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El suicida es un tipo noble, es la expresión suprema de nobleza.
Eso lo pensaba inclusive antes de atender a aquel paciente. Tenía mis motivos para pensarlo.
Llegué a la casa una tarde de junio. Hacía un frío de la puta madre. Era en el centro. Entre varios edificios se erigía esa casa antigua. Puerta de madera alta con vidrios amarillos en vertical. Toqué el timbre. Lo escuché chirriar metálico. Vi una sombra más allá del vidrio. Se abrió la puerta.
-Doctor, por fin...- dijo.
Entré, avanzamos por un pasillo en penumbras. Al final había luz en lo que adiviné sería la cocina, se veía una silla. En el pasillo había una mesa de madera con un florero. Un espejo con un marco de metal espiralado. Dos cuadros, la pintura de una mujer sobre un caballo y el otro, un joven sentado en una silla en el medio de una habitación.
El hombre era petiso, gordito, con el pelo canoso, lacio, y los ojos como los de alguien que ha visto una masacre. Entramos a la cocina. Se dejó caer en una silla.
-Doctor, ¿por qué demoran tanto?- preguntó.
Me sentí culpable porque había estado tomando café y mirando el diario un buen rato antes de salir a atender. El código era verde y decía cefalea. Un tipo con cefalea puede esperar a que me tome un cafecito, pensé. El privilegio de opinar es de los que no soportan el dolor. Se dice del suicida: es un egoísta, un estúpido, había otras salidas, se dice que no pensó en sus hijos, en su mujer, en sus amigos, en sus padres. Es complicado. No es tan fácil. Hay algo feroz y voraz que lleva al suicida a cometer ese acto. Algo, una fuerza suprema, algo que no lo deja pensar en sus amigos, en sus padres, en su mujer, en sus hijos, tal vez eso nos de alguna dimensión de la desesperación del suicida.
Aquel hombre me preguntó ¿Por qué demoran tanto, doctor?
Y yo no le contesté.
-¿Qué anda pasando?- pregunté.
Vi como su cuerpo se aflojaba, de repente ya no le importó la demora. Miró al suelo, sacudió la cabeza.
-Mi mujer...- dijo.
Pensé en mis hijos. La imagen de mi hijo en la bicicleta de Toy Story,
-…terminó con su vida- dijo el hombre.
Y esas palabras me golpearon la jeta. Me aflojé en la silla y miré el piso.
-¿Está bien, doctor?- me preguntó el hombre.
Claro, dije, me incorporé, ahora lo único que faltaba que este tipo me tuviera que consolar a mí. Lo único que faltaba.
-Sí, estoy bien- dije.
-Voy a traer café- dijo. Sacó una cafetera, sirvió dos pequeños pocillos, eran blancos y tenían pintados florcitas. Los calentó en el microondas.
-Fíjese si está muy caliente- me dijo.
Di un sorbito. -Está perfecto- dije.
Nos quedamos en silencio. Ni un solo ruido.
El hombre se llevó la mano al bolsillo, sacó un papel doblado y me lo extendió.
Querido:
Estoy segura de que me vuelvo loca de nuevo. Creo que no puedo pasar por otra de esas espantosas temporadas. Esta vez no voy a recuperarme. Empiezo a oír voces y no puedo concentrarme. Así que estoy haciendo lo que me parece mejor. Me has dado la mayor felicidad posible. Has sido en todos los aspectos todo lo que se puede ser. No creo que dos personas puedan haber sido más felices hasta que esta terrible enfermedad apareció. No puedo luchar más. Sé que estoy destrozando tu vida, que sin mí podrías trabajar. Y sé que lo harás. Verás que ni siquiera puedo escribir esto adecuadamente. No puedo leer. Lo que quiero decir es que te debo toda la felicidad de mi vida. Has sido totalmente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decirte que… Todo el mundo lo sabe. Si alguien pudiera haberme salvado, habrías sido tú. No me queda nada excepto la certeza de tu bondad. No puedo seguir destrozando tu vida por más tiempo.
