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Cuando la necesidad acucia, recurrir a alguien se hace ilusorio, porque por coincidencia a todos la soga les aprieta igual y los amigos, los parientes y cualquier cercano al que se pueda recurrir, se encuentran en las mismas condiciones de estrechez. Los necesitados recurren por lo tanto a lo primero que encuentran, ya que siempre habrá algo entre sus pertenencias que pueda sacarlos de apuro. En el caso que nos ocupa, el hombre introdujo en el raído bolsillo de su pantalón un reloj que le había regalado su padre hacía muchísimos años y se dirigió a la caja de crédito prendario, en donde le pasarían unos cuantos pesos. En efecto, el tasador, hombre ducho en su tarea, lo revisó acuciosamente, verificó su correcto funcionamiento y luego, sin preámbulos, escribió en una papeleta el nombre del artículo, la tasación convenida con la que dicho hombre cobró finalmente el dinero que lo sacaría de apuros por algún tiempo.

Esto se repitió durante muchos años, periodo en que la situación del hombre siempre se debatió entre la necesidad más extrema y la tabla de salvación que significaba para él ese reloj.

El rostro del hombre se apergaminó y su espalda terminó encorvándose al punto de apuntar sus ojos al suelo. El reloj, en cambio, fue adquiriendo inusitada valoración, dada la calidad de sus materiales, el prestigio de la marca y una infinidad de detalles envidiables para aquel esforzado personaje que sólo lo usaba para cubrir parte de sus necesidades. Por lo tanto, arrastrando sus pies y haciéndoles fintas a sus muchos achaques, llegaba apenas a la caja aquella y era poco menos que una mortaja ambulante que ofrecía su reliquia a cambio del dinero que gastaba más en medicinas que en menestras para subsistir.

Finalmente y acaso aburrido tal vez de este largo vía crucis, el corazón del hombre se negó a continuar latiendo y una mañana amaneció con sus ojos en blanco. Por supuesto, no alcanzó a rescatar su reloj, preciada prenda que quedó en manos de la caja de crédito prendario. El hombre fue sepultado en una anónima tumba y un pequeño grupo personas concurrió a verificar más que a condolerse de su partida. Si el pobre finado hubiese tenido la facultad de enterarse que su reloj finalmente fue rematado en una cantidad exorbitante, acaso la misma que le hubiese permitido tener una cierta estabilidad económica, el crujido de sus huesos al revolverse dentro de su ataúd sería parte del largo inventario de temas sobrenaturales que la gente gusta de hacer correr de boca en boca.












Texto agregado el 01-07-2019, y leído por 88 visitantes. (7 votos)


Lectores Opinan
03-07-2019 —Increible historia, el hombre se deteriora, se desgata y muere. En cambio una máquina construida por él, como el reloj, el tiempo la va valorizando e incluso la puede transformar en reliquia. Saludos y abrazos, vicenterreramarquez
02-07-2019 Me gustó mucho Guido!! Me identifico además con el protagonista. Besos, Justina hechizada-1
02-07-2019 Me impactó mucho, Guido. Sobre todo el final. Hoy mas que nunca el dinero manda sobre la salud de las personas, a costa de todo. Repito, la última imagen me dejó helado porque es cierto, sucede. Vaya_vaya_las_palabras
01-07-2019 Al contrario que los de más abajo, a mí no me pareció triste tu relato. En todo caso, injusto con el pobre tipo que aguantó sufriendo hasta el final, cuando tal vez podría haberla pasado mejor. Me pareció un buen relato, me entretuvo un rato. IGnus
01-07-2019 Tu cuento está muy bien escrito, no hay duda. Inicio, desarrollo y término, buenísimos. Pero es triste, me quedé con un gusto amargo en la boca. cassandra_de_troya
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