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Aquella silla no sólo tenía patas: las sabía usar. Habría jurado sobre las Sagradas Escrituras que la había situado a la izquierda de la habitación, según se salía del cuarto. Estaba claro que había un semoviente en los alrededores que me quería hacer objeto de mofa, chanza, burla o cuchufleta, o que se trataba de un caso raro de movilidad per se de aquel objeto inanimado de consuno.
Todos los caminos iban en una determinada dirección. Muy probablemente detrás de aquellas pequeñas injurias se encontraba un hombre haciendo botas; como proverbialmente se señalara que había ocurrido en el portal de Belén. Pero no estaba para villancicos, ni tampoco para morder aquel cebo en forma de provocación. Éso o que efectivamente el mueble de sentar se había movido solo, pues estaba convencido de que la situación previa de la silla, a la reparación en la variación, no coincidía con la de su hallazgo.
Era evidente que la silla no se había ido sola, luego de todo punto necesario, había que colegir- en plan desarrollo largo- que había en los alrededores alguien que se estaba muriendo, de lo que se podía deducir que se trataba de un viejo o un enfermo sin perspectivas a largo plazo; alguien que quería tirar de la manta y arrastrar a uno hacia los confines, abismos o simas que vislumbraba, sin otro fin que el de acompañamiento, a modo de linterna con la que iluminar su viaje final. Si llegábamos, por tanto, a la Semana Santa era más que milagro.
Por otro lado, había detectado, la noche de antes, una viga en mal estado, fruto de una vía de aguas que el tiempo y la lluvia habían propiciado.
Mostraba un aspecto blanquecino, lo que uno relacionaba con derruimientos a corto plazo y otras desgracias sin cuento. Llovía inmisericordemente, como antes no lo hiciera. Compuse medianamente la viga con un apuntalamiento, que quizá conviniera fuera provisional, cuando caí en la cuenta de que todo en esta vida era provisional.Ésto y el principio de indeterminación eran los límites entre los que menor o mayormente nos movíamos.
Los colores también tenían su significación: aquel tono blanquecino de la madera era un aviso de la naturaleza a un servidor. Se podía decir un tanto humorísticamente que la vida- y cursi, también- era todo color. Que se lo pregunten a un daltónico- pensé. Qué desprotegidos están- los daltónicos-, concluí.
Era de todo punto evidente que quizá conviniera derruirlo todo y empezar de cero. O poner, sencillamente, punto final.
Finalmente murió mucha gente. Todo parecía sucumbir a su alrededor, pues por grandes variaciones que hubiera, aquella inocente silla no se movió más de allí. Ah, y la cubierta tampoco se cayó. Pasaron otras cuantas Semanas Santas y aquel universo compuesto por una silla, una vieja cubierta y un particular debían de gozar de algún favor divino. Otros lo llaman suerte e incluso quien se atreve a señalar que nada de suerte o favores ultraterrenos; que no hay más misterio que el de saber tener el culo en su lugar. Concretamente sobre la silla de marras, en lugar de andar buscando peligrosas poltronas con agujeros.

Texto agregado el 23-05-2019, y leído por 34 visitantes. (0 votos)


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