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Inicio / Cuenteros Locales / Vaya_vaya_las_palabras / Nada fue color de rosa

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A veces yo sospechaba que mamá también sospechaba, sobre todo cuando nuestras miradas se cruzaban al final de la escalera o en cualquier rincón de la cocina. Entonces me sentía con ganas de esquivarla o sacar cualquier tema de conversación. Era habitual que mamá llegara tarde a casa, con el único pretexto de que en la oficina estaban tapados de trabajo. Me saludaba y después se acercaba a papá con un beso en la mejilla, mientras mi única reacción consistía en poner cara de póker y fingir que seguía viendo alguna telenovela o la computadora. Cualquier cosa que no fuera mamá, y mucho menos papá recibiendo un tibio beso en la mejilla, porque me daba tanta pena.

Mamá siempre fue una mujer muy hermosa. Todos me decía que mi destino iba a ser el mismo de ella. En algún momento ese cumplido me hizo sentir halagada, porque mamá parecía tenerlo todo: una profesión lucrativa, un auto último modelo, una familia bien constituída en un chalete de Villa Devoto. Se había hecho desde tan abajo que ella misma se asombraba de sus logros. Para mí, mamá era una mujer moderna, una cenicienta de este siglo. Pero un día empezó a llegar tarde a casa y a saludar a papá con un tibio beso en la mejilla. A mis dieciocho años, entonces, vi desaparecer por primera vez la calabaza, el zapatito de cristal y la varita mágica. En fin, mamá ya no era un cuento de hadas.

Con el correr de los días, empecé a preguntarme si papá se hacía el tonto o verdaderamente no se daba cuenta. Era difícil saberlo. Tantos años de trabajar en el Ministerio le habían dado a su semblante una inexpresividad serena. A veces papá parecía un auténtico jeroglífico. Yo volvía corriendo del colegio y lo esperaba con una taza de café, le aflojaba la corbata y le daba un beso. Entonces me quedaba mirándolo. Detrás de sus grandes anteojos, él me escrutaba apenas un momento y me decía «muy rico, hija, gracias». Y yo estaba contenta con el papá que tenía, un papá tan bueno, tan oso y jeroglífico.

A diferencia de él, con cada día que pasaba mamá iba poniéndose más hermosa y arreglada. Por las noches, cuando dejaba el auto en el garage y entraba para saludarnos (a papá siempre con un beso en la mejilla) me resultaba tan evidente que su vitalidad contradecía tantas supuestas horas de oficina. Si me lo hubiera propuesto, con solamente olfatear su blusa o su abrigo ¡ah! en el acto hubiera descubierto algún perfume, alguna evidencia que le quitara la máscara y pusiera al descubierto su verdadera actividad matutina. Entre mamá y yo los secretos no podían existir, por la sencilla razón de que esas cosas no ocurren entre mujeres, aunque en medio pretenda instalarse el silencio. Por cosas así, a veces me hubiera gustado haber nacido varón, sinceramente. El asunto hubiera sido más sencillo. Sin esas ganas de llorar por las noches en mi cama, de repente con ganas de revisarle el teléfono a papá, solamente porque me hacía la estúpida ilusión, la esperanza, de que también él era capaz de pagarle a mamá con la misma moneda, con una dosis de su propia medicina.

Era difícil asegurarlo, pero yo tenía la sensación de que Ester no compartía mis sospechas. Más bien la encontraba sorprendida. Ahora me observaba con rareza cuando me quedaba haciéndole compañía en la cocina, aún después de que mamá y papá se fueran a dormir. Hablábamos poco y casi siempre de lo mismo, mi colegio, su familia. Me distraía ver a Ester lavando la vajilla. Entonces le contaba de mis planes inmediatos. Siempre era ella la primera en enterarse que determinado fin de semana yo tenía ganas de invitar a mis amigas y festejar alguna cosa. Pero festejar qué... la verdad que yo no sabía, y Ester tampoco, por eso se me quedaba mirando con una cara... Como diciendo... Con la misma cara que ponían mis amigas. Pero festejar qué, Carolina, si nadie cumple años, y sin embargo yo tenía el entusiasmo de una fiesta de casamiento. Para colmo papá me consentía en todo, y eso tal vez empeoraba las cosas. Si le pedía plata para un vestido nuevo, me decía que sí. Lo mismo que los patines de hielo, el fin de semana en Buceos y el guardarropa con un espejo más alto. Frente a mis caprichos, él era tan diferente a mamá y su silencio...

