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8 La tragedia viaja en bicicleta

Al ver al niño parado en el quicio de la puerta, una de sus tías, mientras la otra dormitaba en una mecedora de mimbre, le dijo:

—Has crecido, el aire de la montaña te hizo bien. Un telegrama de tu Madre nos avisó que venías. Ahora vete a dormir, que mañana temprano deberás ir a inscribirte en la secundaria. Hoy fue el último día, a ver si todavía alcanzas lugar —advirtió desinteresadamente la mujer.

Cuando Ana, la esposa de su primo Rodolfo, que vivía en la casa de al lado y estaba de visita, vio la cara de preocupación del niño montañés, lo llevó aparte de donde se encontraban las tías y guiñándole un ojo le dijo en voz baja:

—No te preocupes, mi hermano es maestro y trabaja allí, búscalo, dile que vas de mi parte y pídele que te ayude —el pequeño esbozó una tímida son- risa en señal de agradecimiento al gesto de solidaridad de su prima política.

La ayuda fue necesaria. El problema no fue el cupo (la escuela era enorme y tenía capacidad para albergar a muchos alumnos, además, en ese tiempo, Durango, pese a ser la capital del estado, tenía menos de cien mil habitantes) sino la falta del certificado de primaria. La hoja en blanco enrollada y atada con un lazo que meses antes su maestro Odón le había entregado, sólo tenía valor simbólico, la administración de la escuela no la reconocía como un documento oficial emitido por la Secretaría de Educación.

El desconcierto del niño se reflejó en su rostro, su mirada limpia, su ausencia de malicia, y la vehemencia con la que aseguraba haber terminado la escuela primaria triunfaron, convenció a las autoridades escolares y logró ser admitido, condicionado a que cuando por correo llegara desde la ciudad de México (donde se administraba la educación rural del país) el certificado, lo presentara para formalizar su inscripción.

En realidad, la escuela secundaria era el Instituto Tecnológico de Durango, donde además de impartirse matemáticas, lengua nacional (como se denominaba la materia de español), física, química, inglés, geografía, se enseñaban oficios: carpintería, mecánica o herrería. El propósito era formar técnicos que pudiesen satisfacer las necesidades de una incipiente industria local que comenzaba a desarrollarse en algunos puntos del país. Lo que más tarde llamarían la reconversión industrial.

Los siguientes tres años, interrumpidos por los periodos vacacionales que eran para él reconfortantes y catárticos, estuvieron marcados por la dificultad para relacionarse con los demás adolescentes. Esa conducta tenía un origen, uno de ellos era la falta de afecto de las tías con las que vivía, su frialdad y su indiferencia mermaban el ánimo del niño y acentuaban su aislamiento, aunado a un fatal accidente.

El niño montañés siempre había convivido con adultos. Hasta los seis años, cuando viajó por primera vez a la ciudad de Durango para ingresar a la primaria, sólo trataba con sus padres y los trabajadores de las minas, sin contacto con otros infantes. Durante los cuatro años que cursó la educación básica, no hizo amigos y prefería pasar el tiempo con sus primos mayores, pues los niños de su edad le aburrían, él consideraba que hablaban tonterías, producto de convivir con adultos. El regreso a la sierra, donde hizo los últimos grados de primaria, fue lo mismo, socializaba con gente mayor y no con sus compañeros de escuela, aun cuando éstos eran más grandes que él, tanto en edad como emocionalmente, una consecuencia de lo duro y agreste de vivir en la montaña. En el periodo que estuvo en la secundaria logró tener un amigo, Javier, pero la mayoría del tiempo lo pasaba con su primo Rodolfo, el esposo de Ana, la mujer que le ayudó a ingresar a la escuela. Rodolfo era veinte años mayor que él, quien sólo había procreado niñas en su matrimonio y en su deseo de tener un hijo varón, lo llevaba a todos lados como su acompañante.

Rodolfo era secretario del juzgado penal ubicado en el interior de la penitenciaría estatal; con su posición administrativa trataba, en la medida de sus posibilidades, de auxiliar a los presos que por su condición económica no podían costearse una defensa legal privada. La carga de trabajo era enorme y el personal insuficiente. Por esa razón, frecuentemente su primo trabajaba hasta la noche. El niño montañés lo acompañaba al penal y cosía expedientes a mano para ayudarle a Rodolfo, quien redactaba acuerdos y sentencias en una destartalada máquina de escribir Remington. Con impresionante velocidad en las manos, el primo aporreaba las teclas, el sonido que producía parecía una ametralladora de letras, sin cometer errores, pues los acuerdos y sentencias no debían tener tachaduras o enmendaduras, era un trabajo impecable.

