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Varios lustros atrás, trabajé en un hogar de niñas, el Hogar Santa Catalina. Un edificio antiguo pero bien conservado, de fachada impecable, pisos lustrosos y horarios estrictos.

De aquel mundo lleno de historias crudas e infancias complejas recuerdo con particular emoción a dos personajes dignos de compasión infinita.

Blanca, que en ese entonces era una linda niñita de 11 años que estaba internada junto a su hermana menor porque estar con su familia representaba un riesgo para su integridad. Había nacido en un entorno funesto, de padres negligentes y un abuelo pedófilo que, como era de esperarse, había abusado de ella. Tenía unos ojos enormes, inolvidables, que miraban el mundo con desconfianza.

Raquel, funcionaria uniformada del establecimiento. Era la de menor rango dentro del personal encargado del cuidado de las niñas. Tenía la mala suerte de tener un coeficiente intelectual básico, y un resentimiento tóxico producto de una innumerable lista de malas decisiones y de una vida anodina sin otro propósito que obedecer a la jerarquía y hacer lo que le decían que hiciera. Nadie nunca preguntaba su opinión. Le gustaba descargar en las niñas su microscópica cuota de poder, siendo cruel y abusiva de la misma forma en que sus superiores eran crueles y abusivos con ella.

La vida en el Santa Catalina estaba inevitablemente ligado al dolor, como si fuera un lugar de expiación de antiguos karmas o una versión doméstica del purgatorio. Un lunes llegué a mi oficina y me encontré con la noticia de que el fin de semana se le había negado el permiso de salida a Raquel y que ésta, dolida y furiosa, se había desquitado con la primera persona que se le pasó por delante. Y tenía que ser la dulce Blanca quien se le atravesara y recibiera la bofetada que le voló dos dientes y la dejó en estado de shock.

Para el martes, el tribunal había resuelto que la niña y su hermana fueran devueltas a su casa mientras se resolvía cual sería su próximo “hogar de protección” y las jefaturas de Raquel habían tomado la decisión de darla de baja.

Pero, lo que me hace contar esta historia, es que algún tiempo después del incidente, escuché a alguien llorar afuera de mi oficina, justo bajo la ventana -la ventana daba hacia el jardín- y salí a ver. Nadie. Sentí como la angustia me oprimía el pecho. Debí haber estado sugestionada, pensé, porque en el sollozo creí reconocer la voz de Blanca.

En seguida llegó al lugar otra funcionaria, que usaba la oficina contigua a la mía, y al verme allí me preguntó si había visto por ahí a Raquel. Dije que no.

-Que raro-dijo- yo habría jurado escuchar llorar a la Raquel...¡estaba segura de que me la iba a encontrar aquí!...era tan bruta la pobre...pero aun así la hecho de menos.

Al día siguiente lo sentí de nuevo, salí, nadie. Fuí por un café a la cocina y le comenté a la cocinera, una de las trabajadoras más antiguas del hogar.

- Buuuuh, mi'hijita! Pero esa no novedad pues!- me dijo- si aquí tenemos a nuestra propia llorona! . Yo digo que es la Carmelita Peña, Dios la tenga en su santo reino -se persigna- cuando yo legué a trabajar aquí ella ya estaba de interna, pero se nos murió al año siguiente. Siempre la escucho, antes me asustaba, pero ya me acostumbré...

En fin, aquel día aprendí que en el Santa Catalina, como en la vida, cada quien carga con su propio fantasma.

Texto agregado el 20-07-2019, y leído por 59 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
20-07-2019 Historia muy triste... Hay tantas cosas que no sabemos, ni entendemos. Cinco aullidos transparentes steve
 
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