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Inicio / Cuenteros Locales / atolonypico / Gentes que no saben que existió Teresa.

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De vuelta del trabajo- si aquéllo se puede llamar tal, escasamente remunerado y sin Seguro Social-, entras en tu casa- si puede recibir también tal denominación, al ser de alquiler-, con el único patrimonio de haberla conocido, lo que impide que saques el viejo colt del abuelo que tienes envuelto en un paño en la nevera. No te quitas esa sensación pringosa de "por qué no se suicida" desde hace mucho, que observas en allegados y también entre simples conocidos.
De vuelta del trabajo empieza a amanecer. Ya no es probable que vaya nadie a llevarse los útiles de la obra que hay dispersos por allí y que tú vigilas. Y pensar que hacía escasos años en que uno era el promotor. Cuando llega la furgoneta del encargado termina mi función allí. Toda la noche al sereno da mucho para pensar. A veces pienso que tampoco es mucha mi utilidad. Si alguien quiere realmente robar el único obstáculo que encuentra es mi móvil y la llamada a la policía que pueda hacer. El mismo a quien uno daba instrucciones pocos años atrás, me lo tiene dicho. Si ves algo raro llamas a la Guardia Civil. No te entrometas- me dice-, que puede ser peor. Por lo menos me da de comer. Aquel trabajo- me refiero. Tampoco le guardo resentimiento a nadie. Aquella operación fue arriesgada. Demasiados pisos sin vender y muchas deudas que afrontar. A veces pienso que aquel tren de vida para lo único que me sirvió fue para conocerla. Se pensará que con poco uno se conforma, pero fueron años prodigiosos. Un simple albañil, como había sido uno, entró en el gran mundo. Marisco, champán del caro y ella. Por aquel tiempo, en pleno auge del ladrillo, nos conocimos por razones profesionales. Dio esa casualidad. La promoción de marras la diseñó el estudio de Arquitectura en la que ella trabajaba. Uno nunca había conocido una mujer con aquel glamour- por decirlo de alguna manera. Pero lo cierto es que el que fui a la ruina fui yo. Y cuando se produjo empezaron los "ya nos veremos", "ahora me es imposible", " quizá mañana tenga un hueco". En fin, que mientras todo iba viento en popa uno pudo sumergirse entre sus brazos, aspirar el aroma inverosímil que exhalaba y deslizar su mano sobre aquella textura improbable de su panty.
Creo que el fin de mi vida fue conocerla. Me doy con ello por satisfecho. Otros la han cifrado en el dinero, en la fama, en el poder. Creo que pertenezco a una categoría: la de quienes valoran su existencia en haber conocido a una gran mujer. Quizá por ello sigue el colt en su sitio. No es probable que uno vuelva a resurgir. Demasiadas deudas, demasiados compromisos incumplidos. Y tampoco puedo poner tierra por medio. Al fin y al cabo, qué soy. Uno no es más que un albañil. Por lo que espero me llegue mi día al menos sin demasiadas contrariedades: con algo que llevarme caliente al cuerpo y una cama para dormir. Sin embargo, temo la vejez. Solo como estoy. A veces pienso que un cúmulo de casualidades hagan el milagro y encuentre a alguien. Ya no como Teresa. Me conformo con que sea el afecto la argamasa, no ya el champán francés y aquella vida que llevaba con Teresa a tutiplén.

Texto agregado el 26-05-2019, y leído por 23 visitantes. (0 votos)


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