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Llevo más de una hora caminando entre esta neblina. Invariablemente paso de ver solo unos pocos metros hacia adelante, de a ratos un poco más, y luego la distancia vuelve a acortarse.
Creo que otras personas caminan en la misma dirección que yo. Algunos se escuchan delante de mí, y otros vienen más atrás.
No los veo. En realidad solo veo esta niebla espesa.
Miro mis piernas mientras me muevo. Mis zapatos están algo sucios.
Trato de recordar pero no lo consigo.
Mi mente es como… una gran confusión.
Sigo moviéndome. Nos desplazamos sobre lo que seguramente ha de ser una ruta o un camino.
Pasan algunos minutos y alcanzo a ver a un costado, el resto de un gran árbol que fuera cortado a medio metro de su base. Me acerco a él y descanso sentado sobre el tronco.
Todo es niebla alrededor.
Caminando en la misma dirección en que yo iba hace un momento, aparece un hombre de unos cuarenta años.
Parece no notar mi presencia. Antes de desaparecer entre la niebla es llamado por otro, que menciona su nombre con una sonrisa.
Se abrazan con alegría dándose fuertes palmadas en sus espaldas.

- Sabía que iba a encontrarte – dice uno de ellos. Y reanudan la marcha. Me gustaría sentirme así.

Un impulso me incita a continuar.
Un poco después escucho a varios que detrás de mí, cantan algo mientras avanzan.

- ¿Cómo pueden cantar en una situación como esta? – me pregunto.

Es extraño. No puedo definir con claridad cómo me siento.
Escucho pasos cortos. Una mujer joven me toma del brazo.

- ¿Hacia dónde estamos yendo? – pregunta con desesperación.

- ¡No lo sé! – contesto furioso.

Sus ojos enormes se quedan mirándome en silencio. Una lágrima cae ahora por su mejilla.
Suelta mi brazo y se aleja hasta perderse entre la niebla.
Sé que la he defraudado, pero ¿qué podría hacer?
Busco mi reloj en mi muñeca, no lo llevo puesto.
Tal vez en breve amanezca, y la neblina se disipe lentamente.
Un momento después un hombre mayor se suma a mi marcha, y camina sonriendo esperanzado.
Me gusta su alegría, pero inmediatamente temo ser responsable de su suerte.
Vuelvo a observarlo, y me digo:

- Bueno, lo que deba ser, será.

El camino se curva lentamente hacia la izquierda. Puedo notarlo.
Me pregunto dónde llevará.

En los minutos siguientes mi compañero octogenario, muestra señales de agotamiento.
Dejo que se aferre a mi brazo para continuar con un paso más lento.
Cien metros más adelante, me dice:

- Sigue tú, muchacho. Estoy agotado.

Detenemos la marcha mientras el grupo cantor pasa a nuestro lado.
Sus caras me parecen familiares, pero no logro identificarlos.
El viejo se deja caer plácidamente, y reconoce:

- Debo descansar.

- Claro, tranquilo – le respondo.

Sabía que esto pasaría. Lo llevo al costado del camino, y lo acomodó en la hierba. Uso mi saco para cubrirlo del frío húmedo.
Pienso en el ciclo de la vida. Vienen a mí, recuerdos de infancia.
Me pierdo en ellos.


La mujer joven que me había interpelado con anterioridad aparece de repente y vuelve a tomarme del brazo.

- No podemos quedarnos aquí. Vámonos.

- No voy a dejarlo así. Mira su estado.

- No te preocupes, muchacho. Estaré bien – me dice el hombre con una sonrisa.


Dudo sobre qué hacer cuando aparece un perro que, lamiéndole la cara demuestra conocerlo.

- ¿Lo ves? Estoy con mi amiguito. Él me acompañará – me dice el viejo.

- Bueno, ya vámonos - dice ella con una gran carga de angustia.

La acompaño algunos kilómetros para luego dejarla ir. No me gusta su energía.
La densidad de mis pensamientos es parecida a la niebla circundante. Estoy angustiado.
El perro del hombre mayor, aparece nuevamente de entre la neblina. Me ladra moviendo la cola, y se queda expectante con deseos de que lo siga.
Voy tras él. Temo por el viejo.
Luego de unos cincuenta metros, salimos del camino para tomar por un sendero entre la hierba.
Veo flores. Y una pala.
Una construcción circular de ladrillos. Es un aljibe.
Un poco más adelante hay una casa. El perro mueve agitadamente su cola mientras avanza.
Me ladra, y se dirige hacia la puerta. Allí lo encuentro. Es el hombre del camino.

- Pase, amigo. Bienvenido a casa.

Me sorprende verlo de pie y repuesto.
Miro a mi anfitrión, y me pregunto si tendrá respuestas a mis preguntas. No se lo ve angustiado, sino más bien sereno y alegre.
Su mascota parece compartir su energía.
Cómo me gustaría estar así.

- Lo mejor será que descanse un poco – me dice gentilmente.