Por el puesto de Rodolfo en el sistema judicial, el niño ingresaba al interior de la penitenciaría, a bares y tugurios, sin restricciones, donde según su primo lo cuidaba, pero en realidad Rodolfo se emborrachaba olvidándose del pequeño. El jovencito se introducía a ese mundo de adultos que avispaban sus sentidos: la cantina. Muchas veces fue testigo de los lances en el canto de Rodolfo, acompañado por un músico que ofrecía canciones a los parroquia- nos por unas monedas. El pequeño escuchaba divertido cómo Rodolfo interpretaba “La Chapucera”, una canción muy popular en ese tiempo, nadie sabía quién la había compuesto pero todos los borrachos y cancioneros se atribuían la autoría:

“No vuelvo a jugar nomás por jugar/ porque la que amé me salió traidora/ la enseñé a jugar baraja de amor/ y ahora me traiciona porque así es la vida./ No vuelvo a jugar y menos con ella/ por algo le dicen la chapucera/ por ahí va rodando mejor se muriera/ y me desespera que ya no volvió/ y me da coraje que ya no me quiera/ la chapucera que me abandonó.”

Rodolfo era alcohólico y en ocasiones se pasaba días enteros en la cantina. Cuando la madre de Rodolfo, una de las tías del niño montañés, o su esposa Ana lograban averiguar dónde estaba, mandaban al pequeño por él.

—¡Angelito, venga conmigo, vamos a la casa ya!
—le decía el niño, pues entre ellos siempre se llamaban “Angelito”, como calificativo de lo bien que los dos decían portarse.

Rodolfo acompañaba dócilmente al niño, pero si alguien más intentaba llevarlo a casa, reaccionaba con exagerada violencia y aplicaba las habilidades de boxeador que había adquirido en su juventud, golpeaba a todo aquel que estaba a su alcance. Otras veces cuando no se descubría su paradero, terminaba en el hospital con delirium tremens, la bebida cobraba su exceso. Por cortos periodos dejaba de beber y entonces hacía gala de sus habilidades deportivas y de una extraordinaria condición física. Organizaba equipos de basquetbol, que él mismo entrenaba, o preparaba muchachos que anhelaban ser boxeadores. El niño montañés actuaba como su asistente y cargaba el equipo, recogía balones o les llevaba agua a los jugadores.

El adolescente vivía con sus dos tías, hermanas de su papá. Una, Ignacia, a quien un marido borracho y un hijo alcohólico se habían bebido sus mejores años, terminó trabajando de burócrata en una oscura oficina de gobierno; complementaba sus ingresos comprando ropa en la ciudad de México para venderla en Durango. La otra, Amelia, consagrada a la religión, consumió su juventud como un cirio pascual, lenta e inexorablemente, impregnándola de ese perfume triste que esparcen las flores muertas de las iglesias. La providencia le asignó el cuidado de los sobrinos, cosa que hacía sin mucho entusiasmo y obligada por el lazo consanguíneo de sus hermanos, como el niño montañés, que fue el último sobrino en nacer.

Ambas habían perdido su juventud (bebida o consumida), lozanía e ilusiones, convirtiendo lo que pudo ser miel en hiel; de carácter acre, áspero, seco, por ello su relación con el niño montañés fue distante y fría. Esa circunstancia hacía de las vacaciones más que descanso o diversión, el gran acontecimiento, pues significaba el contacto cercano con sus padres, siempre cálidos y amorosos con él.

***

Durango, a pesar de ser la capital del estado, a principios de los años sesenta era una ciudad pequeña; se podía llegar a cualquier lugar caminando, su situación geográfica la determinaba: como se fundó en un valle es una urbe plana. Sin embargo, los estudiantes de secundaria utilizaban el transporte público que tenía una tarifa especial para ellos, aunque la mayoría se trasladaba en bicicleta.

Al niño le asignaban una cantidad diaria para sufragar los gastos de cuatro recorridos, ida y vuelta, mañana y tarde, pero él prefería levantarse más temprano, comer más rápido y regresar más tarde, así podía caminar y gastar el dinero del transporte en sus gustos. Durante mucho tiempo lo dispuso en la compra de refrescos y antojitos callejeros: semillas de calabaza tostadas con sal, frutas cristalizadas, raspados o Quiote (el tallo del maguey horneado), después lo usaría en la compra de cigarrillos.

