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Después que se casaron vivieron felices más de quince años. Todo ese tiempo disfrutaron las miles del amor, cada quien daba de lo que había en su alma, el alma de los dos siempre estaba repleta de amor, el amor fue un milagro porque los hacía hablar hasta la madrugada, ellos antes de conocerse nunca escribieron, pero el amor los hizo escribir miles de versos llenos de romanticismo, no importaba la forma como los escribían, sino lo que se decían, no tenían el rigor de Borges al escribir, ni la dulzura de Neruda, pero lograban sensibilizarse y, eso ya es mucho decir, pues sólo llegaron a la mitad del bachillerato.

Carlota adoraba a Juvenal, todo le sabía a él, cuando estaba tomándose una sopa de letras, la sopa de letras le sabía a Juvenal, nadie ha dicho que una sopa de letras tenga el mismo sabor de un ser humano, pero así era de loco el amor que se profesaban, así es el amor, a unos los vuelve amargados a otros pendejos.

Carlota se desvivía por su hombre, Juvenal era un bogotano de ojos tristes y mentón pronunciado, quien trabajaba en la dirección de impuestos nacionales, trabajaba como mensajero. Llevaba más de quince años desempeñándose en ese cargo. Conocía la ciudad como la palma de su mano y, eso que Bogotá era una metrópoli, pero eso no le impedía desarrollar su trabajo con presteza y amor. Juvenal, siempre solía decir que "quien no ama su trabajo, no ama a su mujer". El amaba su trabajo y su oficio de mensajero. Al principio repartía la correspondencia en bicicleta, después en motocicleta, era muy diestro al manejarla porque con ese tráfico tan tenaz que hay en Bogotá, muchos prefieren no sacar ni la bicicleta, ni la moto ni el carro, no solo por la congestión de vehículos, sino por la cantidad de ladrones que siempre están a la expectativa de que alguien de papaya para robarlo de inmediato. Ese no era el caso de Juvenal, tenía no solo paciencia sino también pericia y estaba muy atento para no atropellar a nadie ni ser atropellado, ni menos robado. Bogotá es una ciudad con una mala movilidad, no solo por la cantidad de vehículos sino también por el desorden, las ciudades entre más grandes más llenas de problemas.

Carlota era una modista de barrio pobre, pero buena modista. Sabía pegar botones, hebillas, cremalleras, coger dobladillos, reducir de talla prendas que están muy grandes y teñir prendas que al paso del tiempo y de tanto lavarlas pierden el color. Después de tantos años el amor de Juvenal por Carlota empezó a disminuir, al igual que el amor por el trabajo, ya le daba pereza levantarse a las cinco de la mañana. De un momento a otro le cogió fastidio a Carlota, es más, decidió no dormir más con ella, se fue a dormir solo a otra alcoba en una cama rustica. Su mujer al comienzo no dijo nada, pensó que lo hacía para dormir bien, para recuperar las energías perdidas porque el trabajo lo desgastaba mucho. Pero la situación se fue tornando complicada porque hasta los fines de semana y los días festivos seguía durmiendo en la otra alcoba. La paciencia de Carlota llegó al límite hasta que llegó el día en que lo increpó y en un tono de pocas amigas le dijo:

- Bueno y a vos qué es lo qué te pasa.

Juvenal la quedó mirando de arriba abajo, pues no esperaba que le hablará en ese tono, después de un corto silencio le respondió:

- Porque ya no me gustas, ya no te quiero

Carlota por poco se desmaya, palideció y tuvo que agarrarse de la mesa, pues las piernas y todo su ser le temblaron, después de recuperar las fuerzas le respondió a Juvenal.

- Cómo así, de la noche a la mañana me dejaste de querer, acaso tienes otra?.

Juvenal la miró con rabia, las manos y sus labio le temblaron, tan pronto como pudo le dijo:

- Si tengo otra mejor que tú.

Carlota se enfureció, acaso no me prometiste amor eterno, miserable no seas tan cínico.

