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El divorcio

De las cosas más curiosas que le pueden pasar a uno a los cuarenta es el divorcio.
En mi caso, me pareció peculiarmente absurdo que él, después de diecinueve años de matrimonio bien vividos, porque nunca los vivimos todos juntos, seis u ocho que estuvimos de novios, cada quien en su casa, sí, me pidiera el divorcio.
Fui, como un cantautor español que debería ser citado diría, su esposa soltera.
A estas alturas de la vida miro de manera diferente las cosas de valor en la vida.
He sido una coleccionista de exoticidades, entre ellas, un matrimonio elegido porque sabía, en su momento que si no me casaba en ese entonces, a mis veintiuno, no lo haría más. Sentía que así, tendría el lugar de honor en la vida de él, aunque tuviéramos que mantenerlo en secreto.
Creo que ambos compartíamos la idea de que pasara lo que pasara, siempre seríamos el uno para el otro, un lugar seguro en la vida al cual volver.
Y, es que, de alguna forma, algunos seres humanos necesitamos estabilidad y seguridad. Nuestro mundo a esa edad era tan vulnerable que, era mejor asegurarnos un búnker para la hora en que empezaran a caer las bombas en la vida.
Nos gustaba ese alivio que sentíamos al reconciliarnos después de una pelea y los días en que podíamos controlar exactamente lo que iba a suceder. Ir siempre a un lugar, ver a los amigos, saber cuánto dinero se tiene exactamente, a qué hora llegan de trabajar tus padres, cuánto cuesta un pincel, nadar de doce a una o de una a tres, pero saber. Era lo que nos permitía experimentar y buscar qué era no saber. Estar en nuestro búnker nos incitaba la curiosidad por ponernos en desequilibrio.
En este punto de mi texto empiezo a dudar qué nos gustaba más, lo estable o lo inestable. Creo que éramos unos cobardes con mucha iniciativa que aún cargando su miedo y orinándose los pantalones nos atrevíamos a franquear las barreras que en ese entonces nos ponía la existencia cotidiana. Sí, nos parecía un buen estado la locura y regresar todas las tardes a casa para tomar un chocolate caliente y dormir cómodos para inventar otro nuevo pretexto y salirnos de órbita al otro día.
Por eso nos casamos, nos queríamos y no queríamos a nadie más en ello,éramos búnkers contra la peste del mundo, incluso él, que no había querido a nadie como a mí, luchaba con los fantasmas de mi pasado amoroso,maldecía a los que me conocieron antes, pero al menos, de ahora en adelante el ser su esposa le aliviaba y a mí me hacía pensar que era yo y solo yo quien simplemente por existir regiría sus inclinaciones, y mi opinión ante su manera de ver el mundo siempre sería importante y lúcida. No importando el lugar del mundo donde estuviéramos.
Lo más interesante de todo esto es que, así sucedió.
Tuvimos años de silencio, en los que seguramente aprendimos a amar con locuras similares a otras personas, años que para mí fueron de pasiones y descubrimientos sobre mí misma sin él. Raras veces lo recordaba, a decir verdad, a veces lo recordaba cuando tenía alguna ruptura, extrañaba la fineza de sus formas, a pesar de que él siempre fue un tosco por fuera, extrañaba el tomar un camión a Veracruz para terminar con todo. Las siguientes veces realmente toqué fondo.
Hubo depresiones, peleas, revaloraciones,sesiones de hipnosis, brujerías, limpias, y hasta una golpiza, semanas en que mi anciana madre lloraba y debía cuidarme de no desvanecerme de tristeza profunda, de esas que dan cáncer de huesos, momentos que yo no podía explicarle por vergüenza a que supiera qué mala era para elegir parejas.
Y una tarde de éstas, tuve que llamarle a él para platicar de la vida. Había tenido una terrible ruptura que otra vez me llevaba a las puertas del suicidio.

