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10 ¿Qué tiene de malo la belleza?


Con leves golpes y pegando la cara en la puerta para que lo escuchara, doña Margarita le anunció al muchachito:
—Son las cinco de la mañana, hora de levantarse. La emoción del viaje y saber que a cada momento estaba más cerca de su casa vencían el sueño del niño montañés. Se vistió de prisa, se lavó la cara y con el agua aun escurriendo por su rostro, sin importar el frío y la lluvia, salió a la puerta del hotel para esperar a Salomón. Impaciente, aguzaba el oído y la vista para detectar la proximidad del camión, de entre todos los vehículos que a esa hora partían, el jovencito podía identificar el de Salomón.

—¿Durmió bien? ¿Tiene hambre? ¿No olvida nada? —preguntó solícito Salomón al llegar a la cita.


—No, no, no. Vámonos, que ya quiero llegar — respondió el jovencito.

—Ha llovido mucho en la sierra, ¿a ver cómo nos va? —dijo Salomón.

El viaje inició como un rito que se repetía siempre que debía desplazarse a un lugar: en verano y a las seis de la mañana. El trayecto, de sólo cien kilómetros, tomaba hasta quince horas recorrerlo, dependía de la época del año y del camino. En realidad era una brecha por donde bajaban los camiones la madera de las montañas. En la ruta se encontraban algunas rancherías, poblados de apenas una docena de personas, con nombres como Charcos Puercos, La Tembladora, o que evocaban tiempos de una naturaleza menos destruida y con fauna local, como San Miguel de los Lobos. Estos nombres despertaban la fantasía del niño, pues se imaginaba grandes aventuras.

El viejo camión de redilas que manejaba Salomón, que alguna vez fue azul, marca Fargo, lo adquirió como pago por sus servicios de flete de parte del Padre del jovencito, y aunque desde hacía mucho tiempo había cambiado de propietario, nunca le borró el nombre de Amparo (Madre del jovencito), el cual ostentaba en la cabina, justo arriba del parabrisas. El niño recordaría siempre la marca del vehículo por una historia que le contó su Padre.

La historia es la siguiente. En 1913, en Chicago, un hombre originario del viejo Oeste de Estados Unidos fundó una fábrica de automóviles, como homenaje a su tierra natal le puso “Fargo”, se encargó de producirlos con la más alta calidad, para no deshonrar la denominación. Cuando murió, su viuda no pudo administrar el negocio y lo ofreció a una de las grandes armadoras estadunidenses: Chrysler. Basada en la buena reputación de su marca, ésta le hizo una oferta. La viuda solicitó una entrevista con Walter Chrysler, quien trató de convencerla de que la propuesta era justa. Para su sorpresa la viuda lo interrumpió diciéndole: “Su oferta es miserable, sin embargo, aceptaré la mitad de su ofrecimiento, si se compromete a mantener el nombre en todos los vehículos que fabriquen”. Con esta anécdota, real o ficticia, el Padre le enseñó a su Hijo que el mayor valor de un hombre es su buen nombre, el cual debe ser preservado.

La actividad principal de Salomón, más que el cobro de flete por trasladar carga, era el comercio; surtía de productos a las tiendas de los poblados (ésas a las que un ex presidente panista insistía en llamar “changarros” y los lugareños les decían “chumilcos”) y a particulares, sobre todo a las mujeres que le encargaban perfumes baratos pero indispensables para ellas, además de peines, peinetas, pañoletas, lápiz labial, siempre rojo, rímel, siempre negro, entre otros objetos de belleza.

Para hacer más ameno el viaje, Salomón y el jovencito platicaban, el menor le hablaba de sus sueños y proyectos. Salomón le confió pasajes de su vida, uno muy doloroso para él: “gracias” a una mujer, Salomón abandonó para siempre su tierra natal, a sus padres, a quienes jamás volvió a ver, y la posibilidad de estudiar. Le contó que cuando era muy joven se enamoró de la muchacha más bonita de su pueblo, pero sus padres se opusieron a la relación. Por ello se escapó con ella. En su huída recorrió medio país, trabajando de cualquier cosa para sobrevivir, hasta que terminó manejando un camión en el rincón más apartado del mundo.

Salomón le narraba su relato al jovencito, mientras la música distorsionada que salía de la radio del camión le servía de fondo, la cabina era tan ruidosa que la melodía se debía adivinar. De pronto, el niño reconoció el éxito del momento, era la época de oro de los tríos, “Gema”, interpretada por Los Dandys:

“Tú, como piedra preciosa/ como divina joya valiosa de verdad./ Si mis ojos no me mienten/ si mis ojos no me engañan/ tu belleza es sin igual./ Tuve una vez la ilusión/ de tener un amor/ que me hiciera valer/ luego que te vi, mujer/ yo te supe querer con toditita mi alma./ Eres la gema que dios/ convirtiera en mujer para bien de mi vida./ Por eso quiero cantar y gritar que te quiero/ mujer consentida/ Por eso elevo mi voz/ bendiciendo tu nombre y pidiéndote amor…”

Al percatarse Salomón de la canción, detuvo la marcha del camión, apagó el motor, escuchó con devoción y se quedó pensativo. Después le musitó al muchachito entre dientes:

—¡Dejé todo por ella y no valió la pena! Las mujeres bonitas son frívolas, nada las satisface y siempre te van a mirar de arriba a abajo. ¡Dejé todo por ella y no valió la pena! —repitió.

Esta reflexión causó gran impacto en el jovencito, se quedó incrustada en lo más profundo de su subconsciente. Por esa razón, los siguientes treinta años se le dificultó relacionarse con las mujeres: “¿Cómo sabe un hombre que una mujer es sólo bonita? ¿Lo bonito de una mujer se mide antes o después del maquillaje? ¿Antes o después del sexo? ¿Cuando habla o cuando calla? ¿Cuando ríe o cuando llora? ¿En el espejismo del vino o en la penumbra de la resaca?”

—¿Qué tiene de malo la belleza? —le preguntó el adolescente.

—¡Que la belleza se acaba! —respondió lacónicamente Salomón.

Con el tiempo el jovencito aprendería que, efectivamente, la belleza algún día se esfuma, pero también que la fealdad perdura.

En doce horas de camino se generó convivencia, mucha plática, amistad, confianza y reparaciones mecánicas, realizadas por el mismo Salomón, pues en medio de la nada era necesario, además de saber conducir, ser hábil mecánico. En esos años se podía reparar una descompostura, pues nada era electrónico.

Como era temporada de lluvias torrenciales, frecuentemente el camión se atascaba en los enormes lodazales. Sacar un transporte cargado requería de grandes habilidades, auxiliadas por cuerdas, troncos y mucho ingenio para hacer palancas, plataformas y desniveles o cimentar el terreno para que las llantas del vehículo tuvieran puntos de apoyo.

Así era la vida en las montañas, cuando algo pasaba no existía la posibilidad de solicitar ayuda, cada quien debía resolver sus problemas. Las mujeres sabían hacer todo lo que un hogar requiere, incluso confeccionar la ropa de la familia, y los hombres eran capaces de sortear los obstáculos propios de su ocupación. Allí el muchachito aprendió la importancia de ser autosuficiente.

Texto agregado el 22-04-2019, y leído por 31 visitantes. (0 votos)


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