No creo que dos personas pudieran haber sido más felices de lo que lo hemos sido nosotros.
V.
Después de leer la carta, carraspeé.
Me gustaría leerla de nuevo, le dije al hombre. Traté de hablar con suavidad, tratando de no quebrar nada.
Volví a leerla.
"Empiezo a oír voces y no puedo concentrarme."
Estuve en silencio un rato.
-Era escritora- dijo el hombre.
-¿Cuándo fue?- pregunté.
El hombre volvió a mirar el suelo.
-Dos años- dijo.
Duelo patológico, nueve meses para nacer, nueve meses para morir, después de eso era un duelo patológico. ¿Pero qué mierda importaba? Ahora esto era poesía. La poesía es la única forma de soportar la vida.
- Los japoneses tienen un parque donde la gente va a suicidarse ¿Sabía? – me
dijo.
- No. No sabía.
Todos los días pienso un momento en el suicidio. Vivo a la sombra de algo
insustancial, algo que deja a las cosas, a la gente, sin alma, sin esencia, un sinsentido inmenso donde no hay nada a lo que aferrarse.
-A veces la veo- dijo el hombre.
-¿La ve?
-A veces la veo escribiendo acá en esta mesa, o me voy a acostar y escucho el tecleo en la máquina de escribir. Escribía a máquina, ¿Sabe?
¿Por qué escribimos?, me pregunté.
La vida es imposible sin poesía.
-La veo, Doctor- dijo el hombre. Tenía una voz llena de verguenza.
Miré alrededor, la mesada, le heladera. Había un imán que me llamó la atención. Un payasito feliz. Eso me quedé mirando.
-Si la ve es porque vuelve- le dije.
El hombre abrió los ojos.
-Sí- le dije. -Vuelve y está bien que vuelva. No es un alma en pena o nada de eso. Vuelve por esto:
-"No creo que dos personas pudieran haber sido más felices de lo que lo hemos sido nosotros"-, leí esa frase de la carta.
-Esto es el paraíso para ella- dije.
Al hombre se le llenaron los ojos de lágrimas, sonrió.
-¿Usted dice, doctor?
-Sí, hijo- le dije. Le había dicho hijo, qué mierda, por qué mierda le había dicho eso. Lo miré, pensé que el hombre lo tomaría como una falta de respeto, pero no.
-¿Le duele la cabeza?- pregunté.
-Un poco- dijo.
-Saqué un ibuprofeno del maletín- se lo di.
-No hace falta, hijo- me dijo él ahora a mí. -El dolor se me va a pasar. Por fin, después de mucho tiempo, voy a dormir en paz.
Volví a una estación de servicio a tomarme otro café. Miré el diario, una foto en blanco y negro, un hombre arrastrando una cuna sobre el agua de una inundación. La moza me trajo el café, era simpática y no me importó que no fuera linda, la vi linda, e imaginé que íbamos al baño y lo hacíamos. Qué después los dos entrabamos sonrientes en el bar, ella se iría a seguir atendiendo. El operador me pasó otra salida, mujer de 24 años, lumbalgia. Leí el artículo de la foto de la inundación, me tomé el café, dejé caer hasta la última gota azucarada en mi boca. Pensé en mi hijo montado en su bicicleta amarilla de Toy Story, y supe, supe que por más que lo intentara, intentara estar a la altura, no iba a lograrlo.
Saludé a la moza con un gesto de la mano. Su cara era como la cara de la vida.






Texto agregado el 01-07-2019, y leído por 41 visitantes. (0 votos)


Lectores Opinan
01-07-2019 Esta historia faltó en Historias -valga la "rebuznancia"- Salvajes, esa película argentina de hace cinco o seis años. Darín hubiera sido el médico. Realmente buen cuento donde, como decía Cortázar (más o menos), la mejor parte uno la escribe. Felicidades. alipuso
 
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