Acepto callado la propuesta y me recuesto en un camastro de una habitación cercana. El animal me sigue para quedarse tendido sobre una pequeña alfombra al costado de la cama.
Sigue atento mis movimientos, y cuando me acuesto, cierra sus ojos.
Unas horas más tarde, despierto sintiéndome mejor.
Me lavo un poco en un baño contiguo, y me dirijo luego a la cocina.
Me siento reconfortado al beber un chocolate caliente.

- ¿Dónde estamos? – pregunto sin más vueltas.

- En el Valle de los Perdidos.

Lo que escucho no me proporciona claridad alguna. Inspiro para cambiar el aire, y miro hacia la ventana.
Parece ser de día, y la niebla se ha disipado solo un poco. Alcanzo a ver a través del jardín de la casa algunos caminantes, que pasan por la senda transitada por mí horas atrás.

- Aún deambulan por allí – comento sorprendido.

Vuelvo a mirar a mi benefactor a los ojos, y pregunto:

- ¿El Valle de los Perdidos?

- Así es. Tú eres uno de ellos.


- Bueno, como sea que se llame, espero volver a casa pronto.

- No has entendido. Tú estás perdido, dentro de tu mente.

Un escalofrío corre por mi espalda. Su mirada y su presencia me aportan buena energía, pero no así sus palabras.
Su mascota me observa, como si intuyera mi estado de confusión.

- Eres uno más entre millones que han caído en desgracia.

- ¿De qué se trata la maldita broma? – expreso molesto.


Intento pararme y marcharme de allí. Pero su brazo me contiene firme y sereno.
Mi cabeza me duele. Decido sincerarme.

- Necesito ayuda, por favor.

Nos sentamos nuevamente. El hombre continúa:

- El ser humano ha cometido un despropósito. Mayúsculo. Queriendo evolucionar solo a través del pensamiento, ha perdido la intuición, la percepción, y su capacidad para mantenerse conectado con su ser. Y actualmente siente una separación profunda de todos y de todo. Esto le ha producido temor, confusión y sufrimiento.

- ¿Es que acaso no es así? ¿No lo estamos? – respondo casi automáticamente.


No me da respuesta a esas preguntas. Sí, en cambio, me dice con calidez:

- Mientras quieras o necesites, puedes quedarte. Tal vez pueda ofrecerte alguna ayuda.
Será tu voluntad.

Lo veo salir al jardín, seguido por el animal.
Aunque desconozco el porqué, solo por el contacto con ellos, he recuperado parcialmente una calma que hace mucho no sentía.
Evalúo mis posibilidades.
En cuanto mi mente se pone en funcionamiento, vuelve mi estado de confusión y el dolor de cabeza.
Dejo de dar tantas vueltas y salgo al jardín.
No puedo dar crédito a lo que veo. Mi anfitrión está pescando con una caña pequeña, dentro del aljibe.
Al ver mi cara de asombro se explica:

- Sucede que toda la costa del río cercano, y el suelo en donde estamos, es bastante rocoso. Y aquí debajo hay un arroyo subterráneo que conecta con el río.


Recuerdo entonces un libro muy interesante que leyera en mi juventud. “Viento en el Sahara”, de R.B.C. Bodley . En uno de sus capítulos se narra cómo se extrae el agua en los oasis del desierto, valiéndose del sistema de aljibes. Y cómo algunas veces se encuentran cocodrilos, recorriendo los canales de agua subterráneos.

- Hoy comeremos pescado asado - me dice mientras extrae un pez pequeño y lo introduce en una cubeta de metal en donde ya hay otros dos.

Durante la cena, conversamos animados. Salimos a disfrutar de la noche y nos sentamos en un banco frente a los rosales.

- Aunque reticente, parece que la niebla terminará por disiparse – le digo animado.

El viejo contesta sereno, casi con dulzura:

- Aquí la niebla es solo un símbolo. Ella te muestra en qué medida estás perdido.

- ¿Estoy así de perdido?


- ¿Qué recuerdas de ti?

- A decir verdad, muy poco. No puedo dejar de rumiar mentalmente cuestiones que tal vez sean intrascendentes.

- Es que tu mente, que es una herramienta maravillosa, ha dejado de ser simplemente eso. Actualmente es la pantalla en donde se reflejan en forma compulsiva y desordenada, tus temores, reacciones, y resistencias.


Me quedo pensativo. Unos segundos más tarde pregunto:

- ¿Cuál es el camino de regreso a casa?

Me mira con una profundidad a la que no estoy acostumbrado.

- Ahora descansa otro poco. No estás lejos de tu paz.

La mañana siguiente nos sorprende con frío y lluvia durante el desayuno, para finalmente transformarse en nieve.

- ¿Qué opinión tienes del silencio? – me pregunta con expresión pícara.

Como respuesta, solo me encojo de hombros.

- ¿Has salido alguna vez de explorador?