Resignarme al silencio de mamá hubiera sido de alguna manera rebajarme a complacerla. Pero me faltaba valor para enfrentarla (con la verdad, decirle mamá sé que tenés un amante). Por esa misma razón empecé con lo de las bromas pesadas. Después de varios días, sin embargo, me di cuenta de que eso tampoco me dejaba satisfecha. Sin embargo qué cosa interesante (y qué triste también) era meter mano en el vestidor de mamá y hacer algunos «retoques». ¿Qué habrá pensado mamá cuándo encontraba la pollera del viernes en el lugar del pantalón del lunes, o los aretes del jueves en el preciso sitio donde debería estar el alajero de todos los martes? Su ropa interior era un capítulo aparte, ahí nunca toqué nada porque me daba cosa... Después el vestidor de mamá estuvo cerrado con llave. Punto final para una travesura tan tonta, aunque tampoco era mi intención seguir atormentando así a mamá indefinidamente, por lo menos no de ese modo.

Fue entonces que decidí enfrentarme con el verdadero culpable, con el amante de mamá, quien primero necesitaba tener un rostro. Generalmente antes de dormirme lo imaginaba, sin proponérmelo, demasiado estereotipado, igual a los villanos de la televisión. Pero yo no quería que fuera así. Por eso busqué en internet la foto de un tipo común y silvestre, uno que tuviera, eso sí, calvicie avanzada, obesidad y unos grandes anteojos. Además tenía que estar de camisa y corbata, porque era difícil que mamá se fijara en un hombre que vistiera diferente. Cuando por fin encontré al tipo adecuado e imprimí su foto, estuve a punto de bajar y pedirle a Ester unos cuántos alfileres. Con cuánto placer se los hubiera clavado al tipo de la foto, justo sobre los ojos, los cachetes y los labios. Pero al final no lo hice. Para qué. A lo mejor el tipo no era pelado, ni gordo y tampoco llevaba lentes. A lo mejor era totalmente diferente al infeliz de la foto.

Entonces se me ocurrió que, definitivamente, sería bastante fácil encontrar al tipo verdadero. Pero proponerme espiar los movimientos de mamá, esperando que ella misma me llevara hasta su amante, fue una idea que me hizo temblar las piernas. ¿Con qué me iba a encontrar realmente? ¿En los brazos de quién la iba a descubrir? Aunque la verdad fuera difícil de digerir, a ese hombre yo tenía que pensarlo como algo nuevo, alguien muy diferente a mi propio papá. Porque un soló día en la vida de papá me mostraba lo que verdaderamente era importante para él: su familia y el trabajo. En cambio un tipo que osaba invadir corral ajeno evidentemente tenía otros valores. Yo sabía, más o menos, lo que había en la cabeza de algunos hombres, hombres que ya habían superado los cuarenta años o se acercaban peligrosamente a los cincuenta. Las cosas que nos decían por la calle, a mí y a mis compañeras de colegio, cuando nos veían pasar con las polleritas tal vez demasiado cortas; sus miradas que a veces nos causaban vergüenza; lo que solamente buscaban en nosotras. Cosas así provenían de hombres por el estilo. ¿Tal vez mi profesor de matemáticas, el de educación cívica? Tal vez, tal vez... Y solamente para empezar a jugar con fuego, decidí una noche entrar a una sala de chat, en el sector que decía mayores de cuarenta. Mi nick_name era siempre el mismo, el sugerente: solita_18. Y para hacerlo más interesante y auténtico coloqué una foto de mi pollerita del colegio y mis piernas cruzadas. Entonces, enseguida, aparecieron ellos, con sus frases y propuestas que eran en $$$ o en u$s.

Una vez soñé que el amante de mamá me subía la pollera. Desde esa noche lo odié un poco más (aunque todavía no le conociera la cara), y ese odio me dio coraje. Mi enojo seguía creciendo cuando, arriba de un taxi, perseguí el auto de mamá desde que salió de su oficina. Después de veinte minutos la vi bajarse y caminar hasta una confitería elegante y bastante discreta. El lugar no estaba nada mal para dos tórtolos infieles. Pero también tenían otro refugio, donde permanecían encerrados por dos o tres horas. Seguramente el tórtolo pagaba todo con su poderosa billetera. Cuando lo vi (primero de espaldas, después de perfil y finalmente de frente) tuve que reconocer que mamá tenía buen gusto. Hubiera sido absurdo negar que el tipo no era pintón y que tenía sus años bien llevados. Era alto y, salvando las distancias, me hizo acordar a Roger Federer. Caminaba con confianza, como si hubiera ganado todos los trofeos del mundo, mientras que mi papá tenía que conformarse con el premio consuelo, con un besito tibio y desganado en la mejilla.

