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En la ventana la figura del niño estaba siempre presente; un bello y pálido niño rubio con rizos dorados; tendría aproximadamente unos 10 años, como yo - pensé - y era dueño de la cara más dulce que hubiera visto jamás.

Todas las mañanas al despertarme espiaba a ver si lo veía y allí estaba, firme en su puesto, saludándome de lejos con su manito y eso me ponía muy feliz.

Su ventana distaba unos 20 metros de la mía y con la suerte de que las dos habitaciones estaban en planta alta, podíamos vernos y saludarnos. Este rito de espiar y saludar habrá durado unos 15 o 20 días; una mañana ya harta de eso y con ganas de conocerlo para compartir juegos, me levanté dispuesta a ir hasta su casa a buscarlo, presentarme como su nueva vecina y comenzar así una linda amistad, que presentía llena de aventuras y correrías por el humilde barrio, al cual nos habíamos mudado con mis padres, hacía poco tiempo.

Contenta por mi decisión, lavé mis ojos y mis dientes; até mis coletas; vestí mi hermoso suéter verde - ése que mamá había tejido con tanto amor - mi pollerita tableada, mis botitas y partí en su búsqueda.

Su casa era preciosa dentro de su humildad y ahora que la veía de cerca, las flores del pequeño jardín y las de los maceteros en las ventanas me hicieron poner de mejor humor. Toqué timbre y al instante una gorda señora, de cabellos rubios y sonrisa hermosa abrió la puerta. Muy seria – como papá me había enseñado – me presenté como Mónica, la nueva vecina de esa casita que estaba apenas unos metros más allá, cruzando la calle. La señora me miró entre sonriente y extrañada, pensando con seguridad que quería venderle algún número de rifa de la escuela, como solían hacer todos los niños. Para sacarla de su equivocación, rápidamente le pregunté por el niño que estaba siempre en la ventana y le dije que quería conocerlo y ser su amiga.

Bueno, resumiendo, la señora se alegró mucho y me hizo pasar a la cocina donde me sirvió un rico jugo y me explicó que el niño, su hijo Raúl (así se llamaba), estaba muy enfermo y que no salía a jugar, pero podía pasar a charlar con él y jugar con los juguetes que había en su habitación.

Por supuesto que Raúl y yo terminamos siendo entrañables amigos; todas las mañanas corría a la casa del pálido niño, que dicho sea de paso, cada vez era más pálido, y jugábamos divertidos juegos de salón, que su madre renovaba casi a diario, mientras nos servía ricas golosinas, que Raúl sistemáticamente descartaba y yo devoraba; reíamos todo el tiempo, aunque él a veces tosía mucho y no se podía reír; pero con mi alegría habitual, una vez pasado su acceso de tos, procedía a hacerle cosquillas o cantarle alguna de las tantas canciones italianas que mi abuelo me había enseñado y él volvía a reír conmigo.

Todo iba muy bien en nuestra amistad, aunque el pobre Raúl los últimos días apenas se levantaba de su cama y tenía poquitas ganas de reír; entonces me quedaba a su lado y tomándole una de sus delicadas manitas le contaba hermosas historias que inventaba y el me miraba agradecido y encantado.

Esta mañana antes de levantarme, el timbre en casa sonó repetidamente; ya estaba despierta hacia mucho rato remoloneando en la cama, cuando con sorpresa escuché la voz de mi madre hablando con otra persona de inmediato reconocí la voz de la mamá de Raúl, que entre llantos preguntaba por mí.

Pensando que algo podía haberle ocurrido a mi querido amigo, bajé corriendo las escaleras sin que ellas se percataran de mi presencia, justo para escuchar a mi madre que aturdida y sollozando también, le contestaba a la mamá de Raúl – Pero..... señora.... no puede ser...., no puede ser.... mi hija ....... ella no puede ser la amiga que usted busca..... mi hija Mónica murió hace un año.

María Magdalena Gabetta

Texto agregado el 19-06-2019, y leído por 32 visitantes. (6 votos)


Lectores Opinan
20-06-2019 —Muy buen cuento de circunstancias. Sinceramente desde que comencé a leer presentí un final parecido, pero a la inversa del final que le diste al cuento. —Saludos y abrazos. vicenterreramarquez
20-06-2019 Excelente el final, era una alma la amiga del niño que lo visitaba y le cantaba, besos y estrellas. nelsonmore
20-06-2019 si tu final está grandioso, me dió teterog yosoyasi
20-06-2019 Que historia tan bien llevada nos regalas Magda, y que final... Maravilloso. Un beso, Carlos. carlitoscap
20-06-2019 Ay.. me sacudió un escalofrío. Muy bueno tu relato y por sobretodo sorpresivo. Un abrazo, sheisan
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