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14 Rumbo al norte


El jovencito entró a la terminal de autobuses con recelo, pensando en su Padre, triste por verlo sufrir, sus sentimientos se confundían: soledad, desamparo, impotencia de no poder ayudarlo a sanar, lo situaban entre la frontera de lo real y el aislamiento en el interior de su mente. Los horarios de las corridas que se anunciaban por el altavoz los escuchaba como si vinieran de muy lejos, sus pensamientos tenían mayor volumen, el bullicio de la terminal le era ajeno. En los andenes los ómnibus con los motores encendidos y las puertas abiertas esperaban a los pasajeros, que minutos antes aguardaban impacientes su partida.

—Por favor, un boleto para Montemorelos —solicitó el adolescente al encargado de la taquilla.

—Un boleto para Monterrey —contestó el despachador.

—No, un boleto para Montemorelos —insistió el muchachito.

—Primero debes ir a Monterrey —dijo el despachador molesto, mientras le arrebataba al jovencito el billete que sostenía en su mano.

—Andén número dos a las ocho de la noche — agregó mientras ponía sobre la mesa un boleto y unas monedas de cambio.

—¿Cómo a las ocho de la noche? Si son las diez de la mañana —preguntó el jovencito desconsolado.

—Es la única salida —dijo el boletero, mientras bajaba la ventanilla casi rosando la cara del adolescente.

Desilusionado, el jovencito no quiso volver a casa de sus tías, decidió caminar por la ciudad. Esperaba una vivencia feliz que mereciera ser recordada y alimentara algún sentido de pertenencia, su origen. No logró identificar nada y sus remembranzas lo trasladaban siempre a su casa en las montañas y no a esa ciudad. De pronto, como una luz interna que iluminó su mente, tomó conciencia de que su vida allí (lejos de sus padres, de su hogar, de sus montañas) había sido un pasaje sombrío de su existencia. Caminado sin rumbo, calle tras calle, comprendió que independientemente del resultado de la aventura a punto de emprender, a ese lugar no regresaría. Eso era seguro.

Con seiscientos kilómetros por devorar, el trayecto duró toda la noche y parte de la mañana, ésa era la pobre infraestructura carretera de nuestro país en aquellos años. El jovencito no pudo dormir, a cada rato se sobresaltaba, lo desconocido de la aventura a emprender y que el viaje lo alejaba más de su hogar, aunado al dolor de recordar a su Padre en ese deteriorado estado de salud, le impidieron conciliar el sueño profundo. El insomnio provocado por la confusión y la inquietud desarrollaron en el adolescente un instinto de supervivencia: soñar despierto. Bastaba con desconectarse de la realidad e imaginarse otra situación, otro escenario u otro mundo distinto al que vivía. Ese mecanismo le ayudó a pasar esa noche y, después, le sirvió de apoyo toda su vida.

El autobús arribó a Monterrey al mediodía. Allí averiguó que debía abordar otro camión, una línea suburbana, pero salía de la terminal ubicada en el extremo opuesto de la ciudad; como estaba muy retirada le sugirieron tomar un taxi. Él prefirió caminar para ahorrar dinero y conocer la urbe regia. Durante su caminata descubrió que la ciudad era fea, como de la que provenía, pero más grande. El clima lo estaba matando (él venía de las montañas frías y húmedas), el calor era seco e insoportable, por eso el recorrido le pareció eterno. Cansado y sudoroso llegó a la otra central camionera, abordó un autobús destartalado de mala muerte, el cual subía y bajaba pasaje en todos lados.

Al llegar a su destino, lo recibió un poblado que no se diferenciaba mucho de los que él conocía en la sierra. Como era la hora de la comida, la mayoría de los negocios estaban cerrados, en uno que estaba abierto preguntó por “La Carlota”, como se conocía a la universidad en la cual estudiaría, le informaron que estaba unos kilómetros antes del pueblo, sobre la carretera; se había pasado. De regreso, caminó un par de horas torturado por un sol y un calor inclementes. Una vez frente a las puertas de la institución educativa se quedó petrificado: estaba cerrada. Después de tocar la puerta un buen rato, apareció un mal humorado conserje quien le explicó que las actividades comenzarían en una semana:

—¿No entiendo por qué diablos llegaste antes?
—le dijo. El jovencito tampoco lo sabía.

—¿Y cómo voy a sobrevivir toda una semana? — preguntó tímido y angustiado el adolescente.

—No lo sé, ése no es mi problema —contestó el conserje, se dio media vuelta y cerró la puerta.