Pienso que tal vez tenga intención de bromear un rato, y contesto:

- De niño. Fue divertido.

- Bueno, si te parece bien, te enseñaré a explorar tu silencio.

Al instante mi mente elabora posibles respuestas agudas, irónicas, o burlonas.
Aún así, no digo nada y opto por aguardar.
Durante el resto del día, tomo contacto con un mundo nuevo, revelador. Mi mundo interno. No el de los sentidos sensoriales. Tampoco el de mis pensamientos.
Mi benefactor me introduce pacientemente en el arte de la meditación.
Los beneficios de esta práctica se revelan ante mí gradualmente, en parte por sus breves explicaciones. Y fundamentalmente por la sutil apreciación de la conciencia.
Al principio, no accedo fácilmente, pues tiendo a calificar todo de inútil. Una pérdida de tiempo. Pero es mi intuición la que me invita a considerar que poco a poco me voy sintiendo mejor.
Unos días después por la tarde, me encuentro sentado en su jardín contemplando las plantas, cuando una pregunta llega a mi mente:

- ¿Por qué no reacciono con rechazo a todo esto, como hubiera hecho habitualmente?

- Tal vez porque ya estés cansado de padecer – responde mi maestro acercándose desde la cocina como si me hubiera escuchado.

Noto sorprendido que ha leído mi mente.
Y agrega:

- Muchas veces, es necesario llegar a esa instancia, de estar ya cansado de sufrir. Es en ese momento en que soltamos nuestra resistencia. Y casi sin quererlo, abrimos un espacio en donde nuevas experiencias son posibles.


Reflexiono en silencio, para luego agregar:

- Tal vez tengas razón Creo haber vivido algo así.
Y dime una cosa: ¿cómo es que puedes saber lo que pienso?

- ¿Recuerdas lo que hablamos sobre sentirse separado?
En el camino del auto conocimiento, a través de la meditación, muchas capacidades innatas van despertando, al mismo tiempo que la separación entre tú y la vida se va disolviendo en la percepción.
En este caso, te siento tan cercano que la comunicación naturalmente se me hace más clara.
Me impresiona mucho su respuesta.
Se suceden los encuentros. Siento una avidez por continuar. Mi angustia y la confusión se van disipando para dar paso a una hermosa calma y una claridad creciente.
Me maravilla que la vida pueda cambiar para mí de esta manera, por el solo hecho de conocerme en profundidad.
Su amorosa enseñanza tiene un resultado fecundo, en gran medida por mi predisposición a una apertura.
No recuerdo con precisión cuanto hace que estoy con él, pues siento como si la sensación del paso del tiempo hubiese desaparecido. Pero sí sé que le estoy infinitamente agradecido.
El momento llega con naturalidad.
Decido despedirme de mi generoso amigo y su compañero fiel.
Aunque ya estoy en condiciones de volver a casa, cuando cruzo el jardín, de pronto recuerdo a la gente del camino.
Decido acercarme a la senda para observar cómo avanzan entre esa niebla que yo ya no veo.
Sus rostros muestran una angustia que he conocido.
Una emoción me embarga.
Quiero ayudar.
Aquí viene aquella mujer con la que caminé un trecho tiempo atrás. Su estado no parece haber cambiado.
Me aproximo tomando su ritmo.

- Hola. Me había perdido, ¿sabes? Quisiera acompañarte.

Su expresión de sorpresa cambia a la de alegría.

- Claro que puedes. Sigamos juntos.



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Marcelo Arrizabalaga.
Buenos Aires, 1/7/2019.


Texto agregado el 01-07-2019, y leído por 100 visitantes. (7 votos)


Lectores Opinan
30-07-2019 Este me encantó...la meditación y el silencio nos hacen conectarnos con nuestro ser interior...saludos...xxxxx Blasebo
04-07-2019 Qué lindo cuento, Marcelo. Dicen, los que dicen que saben, que para encontrar la luz a veces es necesario pasar por un cono de sombras. En el camino de regreso a casa estas instancias de vida son ineludibles, necesarias, evolutivas. Un abrazo Vent
03-07-2019 —Más que cuento leo y me introduzco en un profundo pensamiento reflexivo en el que supongo todos hemos transitado o transitamos, perdidos o mas bien desorientados. En algún momento nuestro propio yo se transforma en receptor y guía y nos muestra dos alternativas: volver o seguir, he ahí el eterno dilema. —Saludos y abrazos. vicenterreramarquez
02-07-2019 Entusiasmada por una lectura que SIENTO semejante a mi experiencia. Salir del camino en la niebla que recorremos en compañia de muchos sin saber adonde vamos ni quienes somos , recuperar la atención sobre lo que realmente vale es una trayectoria que llleva a una nueva comprensión. Lo que envidio a tu "perdido" es haber encontrado el guía . Felicitaciones . Yvette27
02-07-2019 Hay mucha profundidad en tu narrativa y es muy interesante yosoyasi
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