Cuando esa noche llegué a casa y lo encontré a papá en su sillón favorito, corrí hacia él y me senté en su falda. Con sus dedos gordos me revolvió el pelo y yo de nuevo estuve tan contenta de tener un papá tan oso y jeroglífico. Pero mamá charlaba con Ester en la cocina. Imaginé que le estaba impartiendo instrucciones acerca de la cena o el postre. Pasé corriendo por al lado de ellas y no me acuerdo qué les dije, habrá sido cualquier cosa con tal de disimular el temblor de mi voz y mi cuerpo. Necesitaba urgente una ducha caliente y encerrarme en mi habitación en ropa de baño. Solo así estaría contenta, mirando mi imagen de repente en el espejo, orgullosa de mis dieciocho años, de mi piel tan blanca y tersa, de mis polleritas que sabían dejar al descubierto gran parte de mis piernas.

Ahora sabía dónde. Mamá me había puesto en el rastro de su amante. Averigüé dónde vivía, dónde trabajaba. Y fue gracioso que, salvando las distancias, el amante de mamá me hiciera acordar a Roger Federer. Porque los sábados cargaba con su raqueta y se iba a jugar al tenis. Cuando le dije a papá que yo también quería comprarme una raqueta y un par de accesorios, no lo vi tan sorprendido. Ya estaba acostumbrado a mis ocurrencias. Pero cuando se lo dije a mamá, nos quedamos mirando frente a frente por un rato, sabiendo que jamás nos habíamos mirado de esa manera.

Antes de ir a mi primera clase de tenis, le di un abrazo fuerte a papá. A mamá, en cambio, le di un tibio beso en la mejilla y le recalqué que probablemente le escribiría un mensajito. Me fui en taxi, con mi raqueta a cuestas y lo imprescindible en un bolsito. En el club de tenis me aceptaron enseguida. En cuestión de minutos ya tenía el carnet con mi nombre: Carolina, y mi edad, 18 años. También me preguntaron si quería contratar los servicios de un profesor, pero respondí que no. Rápidamente quería entrar en el vestuario femenino y salir con mi remetira blanca, mis zapatillas y pollerita del mismo color. Pero en vez de ir directo a las canchas, preferí sentarme en el bufé, cruzarme de piernas y esperar.

Todos los chicos me miraban. Pero yo estaba esperando que apareciera él. Era sábado y sabía que en cualquier momento aparecería por la puerta. Entonces lo vi, y él también me vio aunque obviamente no me conocía. Sus ojos eran más penetrantes de lo que yo había pensado. En ese momento me solté el pelo y lo miré de reojo. Él se fue a sentar con otro hombre de su misma edad, en una mesa junto a la ventana. Charlaron un rato y a veces se rieron a carcajadas. Cuando decidieron salir hacia las canchas, me di cuenta de que, sí o sí, estaban obligados a pasar por mi lado. A medida que se acercaban por el pasillo, el amante de mamá no podía sacarme los ojos de encima, más precisamente del borde de la pollera, provocándome la sensación de que el cuerpo se me congelaba.

Era tan alto. Que aún desde lejos distinguí la cancha que se proponía ocupar. Entonces agarré mi raqueta y lo seguí. Los seguí. Pero cuando estuve cerca casi retrocedo, porque me di cuenta de que el otro hombre también era muy alto, aunque no tanto como el amante de mamá. Sin embargo me obligué a ocupar el asiento más próximo a su cancha. Mi presencia tan cercana, por supuesto, en seguida les llamó la atención. A cada rato me miraban, me miraban... Yo estaba sentada con las piernas cruzadas y descaradamente me había subido un poco la falda. Y los miraba jugar. Mientras tanto sentía el sol en mis piernas y en mi pelo suelto. Pensé que sería cuestión de tiempo para que alguno de los dos picara el anzuelo.

