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Se veía ella ausente caminando sin piedad sobre los zapatos desgastados, su cuerpo era bañado por una suave lluvia que caía sobre su pelo negro. Sus ojos brillaban tenuemente, bajo un pequeño sombrero que dejaba entre ver sus sienes, caminaba por la Alameda dejando una estela de misterio, sus ropas viejas, angustiosa dama negra, parecía que fuera sacada de otra época, de aquellos tiempos medios, donde las piernas eran colmadas por blondas y gasas interminables.

Su cuerpo se movía ligero y sus brazos reposaban suavemente, eran enormes sus manos, de repente una de ellas se alzó y sacó una sombrilla también negra, si no supiera que estoy despierta, mirando aquel fantasma creería que estoy durmiendo, jugando otra pesadilla más.

Aquella muerta pensante tenía el rostro pálido, sus venas trabajan rápidamente transportando la sangre al corazón, todo eso se veía nítidamente a la distancia. Se quedo tiesa, mirando cautelosamente las manecillas del reloj de aquella vieja catedral, nadie parecía verla ahí, solo yo, inmune a cualquier ruido, sola ahí, mirando, contando los minutos. Mi mundo iba tan rápido, pero ella me detuvo y mis horas fueron lentos segundos, acompañándola a ella en su inexplicable espera, pasaban los segundos interminables, la noche acaecía, eran las siete y de las cinco la observaba escurridizamente, pasaron los minutos, la lluvia también se fue, las nubes taparon la luna y las estrellas que comenzaban a brillar, y yo ahí con temor a aquel fantasma, un alma en vida, hace rato que la lluvia había pasado y no bajaba su paraguas, lo lleva tan altamente y su brazo no se movía. No se cansaba del sopor que un paraguas tan grande podría causar, un viento arremolino su pelo en su rostro dejando paso a ver grandes orejas. Que parecen escuchar el pensamiento de los diminutos seres que nos asemejamos unos entre sí.

Bajo su mirada y observó sus pequeños pies, eso pies daban la sensación de inseguridad, pero al verla caminar era tan segura de sí misma que advertía el peligro de las agrietadas calles rápidamente. Su mirada se deslumbró, mirando fijamente mi vientre, había olvidado a la criatura que yo cargaba como un secreto a voces, cruzó la ancha calle, ni un vehículo paso por allí, dejando el paso libre a nuestro encuentro, dentro de mi nada fluía, ni la criatura se movía, bajo su paraguas, ella se acercó, me miró, sus ojos también eran negros, su cejas eran rectas sin curvas, toco mi vientre y murmuro extrañas palabras, sentí a mi hijo, su corazón latía dentro de mí.

Mi piel se erizo cuando me di cuenta que en un segundo fugaz ella había desaparecido entre la gente, entre las calles grises, que absorben el clamor, y ahogan los gritos. Cuando desperté de aquel sueño sentí un niño llorando cerca de mí, tenía un pequeño hombre apretando fuertemente mi pecho. Quiero sentarme en la Alameda, ruidosa y borracha de tantas penas, a escribir a ese ángel tan extravagante.....

Texto agregado el 28-09-2004, y leído por 144 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
14-02-2006 q triste amiga, que es lo que te pesa tanto? nerfy
28-09-2004 interesante y a la vez delirante, como la estructura. onirico final bien delarue
28-09-2004 Separa un poco los párrafos, ayudará a leerte! orlandoteran
 
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