De regreso al centro del pueblo, al caminar por la plaza, descubrió un pequeño establecimiento donde vendían refrescos, tortas (por la cercanía con Estados Unidos le llamaban lonches) y se jugaba billar. Compró un lonche y una soda, se sentó en una banca y comenzó a comer lentamente, mientras pensaba cómo subsistiría una semana. Un muchacho de su edad practicaba una y otra vez la misma jugada en la destartalada mesa de billar, de vez en cuando lo miraba, al cabo de unas horas, cerca del anochecer, el jovencito que jugaba se acercó a él y lo invitó a acompañarlo:

—¿Quiere jugar un partido?

—Me gustaría, pero no sé —contestó el jovencito montañés.

—Bueno, pues, entonces platíqueme qué hace aquí —le dijo el muchachito que jugaba mientras se sentaba a su lado en la banca.

El jovencito montañés, por naturaleza huraño, vio en la sonrisa franca del muchachito del billar la posibilidad de encontrar un alma gemela. Le confió su situación, sin pena y sin pedir ayuda, sólo como un desahogo a su angustia.

—¿Trae feria? —le preguntó el muchachito del billar, con un sustantivo que en argot local significaba “dinero”.

—Sólo me quedan unos cuantos pesos —respondió el jovencito montañés, llevándose la mano al bolsillo del pantalón para mostrarle unas pocas monedas.

Un largo silencio acompañó las reflexiones de los dos adolescentes, hasta que el muchachito del billar le dijo:

—Con esas monedas, ¡está cabrón que viva una semana, es más, está cabrón que viva un día!

El silencio tomó nuevamente posesión de la escena, mientras la noche invadía poco a poco el billar, la plaza y el pueblo.

—Vamos a mi casa, hablo con mi mamá y, si la convenzo, por esas monedas que usted tiene a lo mejor lo deja dormir y le da algo de desayunar. La comida nos la tenemos que ganar usted y yo —soltó a quemarropa el muchachito del billar.

Se encaminaron a la orilla del pueblo y entre la maleza se encontraron con una pequeña choza hecha de ramas, a la cual el muchachito del billar señaló con una gran sonrisa y presentó como su casa. En la puerta, una mujer campesina franqueaba la entrada, la dureza de la vida le había borrado toda expresión, eso imposibilitaba calcular su edad o estado de ánimo. El muchachito del billar le informó de la propuesta, ella miró al jovencito montañés por largo rato, como si descifrara un código misterioso en su rostro, luego estiró la mano para tomar el dinero y se hizo a un lado de la puerta para permitirles el acceso.

La choza no tenía habitaciones, el piso era de tierra, en un rincón había un comal de leña y no había mobiliario; para dormir se tomaba uno de los petates enrollados que estaban recargados sobre un costado y se buscaba un espacio para acomodarse. El jovencito montañés tomó un petate y lo tendió en un extremo, sentado en el piso se despojó de sus botas y un terrible olor invadió el recinto. La mujer y el otro muchachito se rieron y bromearon. El jovencito simplemente las acomodó para que le sirvieran de almohada, cerró los ojos y recordó la historia de sus zapatos.

El Padre del jovencito era un hombre pragmático y siempre compraba ropa y calzado resistentes y durables. Por ello, el adolescente siempre usó botas de minero, jamás le compró unas texanas, que en el norte de México son tan apreciadas. Muchos años después las pondría de moda el ex presidente Vicente Fox. A principios de los años sesenta, en la capital de Durango se instaló la zapatería Canadá (cadena de calzado económico muy popular), y entre las novedades vendían unas botas a las que llamaban “Cordobesas”, no eran las texanas que el jovencito montañés deseaba pero sí lo más parecido. Vendió su bicicleta y se compró un par, nunca imaginó que caminaría tanto con ellas en medio de un calor insoportable.

El cansancio acumulado, las noches en vela, dormir en tierra, el olor de las botas, el hambre, todo junto provocaron que el jovencito montañés durmiera profundamente como un oso hibernando. Jamás volvió a tener un sueño tan reparador como ése.

Por la mañana, la señora, en silencio, le sirvió café en una taza de peltre despostillada, acompañado con galletas de animalitos. Con ese breve desayuno, el muchachito del billar y el jovencito montañés salieron a estirar las piernas.

—Aquí no hay nada qué hacer, pero no muy lejos de aquí hay muchas huertas de aguacate. Es tiempo de pizca. Yo tengo un familiar por allá que quizá nos consiga trabajo —le propuso el muchachito del billar.

—Y, ¿qué estamos esperando? —dijo el jovencito montañés con convicción.