Frente a la puerta principal de la secundaria había una pequeña tienda. Don Lupe, el dueño, descubrió que muchos de los estudiantes, para aparentar una madurez que todavía no llegaba, fumaban, pero su presupuesto era insuficiente para adquirir una cajetilla, así inició la venta de cigarrillos a granel. Fue allí donde el niño montañés adquirió el hábito de fumar. Le costaría quince años de su vida dejarlo.

***

Aunque el niño montañés nunca había montado en bicicleta y disfrutaba caminar, pensó que si contaba con una, le ayudaría a integrarse con sus demás compañeros y le permitiría formar parte de la alegre caravana que todos los días salía de la escuela. Además podría participar de las “escapadas”, como le llamaban a los paseos cercanos a la ciudad. Decidió que el dinero para el transporte lo ahorraría para comprarse una bicicleta. Juntó por más de un año sin lograr reunir la cantidad necesaria para adquirirla.

En una ocasión que su Padre pasó por la ciudad rumbo a la capital y se quedó unos días en casa de las tías, el niño montañés aprovechó para pedirle que le cubriera el faltante para comprar la anhelada bicicleta:

—Papá, casi todos mis compañeros van en bicicleta a la escuela, yo debería tener una, he estado ahorrando, pero me falta dinero, ayúdeme a comprarla, por favor.

—¡Qué bicicleta ni qué ocho cuartos! Camine, le hace bien. No quiero que pase lo mismo que cuando su Madre, allá en la sierra, se compadeció de usted y le permitió llevarse la mula para ir a la escuela, ¿qué pasó, eh? ¿Se acuerda? Sólo sirvió para que vagara por todos lados, además sus calificaciones no son nada buenas —respondió su Padre con gesto severo.

Días después, un sábado por la tarde, de regreso de la capital y camino a la sierra, el Padre le dijo:

—Venga hijo, traiga sus ahorros y vamos a ver lo de su bicicleta —y sin más preámbulos fueron a una tienda cercana. Escogió la más sencilla y aportó la diferencia.

Como ni el Padre ni el niño sabían andar en bicicleta, la cargaron desde la tienda hasta la casa, y allí estuvo estacionada unos días. El niño la lavaba diariamente y la revisaba para asegurarse de que estuviera bien. Cuando su primo Rodolfo se percató de la bicicleta, le prometió que él le enseñaría a manejarla. El adiestramiento estuvo acompañado de gritos y maldiciones, pero finalmente consiguió, después de dar tumbos por todos lados, desplazarse en ella.

La bicicleta no contribuyó en nada al objetivo principal que el jovencito se había propuesto: su integración a la sociedad estudiantil, tampoco le ayudó a hacer amigos, sólo sirvió para que meses después protagonizara una terrible tragedia.

***

El niño montañés nunca olvidará aquella tarde cuando no tuvo clases y, para mitigar el aburrimiento y contrarrestar el sopor vespertino, decidió salir a dar un paseo. Al circular por la avenida principal, de entre dos autos y justo frente a él apareció súbitamente una ancianita en su carril. La distancia entre la bicicleta y la mujer fue tan corta que no pudo frenar ni esquivarla, pues los dos vehículos le impidieron virar hacia algún lado, perdió el control de la bicicleta y la arrolló. Ambos rodaron por el pavimento, sólo que ella al caer se golpeó la cabeza y quedó en coma. Poco después perdió la vida en el hospital civil de la ciudad.

La ancianita, la bicicleta y el niño yacían en el suelo, ella permanecía inmóvil; el muchachito, aturdido por el impacto, trataba de reaccionar, poco a poco los rodearon los curiosos, algunas mujeres rezaban, otras habían prendido veladoras. Los hombres se dividieron en dos grupos: los que culpaban al niño y quienes lo defendían. La prensa local, proclive a los titulares amarillistas, publicó al día siguiente: “Resultó muerta una sexagenaria atropellada por raudo ciclista”.

El jovencito fue privado de su libertad y, por ser menor de edad, enviado a la correccional, como se le conocía en los años sesenta a los centros de readaptación juvenil, institución donde se encarcelaban a los menores infractores. En cuanto se enteró su primo Rodolfo, el secretario del juzgado, fue hasta el lugar, le llevó una frazada, comida y palabras de aliento:

—¡Angelito, no se preocupe, lo vamos a sacar de aquí! Por lo pronto, cuídese y no deje que nadie lo moleste, si tiene que pelear, hágalo, que sólo será una mancha más al tigre sin mayor importancia.

