente y que con cada lágrima se diluía ese oscurantismo con el cual había cubierto sus días.

Sus pasos la llevaron a la pieza de los trastos y comenzó a rebuscar entre los muebles hasta encontrar el ajuar que había comprado para ese hijo que murió a pocas horas de haber nacido y sin que ella pudiese acunarlo entre sus brazos. Sacudida por el llanto pero con inusitada decisión, tomó papel y lápiz y escribió el aviso que al día siguiente llevaría al diario “Vendo ajuar de bebé, sin uso”.

Luego siguió separando cachivaches y recuerdos para desprenderse definitivamente de ellos.

Agradecida, sintió que el frío cedía y un tímido calor comenzaba a correr por sus venas, devolviéndola a la vida.

María Magdalena Gabetta

Texto agregado el 27-03-2019, y leído por 94 visitantes. (23 votos)


Lectores Opinan
01-04-2019 Neruda dijo:" Distante y dolorosa como si hubieras muerto, Una palabra entonces, una sonrisa basta, y estoy alegre de que no sea cierto" Detalles, pequeños actos, hechos, eventos, que cambian el sabor del presente Es una cuestión de actitud Como siempre Magdalena, tu texto se me presenta intenso, viscoso y lleno de humanidad Randal-Tor
28-03-2019 Triste, muy triste. Hay mujeres que para sentirse realizadas necesitan tener un hijo. Yo conozco algunas que no precisan de nada mas que ser de ellas mismas para ser felices, pero claro, cada cual con su cada que..Un abrazo, sheisan
28-03-2019 Lo bueno del cuento, es que todos lo tenemos, pero lo impresionante de ése cuarto, es la razón de ser del mismo. Por éllo es que escribir se funda en ver lo que nadie vé. Te felicito. peco
28-03-2019 emociona por lo verdadero. Un abrazo carmen-valdes
28-03-2019 ¡Cuanto nos cuesta lograr el desapego! Si lo lograramos, ese cuarto de trasto estaría casi vacío, pero por sobre todo caminaríamos más ligero de equipaje, más aliviados. Un abrazo enorme Shou
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