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Se abrió la puerta y el rechino se escabulló por el pasillo en una multitud de ecos que se quebraron al fondo del piso. Eran las cuatro de la mañana y palpaba la imaginación taciturna del tipo el sueño masivo reinando sobre la ciudad. Imaginaba ser el único ser despierto sobre la tierra. Pero el cansancio lo vencería apenas visualizara ese lecho amplio en el cual dormía su esposa.
En puntillas, cruzó el living de su elegante departamento y arrojó las llaves sobre el sofá. Mojó su rostro en el lavamanos del baño de visitas y bebió un sorbo de agua contenida entre sus manos formando un cuenco. El espejo le devolvió su rostro trasnochado y plagado de leves arrugas. Su esposa apareció tras su sombra y lo sobresaltó.
-Llegaste.
-Parece.
Ella le estiró sus labios y él los rozó con desidia, en lo que simulaba ser un beso. La mujer sólo se encogió de hombros y se dirigió a la cocina.
-¿Quieres un café?
-No.
-Duerme entonces.
El hombre se tiró sobre el sofá y suspiró. Esa realidad lo achataba. Su mujer, tan servil, poco adivinaba lo que él sentía. ¿Sería que evitaba alguna discusión? Lo hastiaba. Dormiría allí mismo, maltrecho, descompuesto, pero libre de ella.
La mujer cruzó frente a él y se dirigió a su dormitorio. En sus labios se bosquejaba una sonrisa.
El hombre producía unos ronquidos insufribles. En su habitación, la mujer dormía con placidez sin que en sus labios se hubiese desdibujado la sonrisa. Pronto amaneció. A las ocho de la mañana, el tipo saltó de su improvisado lecho y se dirigió al baño. La mujer freía huevos en la cocina. Al escucharlo giró la llave de la cocina para apagarla y se dirigió al baño. El marido estaba ya en la ducha y ella entreabrió la puerta de corredera y una vez más, sonrío y le estiró los labios. Él le tiró un beso desganado con una de sus manos y ella achinó sus ojos.
-Te quiero- dijo ella, contemplándolo bajo la ducha. Y se desnudó para ser partícipe de esa agradable lluvia tibia. El hombre la enjabonó y ella a él. Bajo el agua, parecían dos enamorados.
-Me gusta esto- expresó ella con su voz algo chillona.
-Hum- contestó él.
-¿Me amas?
Él no contestó y salió de la ducha envuelto en su toalla.
-Yo te amo-dijo ella, envolviéndose a su vez en la suya.
-Volveré tarde- dijo con desgano el hombre.
-Te esperaré.
-Te esperaré- repitió con acento irónico el tipo. Esta breve frase le quedó repicando en su mente. Podría utilizarla en sus rutinas. El público celebraría con grandes carcajadas cualquier ocurrencia suya, ya que él era el gran humorista.













Texto agregado el 14-09-2019, y leído por 83 visitantes. (10 votos)


Lectores Opinan
16-09-2019 Pobre mujer,creo que demasiado ingenua para no darse cuenta o quizás no aceptar ese desamor tan evidente. Tal vez ella al amarlo se conformaba con solo estar con él. Me gusta demasiado como escribes. Leerte es vivir el texto***** Besos Victoria 6236013
14-09-2019 La rutina mata, lástima que él no se preocupa de llevar a su casa un poco de la alegría que finge ante el público. Buen texto mi querido amigo. Besos. Magda gmmagdalena
14-09-2019 La rutina es una de las cosas que mata el amor, sin embargo el protagonista, a pesar de su decidia, parece estar conforme con su vida, creo que uno está donde quiere estar, ya que a nadie le ponen una pistola en el pecho para continuar casado, sobretodo en estos benditos tiempos modernos. Un saludo gui Helenluna
14-09-2019 —Deduzco que ella podría demandarlo de plagio por copiar y usar sus palabras en las rutinas como humorista frente a su público. —Saludos y aplausos para escritor y personajes. vicenterreramarquez
14-09-2019 Tristísimo. MujerDiosa
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