- Las cosas cambian, todo cambia y yo he cambiado.

Carlota se le fue encima y le arañó la cara, parecía una gata furiosa. Juvenal como pudo se la quitó de encima y se fue de la casa, no sin antes llevarse dos mudas de ropa. Pero a las dos semanas volvió porque vivir fuera de la casa no es tan fácil, la relación se puso más tensa, se miraban con odio y hasta se insultaban.

De un momento a otro Carlota s eenfermó, el estrés, la tensión, el desamor poco a poco hizo mella en su salud, perdió peso, ya nada le apetecía. Así pasaron cuatro años, como ya no tenían sexo, Juvenal se iba a dar rienda suelta a sus apetitos carnales a uno que otro burdel de mala muerte, nunca midió consecuencias.

Carlota enfermaba cada día más, se veía tan mal que Juvenal decidió comprar el ataúd antes que ella muriera, quería tenerlo listo y no andar a las carreras cuando llegara ese momento, se acordó de ese dicho popular que dice "hombre prevenido vale por dos", dicho popular que ha ido de generación en generación a través de la tradición oral.

El tiempo siguió transcurriendo pero Carlota no mejoraba, ni tampoco se moría. Juvenal le rogaba a Dios para que se la llevara, pero Dios no quería hacer el milagro, cada cual se muere cuando se tiene que morir, nunca por designio divino, de ser así ya s ehabrian muerto ese poco de ladrones y asesinos, pro nada, Dios no interviene en el destino de los seres humanos, con ese cuento a otro perro.

Siguió pasando el tiempo y Juvenal estaba pensando en darle una ayuda, se le ocurrió que podría envenenarla sin dejar ninguna huella, ninguna pista para no tener que ir a la cárcel, además de esa manera la ayudaría a librarse de ese sufrimiento que significa para ella estar viva, sin amor y sin ninguna esperanza de nada. Le iba ayudar a ver pronto las luces en el túnel y a cruzar pronto el túnel en ese viaje sin retorno.

Mañana mismo compraría el veneno, de tantos venenos que hay, aún no se había decidido por ninguno, pero la idea de envenenarla ya estaba tomada y no se iba a echar para atrás. Esa noche Juvenal tuvo una terrible pesadilla, pues se soñó muerto, en el sueño su cuerpo yacía en un potrero, el calor era sofocante, al paso de dos días seguía en el potrero, su cuerpo empezó a oler mal, el mal olor pronto atrajo a moscas, una bandada de aves de rapiña volaba en círculos concentricos en el espacio, hasta que una se decidió a descender y a dar los primeros picotazos sobre su abdomen, luego descendieron otras aves de rapiña y enseguida otras que de tanto dar picotazos en el cuerpo de Juvenal rompieron la piel, los músculos y cuando las vísceras quedaron al alcance de ellas las devoraron de inmediato. Otras aves de rapiña dieron picotazos en sus ojos y al cabo de un breve tiempo quedaron sus cuencas vacías. Juvenal se despertó en ese momento y cuando se pensaba que la pesadilla lo llevaría a cambiar la decisión que había tomado, nada siguió firme en ese propósito, quería librarse cuanto antes de Carlota. Eran las cuatro de la mañana, rápido prendió el radio de pilas que tenía al alcance de sus manos, siempre encendía el radio antes de irse a trabajar, le gustaba escuchar las noticias, en un país como Colombia todas las noticias son malas, noticias de secuestros, violaciones, robos y masacres son el pan nuestro de cada día. Todos los medios alcahuetean al tiranillo de turno, eso era lo que le gustaba escuchar a Juvenal y en cuestión de gustos no hay disgustos, esa era la realidad de Colombia donde los políticos no pasan de ser unos delincuentes de traje y corbata, otras aves de rapiña, tal vez más carroñeros que los mismos gallinazos.