El muchachito del billar resultó ser un verdadero experto en supervivencia. Sin decir nada se dirigió a la carretera hasta un paradero de camiones de carga. Allí esperó hasta que identificó uno con rumbo a las huertas; convenció al chofer de que los llevará. Montados sobre las redilas, encima de la mercancía, iniciaron el viaje. Para sorpresa del jovencito montañés el paisaje empezó a cambiar y cuando abandonaron el asfalto y tomaron un camino de terracería, apareció una región boscosa, húmeda y bastante fresca. Por un momento creyó haber caído en otro trance de soñar despierto y se imaginó que regresaba a sus montañas.

Conforme avanzaban el camino se volvía más difícil y la marcha más lenta, desde la caja de redilas la vista era magnífica, el aire fresco que golpeaba su rostro convenció al jovencito montañés de que no era un sueño sino realidad. El entorno se transformó nuevamente, de pronto estaban rodeados de huertas de aguacate. El muchachito del billar le pidió al chofer que parara, bajaron, le agradecieron por haberlos llevado y se despidieron.

La huerta en la que descendieron tenía una desvencijada puerta de tubos metálicos, la saltaron y tomaron el camino que después los llevó a una construcción de piedra, una bodega donde almacenaban escaleras, herramientas, cajas vacías y frutos por empacar. El encargado era familiar lejano del muchachito del billar, les permitió quedarse allí, compartió con ellos su cena y les ofreció pagarles algo de dinero si ayudaban en la pizca del aguacate.

La recolección de frutos parece simple, pero si nunca se ha realizado, es complicada, lenta y muy cansada. Mientras los recolectores expertos llenaban varias cajas, los adolescentes sólo completaban unas cuantas. Pese a ello, el encargado, fiel a su palabra, les pagaba cada día un poco de dinero.

Al anochecer, después de recibir su pago, se iban a los límites del pueblo y en la primera tienda compraban pan y cervezas, regresaban a la bodega y con aguacate preparaban sándwiches que acompañaban con cerveza. Mientras comían, platicaban de sus aspiraciones: el muchachito del billar quería cruzar la frontera para trabajar en Estados Unidos, “el país de las oportunidades”. Trataba de convencer al jovencito montañés para que lo acompañara.

—¡Vámonos para allá, hay mucho trabajo, mucho dinero, billetes verdes, de los que sí valen! —le dijo el muchachito del billar entusiasmado.

—No puedo, además no se inglés y mi Padre va a venir a verme a la universidad —le respondió el jovencito montañés.

—Pues dígale a su Padre que venga con nosotros, allá hay dinero para todos —insistía el muchachito del billar.

—¿Y por qué no viene también el suyo? —le preguntó el jovencito montañés.

—Porque no tengo, él se fue hace mucho tiempo
—le respondió.

Al jovencito montañés no le quedó claro si la expresión “él se fue hace mucho tiempo” significaba que ya estaba en Estados Unidos, o si había muerto o lo había abandonado. Minucias del lenguaje. Pero sí entendió que el muchachito del billar sabía perfectamente lo que quería hacer. En cambio él no tenía claridad de qué deseaba, y así pasó los siguientes treinta años de su vida. Una semana después le preguntó:

—Hoy abre la Carlota, ¿cómo regreso allá?

—¿Está seguro? ¿A qué va allá? —preguntó el muchachito del billar, mientras movía la cabeza de un lado a otro porque no entendía.

—Allá me va a buscar mi Padre, aunque he estado pensando que no estoy seguro que estudiar es lo que más me conviene —contestó con poca convicción.

El muchachito del billar, fiel a su forma de ser, no dijo nada, se encaminó hacia los camiones ya cargados y a punto de partir, habló con uno de los choferes y a su regreso comentó:

—Él lo dejará en la Carlota.

Se despidieron con un abrazo, el jovencito montañés subió al camión, se acomodó sobre las cajas de aguacate y cuando el vehículo arrancó se dio cuenta de que no sabía el nombre del muchachito del billar, jamás se lo dijo ni aquél preguntó por el de él. Desconocía lo que le esperaba, por ello decidió soñar despierto. Durante las siguientes horas dejó que su mente generara fantasías inimaginables. Un brusco enfrenón y la voz áspera del chofer lo regresaron a la realidad.

—Aquí es la Carlota, aquí te bajas.

Texto agregado el 17-06-2019, y leído por 33 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
18-06-2019 pobre chico, que deambular más pedregoso para su corta edad. Me imaginé toda una historia de vida. La educación es lo único que los salva. Un abrazo, sheisan
 
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