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Inicio / Cuenteros Locales / Guidos / Cortándose el pelo ayer y una yugular

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Recuerdo esas peluquerías de antaño, enclavadas en cada barrio de Santiago, con su utilería particular, sillones levadizos, esas multicolores agüitas de colonia y una cantidad grande de clientes fidelísimos que concurrían a someterse en sus manos expertas para que el regular corto fuese reivindicado tras ese matorral de pelos. El peluquero mondaba con esas maquinitas que ya no se estilan, conversando de cotidianidades con las que, de seguro, pretendía abreviar el trámite, mientras el cliente vigilaba atento que a esa imagen suya reflejada en el gran espejo no le fueran a cometer alguna atrocidad.
Recuerdo ese lugar plagado de silencios, donde sólo se escuchaba la voz del peluquero y las interjecciones vagas del que atendía, más una decena de señores con rostros cariacontecidos, respetables, modestos, cada uno con su propia historia y cada cual con la expectativa de salir de allí con un corte que tuviese la virtud de mostrarlo decente y ojalá parecido a algún actor inspirador de ese peinado.
Como niño, lo primero que me atraía era la ruma de revistas, la mayoría bastante ajada, que se disponían para acortar la espera de los clientes. Pocos las leían y aun así, su desmejora era evidente. Pero eso era precisamente lo que me fascinaba, que tras sus destartaladas hojas aparecieran historias antiguas, orígenes de civilizaciones, las dinastías del imperio egipcio, historias que palpaba en mi imaginación de niño. Muy por el contrario, se repetían las revistas Ecran y Vea, que dedicaban sus páginas a la belleza y talento de Doris Day, la masculina imagen de Rock Hudson y la malograda rebeldía de James Dean, entre otras estrellas rutilantes de esa época. El semanario Ercilla se abocaba a la sociedad y política contingente, siendo Carlos Ibañez del Campo, con su escoba como símbolo de campaña, Allende y su tenacidad y tantos otros que acaparaban artículos y fotografías. Era un Chile más coloquial, en donde la modestia era la enseña que casi todos utilizábamos. Pobres, pero decentes, a pata pelá y con leva, como decía mi abuela.
Retornando a la peluquería, el drama tiño uno de estos lugares, cuando un hombre despechado aguardó en las afueras del local, ocultando malamente sus intenciones y también el arma asesina bajo sus ropajes. Era invierno y el día anterior había llovido, por lo que algunas pozas dibujaban su figura siniestra, embozada detrás de un poste, luciendo un sombrero que le cubría su rostro. Lo que no calculó el tipo fue que el peluquero, entre tijeretazos, conversa y precisas pasadas de navaja, alcanzó a visualizar el peligro. Era un hombre intuitivo y cuando despachó a toda su clientela, tardó más de la cuenta en terminar de ordenar con minuciosidad todos sus aparatos, imaginando tras las sombras al individuo que aguardaba con paciencia infinita. La noche cayó sobre la ciudad y los faroles amarillentos aportaron la escenografía que precisaba la escena. La calle se había vaciado de transeúntes y de los escasos vehículos existentes en la época. El peluquero se aprestó a bajar la cortina, de espaldas al que lo acechaba. Era la oportunidad propicia y el hombre extrajo de entre sus pesados ropajes un puñal que brilló en la semi penumbra. Y se abalanzó como un león hambriento que ya eligió su presa. Fue en el instante de la embestida que la sorpresa entró a tallar. El peluquero se volteó, pues había calculado con precisión el instante exacto en que el otro levantaría el arma para asestarla sobre su espalda. Giró pues, con una agilidad insospechada y la navaja viajó rauda para encontrarse con el cuello del agresor, hundiéndose en la carne para que la sangre enrojeciera la noche.
Fue noticia al día siguiente, el marido engañado que falleció por un corte preciso en la yugular, un peluquero que ya no atendería ni conversaría con sus clientes y que ahora lo haría en su celda de recluso, acaso con el espectro de su ajusticiado, que no contento con ese epílogo, lo hostigaría hasta el final de sus días.
Peluquerías de antaño, sin extranjeros diseñando a navaja en las testas de sus clientes, mientras el trap, el rap musicalizan otro estilo de vida. Hoy es así. Ayer no más, la vida corría por senderos verdes, por acequias y conventillos, con otros seres que soñaban con tiempos mejores.












Texto agregado el 07-09-2019, y leído por 79 visitantes. (8 votos)


Lectores Opinan
07-09-2019 Triste historia. A veces basta un par de segundos para que la vida dé un vuelco inesperado, un abrazo Helenluna
07-09-2019 Genial Gui. Hermoso relato. Tus palabras dan gusto. Abrazo grande. Vaya_vaya_las_palabras
07-09-2019 Grandes recuerdos me traes, por instrucciones de mi padre al peluquero ordenaba "disminución alta" pero mientras esperaba gozaba de una revista "Billiken" gozando de Ocalito y Tumbita. za-lac-fay33
07-09-2019 —Qué buen ensamble de letras, situaciones y acontecimientos que amalgaman un hecho relacionado con los distintos usos de la navaja, independiente del motivo que obliga a usarla. Gran relato. —Mis saludos y un abrazo. vicenterreramarquez
07-09-2019 Muy bueno, tus textos traen a veces como éste, sabor a antaño, se sienten las nostalgias magníficamente representadas. Un beso. MujerDiosa
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