La penumbra reinaba en el sitio que hacía de celda, de la misma manera que la sombra vaga impedía determinar dónde desaparecía la luz y dónde empezaba la oscuridad. El niño montañés no alcanzaba a precisar dónde iniciaba o dónde terminaba su culpa, en cuclillas desde un rincón, con voz trémula, se preguntaba:

—¿Pasaría esto por dejar mis montañas y venir a una ciudad a la que no pertenezco? ¿Habrá sido por cambiar mi mula por una bicicleta? ¿O será sólo una pesadilla de la que pronto despertaré?

Días después llegó de la sierra el Padre del niño, quien, con el apoyo de su sobrino Rodolfo, consiguió darle celeridad al juicio. Pese al encabezado del periódico, el peritaje mostró que la señora cruzó imprudentemente a mitad de la calle y entre autos estacionados. El niño fue exonerado de homicidio culposo y dejó la correccional. El alivio de salir del encierro y recuperar su libertad le devolvieron el ánimo, pero al mismo tiempo luchaba en su interior contra cierto sentimiento de culpa. Permanecería en arresto domiciliario mientras se cerraba el caso. Para ello faltaba obtener el desistimiento del procedimiento legal por parte de los deudos de la víctima.

Con la finalidad de apresurar la solución y proteger a su Hijo, el Padre del niño, en compañía de Andrés, un primo hermano que vivía en la ciudad, fue a visitar a la familia de la mujer fallecida. Como no sabían qué esperar, decidieron que lo mejor sería ir armados. Con un nudo en la garganta y enorme preocupación, el muchachito vio cómo antes de salir de la casa revisaron sus armas y partieron.

El encuentro, por fortuna, no derivó en hechos qué lamentar. Los familiares, pese a su dolor, sólo reclamaban que se les diera como indemnización los gastos funerarios de la ancianita, pues tenían conocimiento de cómo habían sucedido las cosas y no querían más tragedias. El Padre saldó la deuda económica. Sin embargo, el niño montañés contrajo una deuda con la vida que jamás podría pagar. La ciudad y las máquinas fueron los instrumentos que sentenciaron y marcaron como una cicatriz una parte de su conciencia.

Cuando su Padre regresó a la casa de sus tías, lo miró fijamente a los ojos, el niño no pudo descifrar sus pensamientos y conociendo su severidad esperó un fuerte castigo. No obstante, el hombre sólo se acercó a él, lo abrazó, apretándolo contra su pecho con gran fuerza, y le dijo al oído:

—Hijo mío, no importa lo que pase, o quién tenga la razón, su Padre siempre luchará de su lado.

Al niño le sorprendió la confesión de su Padre, pero se sintió aliviado por el apoyo de un hombre que a los quince años combatió en la revolución y no estaba acostumbrado a mostrar sus sentimientos. Las palabras de su Padre fueron de enorme peso y significado para él. Luego de esa inusual manifestación amorosa, su Padre se despidió de él y de sus tías, agradeció a Andrés su apoyo y se fue a la estación del tren a comprar su boleto de regreso a la sierra.

***

Ese verano trajo consigo muchas cosas: el cambio de clima, su cumpleaños número quince, el fin del ciclo escolar y las tan esperadas vacaciones “largas”. Para el jovencito la escuela terminaba, aun cuando no había concluido el último año de secundaria. Un ex juez que impartía la materia de civismo juzgó inmerecido que aprobara, pues en el examen no recordó la definición de “jurisprudencia”, su mala memoria fue la culpable. El profesor centraba su asignatura en la memorización de leyes y preceptos, más que en la motivación para despertar una actitud cívica en el estudiante y formar verdaderos ciudadanos conscientes de derechos y obligaciones.

Era el verano de 1966, el año del Mundial de Futbol en Inglaterra, cuando estalla el movimiento de médicos mexicanos, cuando se inaugura el Estadio Azteca, cuando el presidente de Estados Unidos, Lyndon B. Johnson, declara que los soldados estadunidenses deben quedarse en Vietnam, cuando Los Beatles dan a conocer su disco Revolver, y cuando el niño montañés cumple quince años y regresa nuevamente a su hábitat natural.

Texto agregado el 28-03-2019, y leído por 34 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
28-03-2019 Llevo diez años entrenando en bici de montaña. Es una experiencia abrasadora. La recomiendo a cualquiera. De los Beatles el "rubber soul" cinco aullidos en dos ruedas yar-
 
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