Antes de las seis Juvenal se levantó, se bañó, preparó café y huevos revueltos y desayunó con mucho apetito pese a la pesadilla de hace unos instantes. Luego agarró su mochila, se puso el casco de motociclista, sacó del garaje la moto y se fue a recorrer las calles bogotanas, primero pasó por la empresa recogiendo el paquete de cartas que debía entregar ese día. A eso de las cuatro de la tarde, después de haber terminado su misión se dirigió a un almacén muy conocido en Bogotá porque ahí encuentra todo lo que anda buscando, sobre todo si se trata de venenos para ratas, cucarachas y mata malezas. De todos los venenos que ahí vendían se decidió por campeón, un veneno muy poderoso para matar ratas. A qué extremo había llegado Juvenal, después de tanto amor hacia Carlota, ahora quería envenenarla con un veneno para ratas , ni que ella fuera un roedor. Ya lo dijo Tomás Hobbes: "el hombre es un lobo para el hombre".

En el camino fue fraguando el plan y la forma como iba a ejecutarlo, primero se ganaría la confianza de Carlota, le pediría perdón, volvería a dormir con ella, al cabo de unos días le echaría el veneno en al comida y quedaría libre para siempre. Después de muerta Carlota, pensaba irse a vivir con Eugenia, una prostituta que había conocido en un burdel de mala muerte en la perseverancia.

Camino a su casa compró flores para Carlota, cuando se las regaló Carlota no lo podía creer, un brillo de amor volvió a iluminar sus tristes ojos, el amor hace milagros, pensó que Dios había escuchado sus ruegos y le estaba devolviendo el amor de su hombre. Juvenal se portó muy bien con Carlota durante tres semanas, ella se veía más vital, con más fortaleza y recuperó las ganas de vivir, sin saber la tragedia que estaba a punto de cernirse sobre ella.

Llegó el fatídico día, Juvenal pediría un domicilio a un famoso restaurante de comida tailandesa, luego echa´ria el veneno en la comida de Carlota, a ella le fascinaba esta comida, como quiera que es de las más apetecidas en la gastronomía internacional, Juvenal pensó que mejor que despedirla con un buen plato y buen vino. El día anterior había desempolvado el ataúd. Carlota y Juvenal tenían la misma estatura, ella era un poco más robusta, Juvenal era un se raro, tan raro que decidió meterse en el ataúd para ver que se siente estar dentro de un ataúd, estaba como mandado hacer para él, cupo a la perfección, ni muy ajustado, ni muy flojo, después se salió del ataúd y se rió.

Eran como las seis de la tarde y llamó al restaurante para solicitar el domicilio, pero no le contestaron porque el teléfono estaba fuera de servicio. Juvenal decidió ir por la comida en su moto. Podía ir a pie, eran tan solo cuatro cuadras las que lo separaban del restaurante. En menos de lo que canta un gallo llegó al restaurante, hizo el pedido, pagó el valor de la comida, se la empacaron rápido y se fue raudo para la casa, con la mala fortuna que un carro se lo llevó por delante, la comida se regó por el suelo, igual que el veneno, las autoridades pensaron que en su casa había muchas ratas. El falleció casi que al instante porque el carro lo dejó vuelto un guiñapo humano. A Carlota le dio muy duro pues creyó que él se iba a dar una segunda oportunidad con ella, pero lo superó y murió de vieja. En la lápida de Juvenal colocaron el siguiente epitafio : HOMBRE PREVENIDO VALE POR DOS.

AUTOR: PEDRO MORENO MORA
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Texto agregado el 01-09-2019, y leído por 126 visitantes. (6 votos)


Lectores Opinan
02-09-2019 Me pareció horrible la actitud de Juvenal, porque el amor puede terminarse pero no se puede maltratar lo que se amó. Un historia con un final anunciado que ese mal bicho se merecía. Me gustó. Besitos. Magda gmmagdalena
01-09-2019 Bastante largo el culebrón, je!, pero me entretuvo la historia. Está muy bien narrada. Quizás algo apresurado el final. 5* henrym
 
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