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Sueño que mi hijo mayor llora amargamente. Despierto espantado, recuerdo que es viernes, día en que mi otro hijo acude a sus recurrentes fiestas en las que permanece hasta altas horas de la madrugada. Es necesario que hable con él, que lo aconseje que no salga, ese sueño me parece una premonición, es necesario que haga algo, que cierre la puerta con llave, que le impida salir, que no conteste las llamadas de sus amigos, no sé, me estremezco, es tan difícil torcerle la mano al destino cuando sus resortes misteriosos se ponen en acción. Mi hijo descarriado se niega a escucharme, me asegura que nunca ha corrido peligro, que soy demasiado aprensivo, que en último término, él ya es un hombre hecho y derecho. El corazón me late aprisa, temo lo peor y la pesadilla golpetea en mi mente como si fuesen golpes de martillo. Son las diez de la noche. Pese a todas las precauciones, pese a mis intentos de organizar algo en la casa con el único fin de que mi hijo permanezca en el hogar, él se escapa una vez más y se dirige a sus andanzas nocturnas. Comienza mi triste agonía. Las doce de la noche, yo dando vueltas por la casa como un autómata, los ojos llorosos de mi hijo en la pesadilla me intranquilizan al punto de impedirme el reposo. Una, dos, tres de la mañana y yo haciéndome una y mil conjeturas en el silencio fúnebre de la noche que acentúa mis temores. Siento ladridos, frenadas bruscas, gritos, risas, luego, el silencio recupera su dominio como si fuese una cobija que no alcanza a cubrir mi tormento.


Cuatro de la mañana ha marcado el reloj y ya no soporto más esta espera inoficiosa. Me encasqueto un chaquetón y salgo a la soledad de la calle. Mi corazón pareciera bombear más sangre que de costumbre mientras la palabra destino revolotea en mi mente como una premisa. La penumbra dibuja sombras espectrales, árboles que parecen alimañas expectantes. Camino varias cuadras en esta soledad siniestra sin tener claro hacia dónde dirigirme. Anhelo divisar a la distancia a mi hijo con su característico tranco. ¿Acaso no es él? Me sobresalto. ¡Sí! ¡Parece que sí! La persona aquella se aproxima en la misma medida en que se va desdibujando mi esperanza, al adquirir el contorno de un tipo que obviamente no es mi hijo. La frustración me embarga y siento que se manifiesta como un temblor incontrolable. Nadie más deambula por las calles, salvo aquél que ahora está a unos pocos pasos míos. No alcanzo a distinguirle el rostro y cuando nos cruzamos, me pregunta con su voz arrastrada: -¿Tiene fuego, amigo? Trago saliva antes de responderle que lo siento, pero que no fumo.
-¿Y qué me importa a mí que fumís o no fumís?- me contesta con su voz inculta. Me alerta esa frase que obviamente suena a agresión. Estoy desarmado por cierto y el tipo es más fornido y puedo percatarme con un temblor en el alma que no es de los trigos muy limpios. Antes que pueda ponerme en guardia, el tipo me estrella con la muralla y extrae desde sus vestimentas un objeto que reluce en su mano derecha. Es un afilado puñal que viaja breve y enérgico hacia mis costillas.
Me aterro ante tan angustiante situación, ¿cómo se me ocurrió salir a la calle a esa hora? El hombre me ordena que le entregue el dinero, que en realidad no lo llevo conmigo. Se enfurece y el puñal transmite el temblor de su mano antes que el objeto se hunda en mi tórax y sienta el desgarro de la carne y el dolor que se replica como si fuese el eco de la sangre. Tras esta violenta situación y al borde del desmayo, alcanzo a percibir que el tipo huye desaforado. Me desplomo suavemente hasta quedar doblado en dos en el piso. Comienzo a perder la conciencia mientras la sangre se escurre formando un charco alrededor de mi cuerpo abatido. Mis oídos comienzan a campanillear, un perro ladra en la lejanía, pierdo a ratos la conciencia, me voy apagando entre espasmos dolorosos. Me parece escuchar un grito lejano, alguien corre y se aproxima ¿Será una alucinación? No, al parecer es un joven, acaso la última persona que veré, el último rostro que quedará estampado en mis pupilas sin vida. Reconozco la voz, también el rostro: ¡Es mi hijo mayor! Por su rostro juvenil corren gruesas lágrimas. Escucho su voz muy lejana, un –¡Papitoooo!- que se eleva desgarrador en esa noche negra, cada vez más negra y solitaria.

El dolor no amaina. Trato de cambiar de posición, pero mi cuerpo está más pesado que de costumbre. Despierto. Mis dos muchachos están encima de mi cuerpo mientras me gritan: ¡Feliz cumpleaños papá!
-Tráiganme sal de frutas por favor. Esta acidez me está matando- les pido. Y sonrío casi con alegría, pese a que el malestar arrecia.













Texto agregado el 21-07-2019, y leído por 54 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
23-07-2019 queramos o no, el subconsciente aparece. Excelente tu relato amigo. Qué bueno es volver a leerte. Vaya_vaya_las_palabras
21-07-2019 Muy bueno Gui! Lo creí entero, jajaja.... MujerDiosa
21-07-2019 —Excelente trama que lleva al lector al extremo angustiante del protagonista para luego aplacar esa angustia acercándonos a la alegría de un ¡Feliz cumpleaños! —Saludos y abrazos. vicenterreramarquez
21-07-2019 Excelente...me hiciste vivir esa noche angustiante... Blasebo
21-07-2019 Muy buen cuento y por suerte con un final feliz yosoyasi
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