Fue como si ocho años de no vernos no se hubiesen sentido al nivel de la charla. Noté una paz que antes no cargaba en su cuerpo, pero estaba ahí, lanzando perlas y parábolas que grabé sin que me viera en audios con un teléfono celular.
Su discurso fue mi terapia, al menos por un mes y luego fuimos una que otra esporádica vez a algún museo, era lo mismo. Teníamos comentarios atinados sobre obras, platicábamos de cómo leer cada pintura, veíamos cosas que nos impresionaban y seguíamos tratando solo por un rato, mordazmente al mundo en el que ahora vivíamos, más cargado que nunca de etiquetas de posmodernidad, más bombardeado de publicidad, controlado por el sistema android.
Y así nos vimos muy poco, hasta el día preciso en que me pidió ir a despedirme de su madre en su lecho de casi muerte.
También ello me marcó. No sabía si había sido bueno o malo el haberme despedido, pero sé que de alguna manera esa muerte ayudó a que volviera a desechar cosas en mi vida que no eran importantes.
Y ahora, después de un año o más de eso, me viene con que vamos a divorciarnos.
Vamos, muchas personas desearían tener nuestro matrimonio perfecto, hasta en el divorcio hacemos bien las cosas.
No, ya no lo amo, pero sin duda nadie más puede hacerme pensar que la vida es importante porque uno tiene la posibilidad de levantarse y pararse frente a un cuadro donde hay un perro blanco y uno negro, atacándose y formando un círculo, en el que no sabemos cuál matará a cuál. Y por eso quizá, vale la pena vivir. Y por eso quizá, igualmente vale la pena morir, o porque uno está ya muy triste y viejo y no hay nadie con quien conversar de éstas cosas, nadie que no tenga un teléfono celular en la mano cuando aparentemente platica con uno. Un mundo así. Es lógico que uno no lo quiera vivir.
Pero hacemos bien las cosas, en una de las citas del juzgado decíamos que los empleados de gobierno son agresivos porque están condenados como criaturas encadenadas, a cumplir con deberes odiosos por el resto de sus días.
Y nos daba risa pensar que cada vez que alguien se acerca son como anguilas que están atadas con un grillete pero saltan cuando te ven cerca para darte una mordida.
Ha sido divertido.

Definitivamente, el amor del bueno, aunque ya no dé pasiones, da buenos matrimonios, y buenos divorcios.


Texto agregado el 20-05-2019, y leído por 48 visitantes. (5 votos)


Lectores Opinan
01-06-2019 Me gusta lo que cuentas,el amor nace y muere;pero los recuerdos quedan y para algunas personas ,no es tan fácil después de haber tenido un compañero por años,vivir otra relación. Existen sentimientos que llegan a las comparaciones y esas muchas veces impiden volver a amar... No es pensar que porque solo existe el hoy,quede todo atrás. Eso es ser superficial... Me gustó tu texto****** Un abrazo Victoria 6236013
20-05-2019 Interesante y vivido texto. En todo caso el ahora te brinda nuevas oportunidades en un mundo poblado de aventura y fantasía. Disfrútalo. Cinco aullidos hoy steve
20-05-2019 Me gustó tu texto. Había comentado algo extenso, pero se borró :( Klio
20-05-2019 Lo de un buen divorcio me parece acertado, no por ti sino porque todo el que se divorcia debe verlo así. Yo no veia la hora de que saliera ese papel que me declaraba divorciaba y nunca me he arrepentido. Si algo aprendi es que el matrimonio no es el estado natural para el amor...al contrario lo arruina. Desde el Caribe te mando un brindis por una nueva vida! Chin chin! elixir
20-05-2019 Es un buen relato, si lo tomo como autobiográfico te diría: permítete todo lo que has dejado pasar sin disfrutar en todo este tiempo de rutina elegante y engañosa. Un amor que se va deja una puerta abierta si tú te lo permites, no la cierres. Todo fin de ciclo es una oportunidad que comienza, y la experiencia vivida tienes que usufructuarla para que no se repita en sus errores. Me gustó tu texto, profundo y confesado. Cariños, Carlos. carlitoscap
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