Y así fue. El otro hombre se aproximó y me preguntó si esperaba a alguien. Yo le respondí que no, y también le confesé que era mi primer día en el club y que tenía muchas ganas de aprender. Entonces el hombre sonrió y llamó al amante de mamá. Ahí nos presentamos. Yo era Carolina. El amante de mamá, Rubén. El sol seguía calentando mis muslos hasta muy arriba y, de pronto, Rubén y el otro hombre dijeron «qué calor» y se sentaron, uno a mi izquierda y el otro a mi derecha. Los dos estaban transpirados, y como el asiento era de madera sentí que crujió bajo tanto peso.

--¿Querés que te enseñemos a jugar? --me preguntó Rubén.

Mordiéndome sensualmente los labios le respondí que sí.

Entonces los dos se miraron y sonrieron, dejándome en claro que había una cancha ideal para eso (la número 11), ubicada justo en los fondos del club, a la sombra de varios árboles. Antes de ir con ellos, le escribí un mensaje a mamá. Después dejé que empezaran a enseñarme lo que ellos llamaban el a b c del tenis. Cada vez que yo corría atrás de la pelotita amarilla, los ojos de Rubén y su amigo se quedaban mirándome la pollera que subía y bajaba. Porque yo me la había subido un poco más, a propósito. Pero después de veinte minutos Rubén dijo que, evidentemente, mi lado flojo estaba en el saque, por eso todas las pelotitas se me iban afuera. Me llevó al rincón menos visible de la cancha y me mostró cómo se hacía. Pero los movimientos eran muy difíciles para que yo los aprendiera tan rápido. Entonces Rubén se paró justo atrás mío y llamó a su amigo. Me dijeron que si les obedecía en todo, aprender a jugar al tenis sería un verdadero placer, el deporte más lindo del mundo. Me lo decían riéndose pero a la vez nerviosos. Rubén me agarró de la cintura y también de mi mano que sostenía la raqueta. Su amigo hizo exactamente lo mismo y yo sentí que mi mano derecha y mi raqueta se elevaban, al mismo tiempo que también lo hacía mi pollera. La entrepierna de Rubén ya era una dureza imposible de ser ocultada. Solo entonces decidí largarme a llorar, pero despacio, casi con vergüenza, sabiendo que todavía tenía un poco más de tiempo, una prórroga que me concedían dos respiraciones calientes ardiéndome en el cuello; una demora llena de susurros y de súplicas pretendiendo dejarme sin voz, porque de otra manera hubieran tenido que taparme la boca, me dijeron.

Entonces desperté, pero no de un sueño, sino justo a tiempo para evitar la pesadilla; dejé de llorar, con enormes deseos de insultarlo, de decirle a Rubén estuviste a punto de hacerlo, basura, y aunque fallaste igual sos una basura, te buscaste una criatura para gozar con tus fechorías, te metiste con mi hija, Rúben, con mi hija; pero esa última frase me resultó incoherente y tal vaz por eso demoré un instante en comprender que era mamá la que venía gritando, la que insultaba a Rubén con todas sus fuerzas y corría a rescatarme, justo por delante del encargado del club y otros dos guardias de seguridad, fuera de sí, por fin, por fin enojada.

Texto agregado el 28-04-2019, y leído por 201 visitantes. (8 votos)


Lectores Opinan
26-05-2019 1)Desde un comienzo,me desagradó la falta de respeto de la madre. Sus llegadas tardes,y la poca comunicación que tenía con su hija. 6236013
26-05-2019 2) Fuera de no terminar con una relación que a todas luces,no existía ya. La hija no tenía vida propia por pensar en qué hacía su madre. Y todo lo que hizo para molestarla,lo encuentro perfecto. El final,excelente ,aunque con una mentira de por medio,dio el resultado que se esperaba****** Me encantó como está escrita la historia,fuera de atraparme. Un abrazo Victoria 6236013
24-05-2019 Me sentía desilusionado por el final, creí recurrirías al recurso ramplón del sueño. Cuando diste el giro final quede fascinado. Todo el entramado desde el principio muy bueno,muy entretenido y hasta didáctico. Miles de aullidos hermano steve
18-05-2019 ¡Feliz Dia de la Madre! za-lac-fay33
09-05-2019 Y gracias por pasar por mi cuento. ´... y ( ) te envían saludos. gui
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