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Inicio / Cuenteros Locales / Gericos / ¿VIAGRA? ¡NO, GRACIAS!

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Hace unos días asistí a un congreso de médicos y no porque yo sea galeno sino porque durante el evento se hizo el lanzamiento de un nuevo sistema de información para el manejo de hospitales y centros clínicos y el ambiente era el propicio para tal fin; o sea, lo mío son los computadores.

Como es de todos conocido, a estos eventos se vinculan muchas empresas del sector médico como los laboratorios farmacéuticos, los cuales se instalan en los “Show Room” para que los participantes se acerquen y les visiten. Para tal efecto, estas empresas contratan preciosas modelos con llamativos trajes que captan la atención de los desprevenidos visitantes, y ese fue mi caso.

Iba llegando al hall de los expositores cuando una preciosa chica, de metro con setenta, minifalda exquisita, escote profundo y sonrisa angelical, se acercó a preguntarme que si ya conocía lo último en pastillas para el amor. Por supuesto que me ruboricé ante tal pregunta pero le dije que sí, que ya había oído hablar de ella.

-¿Y ya la probó? -me preguntó coquetamente.
-¿Crees que la puedo necesitar? -le respondí, inflando un poco el pecho y dándole a entender que a pesar de mis canas cincuentenarias, aún poseía fuerzas suficientes para no recurrir a artificios innecesarios.
-¿Le puedo ser sincera, señor? -me dijo en tono muy sensual pero respetuoso.
- Sí, bien puedas, Marthica (alcancé a leer su nombre en la escarapela de su uniforme). No hay problema -le respondí.
-Pues, mi papá, un señor alto y buen mozo como usted la usa, y está de lo más contento. Mi mamá me ha agradecido mucho por llevarle algunas muestras gratis. ¿Quiere llevar un par de ellas y me cuenta cómo le va? –dijo con una mirada cargada de complicidad y recatada sensualidad, al tiempo que me entregaba el mágico sobre.

Ante su insistencia no tuve más remedio que aceptarlas y, muy dentro de mí, pensé en que no seria nada malo intentarlo a ver cómo se comportaba la cosa.

Esa misma noche la ensayé. Seguí las instrucciones de la bella modelo y 15 minutos antes de la faena ingerí la prestigiosa pastilla azul...

Al principio todo empezó a fluir de lo más normal y agradable, hasta que mi esposa algo sorprendida preguntó:

-¿Amor, fue que hoy comiste camarones, langostinos o qué cosa? –preguntó bastante entusiasmada
-¿Por qué lo preguntas, negrita? –respondí haciéndome el loco.
-Porque te noto como más enérgico, más lleno de vida, más rejuvenecido, más… grandote –dijo sin dejar de abrazarme y besarme como días atrás o meses (mejor) no lo hacía.

Hasta ahí y hasta llegar a un primer entusiástico final todo fue de película, de maravilla. No recordaba cuánto tiempo había pasado desde la última vez que tuve un desempeño tan apoteósico que pidió repetición; la cual, esta vez, no se hizo de rogar. Mas esto sorprendió aún más a mi mujer y, por supuesto, a mí mismo (para ser honesto). Sin embargo, al intentar un tercer tiro de gracia, mi mujer si ya no aguantó más y cayó exhausta, dejándome todavía iniciado con la bandera izada en alto.

Me costó mucho trabajo conciliar el sueño, pues me sentía muy incómodo. Una tercera pierna me estorbaba impidiéndome acomodar para dormir. Hasta el roce del pijama y de las cobijas eran molestos. Debí levantarme a duchar con agua fría y luego ir a leer páginas de obituarios para ver si conseguía acostar al renacido amigo. La experiencia azul no venía resultando tan gratificante como suponía. Al fin pegué el ojo pero con el faro bien encendido.

A la mañana siguiente, no fue sino que se despertara mi mujercita cuando le caí con todo.

-Amorcito, mira el desayunito que te preparé –le dije entusiasmado.

Apenas miró de reojo el suculento banquete tragó saliva, compuso el mantel y degustó las mieles ofrecidas con amor. Casi sin darle tiempo al reposo merecido volví a la carga con la propuesta de adelantarle también las medias nueves. Ahí fue cuando ella ya no aguantó más y me dijo:

-Hernando, papito, no es que me queje; pero me vas a tener que explicar qué es todo este alarde de hombría poco normal en ti ni en nadie –dijo ya algo malhumorada.
-Mira, mi vida, es que el pajarito anda con sed –le dije en tono conciliador.
-Pues, más que pájaro, parece un dromedario deshidratado. Me hace el favor y me cuenta lo que está pasando. Ya no soporto más esta pendejada

No tuve más remedio que referirle la historia de la pastilla azul y las obvias consecuencias que saltaban a la vista.

Al escucharme se mostró más condescendiente y aceptó a regañadientes las medias nueves para ayudarme con la abundante mesa servida; pero lo que en definitiva no aceptó fue que le quisiera zampar de una también el almuerzo, las onces y la comida del resto del día.

En eso –para aliviar la tensión reinante- se me ocurrió decirle:

-Mija, por qué no llamamos a Maria (la empleada del servicio)? –pregunté inocentemente.
-¿Cómo así, es que piensa montar un bacanal aquí en mis propias narices? –respondió malgeniada.
-No. No, mi amor –acoté rápidamente-. Es para que me traiga una agüita de valeriana para ver si así calmamos la fiera (aunque a esa altura la fiera era mi mujer).
-No, esto ya me sabe a cacho –dijo (y no sé si lo dijo por mi comportamiento de toro de lidia)-; más bien párese de ahí y váyase a trabajar a ver si se pasma un poco y me deja tranquila.
-¿Pararme, dices? –le pregunté señalando mi protuberante desventura-. Mejor llama a la oficina y di que no puedo ir. Qué amanecí malo o algo así.

Mi mujercita, toda comprensiva ella, llamó, entonces, a la oficina y habló con mi secretaria.

-Marina, buenos días, habla con Raquel, la esposa de Hernando. Llamo para avisarte que mi marido no puede ir hoy a trabajar. Está algo indispuesto y no se puede ni parar; bueno, pararse sí, pero no sentarse, eh…, bueno… (trataba mi mujer de exponer el espinoso asunto). Es muy raro lo que le pasa. Sí, sí, vamos a llamar a un médico. Adiós, mija, luego hablamos –y colgó.

Finalmente, el día transcurrió y la tranquilidad retornó a mi vida y a mi hogar. Qué descanso saber que volvía a ser un hombre normal con las limitaciones propias de la naturaleza y que no era necesario revivir aquellas épocas de grandes proezas amatorias, las cuales –a esta altura- no serían factibles ni con la ayuda de Dios. Así que me dispuse a dormir, pero antes abracé con cariño a mi mujer y le dije:

-Raquelita, cielito. Aún nos queda una pastilla azul –le dije con picardía.
-¡Ah, no, Hernando. Más víagra, no. ¡Muchas gracias!


GerCardona. Bogotá, octubre 14 de 2007.

Texto agregado el 13-08-2019, y leído por 42 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
16-08-2019 jajajaa....qué bueno! Tal vez, si pasan unos días y ambos descansan se podría probar nuevamente, ¿si? MujerDiosa
13-08-2019 Exquisito tu relato, muy ocurrente, muy divertido. Excelente. Vaya_vaya_las_palabras
13-08-2019 jajajajajjajaja...muy buena historia, entretenida y muy bien lograda. lisinka
 
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