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La modesta parcela de los Cartes Tiznado, del sector de Aguas Bravas, se asfixia lentamente sitiada por legiones de pinos y eucalíptus que se extienden por gran parte del territorio. Un territorio que alguna vez fue bosque siempreverde , fue tierra cultivada con sabiduría campesina y fue cauce del río insurgente que había inspirado el nombre de la zona. De esas aguas bravas hoy no queda más que un estero, apenas suficiente para la subsistencia del caserío que se acomoda entre los huecos de las plantaciones.

La familia Cartes Tiznado era un cliché de la vida rural actual: Laura es la única hija que aun vive con sus padres. Los demás se fueron lo más lejos posible. Los dos hermanos mayores buscando mejores trabajos y la hija menor huyendo del sofoco de la crianza machista y de la falta de vida social. A diario Laura se ocupa de las inalterables labores domésticas, como antes lo hizo su madre y un sin fin de mujeres, por generaciones, hasta donde alcanza la memoria. Ella es oficialmente la dueña de casa. Doña Flor María, su madre, pasó el cargo el día que asumió la derrota contra la artritis. Don Manuel, el padre, provee con austeridad por medio de su pensión y eventuales “volteos” de pinos para las forestales.

Sin embargo, hace unos años, Laura alteró este esquema sorprendiendo a la familia y a la minúscula comunidad aguabravina con un inesperado embarazo. Un día en el almuerzo, la encinta simplemente anunció:

-Voy a tener una guagua. Si no me quieren aquí me voy a la ciudad con mi hermana.

Doña Flor María quedó petrificada y miró a su marido. El marido dejó a medio camino la cucharada de pantrucas que se llevaba a la boca y la devolvió al plato. Se quedó un rato mirando la comida, sin expresión, hasta que dijo:

-Habrá que hacerle una pieza a la criatura entonces- Y no se dijo más.

Nunca se supo algo sobre el causante de aquella preñez, ni se hicieron preguntas al respecto. Tal vez, más allá de los detalles del desliz y más allá de las expectativas de casorios legítimos ,con bailes de amanecida o de bautizos con curas a domicilio y padrinos pudientes, lo más necesario en esa pequeña familia y en aquella parcela rodeada de desierto verde y silencioso era iluminarse la vida con nueva vida, ruidosa, fresca e inquieta.

Y así fue. Con la llegada de Gisela, los Cartes Tiznado no solo construyeron una nueva pieza, sino que se animaron a anexar el baño a la casa y a clausurar el pozo negro, doña Flor María retomó el cultivo de su invernadero de flores y hasta compraron un teléfono celular con internet.

Gisela, Giselita, Chelita nació sana, menuda y rubia . Rubia como nadie en la familia. Su abuela acompañó a su mamá en el parto, el abuelo la esperó en casa con la pieza nueva y la cuna lista, su tía libertaria le llevó un ajuar azul celeste y otro verde oscuro y sus tíos ni siquiera se dieron por enterados de su nacimiento. Creció rápido, habló desde muy pequeña y sus ojitos oscuros -esos sí eran de la familia- desde el principio hicieron pensar que sería despierta y suspicaz . Así transcurren sus primeros años , consentida y estimulada por su mamá y sus abuelos, segura en la pequeña propiedad en medio del monocultivo.

En las tarde de verano, Laura la lleva al estero y la deja chapotear en el agua mientras ella se recuesta en el pasto de la orilla. Observa a la niña, cada día más rubia y cada vez más suspicaz, y recuerda la secreta y extraordinaria noche en que concibió a esta hija suya, o piensa qué destino le espera a la pequeña de cinco años que ya la deja sin respuestas y pone en aprietos a los abuelos cuando vienen visitas.

El último día de febrero de un año bisiesto, tras una tarde de baño y chapoteo, Gisela sale del agua, cansada de jugar, y se acerca a Laura pidiendo comida. Laura le entrega un tomate fresco y un trozo de pan amasado. La niña lo muerde y el jugo chorrea por su bracito. La mamá la sienta en su regazo.

-Mami- dice Gisela mientras mira los árboles al otro lado del estero- ¿que hay más allá de los pinos?

-¡más pinos! -dice Laura y suelta una risotada

La niña frunce el ceño y mira enojada a su mamá.

-¿y más más más allá?- vuelve a preguntar.

-Pues, otras casas, como la nuestra, y más allá está el pueblo, ahí donde vas a ir a la escuela el el próximo mes, y más allá hay más pinos y eucaliptus...y así...hasta donde yo conozco.

La niña se queda mirando el tomate que tiene en la mano, sin expresión -como la del su abuelo el día que supo que ella vendría- y después de rato decreta:

- Mamá, cuando sea grande voy a ir a la escuela y despues a otra escuela hasta saber mucho y voy a cambiar estos árboles por otros árboles, de esos que dice la abuela que había cuando ella era chica, y que había muchos pájaros y animales entre ellos. Esos quiero yo mamá. La abuela dice que era muy pero muy lindo y yo le creo a la abuela porque se pone feliz cuando me cuenta...y el abuelo también dice que cuando era chico se bañaba en el rio que ahora no es rio porque los pinos se tomaron toda el agua. No me gustan nada nada los pinos, mamá. Algún día los voy a cambiar. Te lo prometo.

Laura siente una mezcla de amor, orgullo y miedo por tal vehemencia. Se le viene a la cabeza un video que había visto en el teléfono, de una niña que hacía campañas para salvar el planeta. Se estremece. Siente que, como un capullo, un destino de redención podría estar gestándose en esa cabecita rubia y ojos oscuros. Imagina escenarios donde su hija retorna a su casa después de largos años de estudio y luchas reivindicativas...nunca se sabe.

Con Gisela en el regazo, en la orilla del estero, Laura busca en el celular el video de la niña que quiere salvar el mundo.

- Mira hija, quiero mostrarte algo...































Texto agregado el 06-07-2019, y leído por 69 visitantes. (0 votos)


Lectores Opinan
07-07-2019 tierno y emotivo seroma2
 
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