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Me dijo que su vida era del color de la vida y yo me quedé pensando en qué color sería ese. La encontraba todos los días en el parque, sentada en un banco a la sombra de un viejo roble y tejiendo una bufanda, siempre de distintos colores.

- Es lo único que sé tejer confesó una de las primeras tardes que compartimos.

- Al menos sabe tejer bufandas contesté sin pensarlo siquiera y las dos reímos como si hubiera dicho un chiste genial.

Se llamaba Irene, era una señora alta y algo robusta, con esa robustez que provocan los años, pero que no quitaba elegancia a su figura. Tenía cabellos grises y unos ojos azules que parecían pedazos de cielo. Llegaba todas las tardes al pequeño parque y se sentaba a tejer, yo la miraba desde un banco no muy lejano y sentía que debía acercarme a ella, pero la audacia no era una de mis virtudes y tuvo que ser ella la que una tarde me miró y haciendo señas con su mano me invitó a acercarme.

Comenzamos a compartir tardes y charlas, nuestra amistad fue creciendo a través de los días y nuestras charlas se hicieron un poco más profundas, no mucho; ella era muy reservada. Supe así que era viuda y que su único hijo también había fallecido hacia unos pocos años. Estaba sola, aun así amaba la vida y sus colores. Tejía coloridas bufandas para un asilo de ancianos menesterosos. También iba a la mañana al hospital a cuidar personas enfermas que no tenían familiares y todo lo hacía con amor y alegría; era una buena persona.

Por mi parte también soy muy reservada, así que poco es lo que pude contarle sobre mí. Que me llamaba Sabrina, que era psicóloga y que estaba de paso en la ciudad, parando en la casa de unos amigos para realizar un trabajo que me habían encomendado y que una vez finalizado seguiría viaje. Que tenía un novio eterno y que alguna vez quizás nos casáramos cuando nuestros trabajos tan distantes lo permitieran. Él era veterinario y vivía en una ciudad del interior.

Había tardes que apenas intercambiábamos unas pocas palabras, pero cuando ella hablaba yo la escuchaba con atención y nada de lo que decía hacer en su vida solidaria me parecía que hubiera sido algo capaz de hacer yo. Mi trabajo era completamente distinto, más frío pero no menos interesante. Un trabajo de investigación que me llevaba a recorrer el país tras los pasos de asesinos seriales, hasta encontrarlos, ganarme su confianza y al fin entregarlos a la justicia. Como el caso de Irene, que no sólo había envenenado a su esposo y a su hijo, sino a varios enfermos y ancianos a los que ella les dedicaba su tiempo y su amor.

Cuando la llevaban esposada me dijo que yo no entendía nada, que la vida era de colores alegres y no aceptaba colores oscuros, ella se encargaba de eliminarlos.


María Magdalena Gabetta

Texto agregado el 19-06-2019, y leído por 54 visitantes. (9 votos)


Lectores Opinan
19-06-2019 Tres palabras: ¡FUERA DE SERIE! y por supuesto los merecidos DOUZE POINTS. Jibukim, Magdush Abunayelma
19-06-2019 Justo cuando me estaba alegrando por esa amistad... Marcelo_Arrizabalaga
19-06-2019 No tenía pinta. Por lo menos yo no la vi venir y me encantó. Tenés una super imaginación magda. Vaya_vaya_las_palabras
19-06-2019 Jujuuuu...me nació esa especie de semi sonrisa al leerte. GENIAL! MujerDiosa
19-06-2019 A mitad del cuento me la vi venir, pero eso no le quitó impacto al final. Interesante cuento. ¿Cuántas Irenes habrá por ahí dando vueltas? IGnus
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