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Hace un par de semanas decidimos reunirnos nuevamente, viejos compañeros de estudios que finalizamos hace tantas décadas nuestras carreras.
El preámbulo para estos acontecimientos fue adornado con muchas risas y bromas, porque los años no en vano han marcado la diferencia.
Uno por ahí decía, el asado tiene que ser alemán, ese que se prepara con carne molida, no hay que olvidar que ya nos quedan solo un par de muelas y los pocos dientes que quedan, no resisten como antes.
Otra decía, debe ser muy temprano a lo menos al medio día, porque entrada la tarde con el frío no hay hueso que resista.
Hasta que por fin llegó ese día; uno a uno fueron llegando, se notaba en cada uno que la elasticidad de las pasos habían mellado los juveniles de aquellos años, bueno así es la vida.
Comenzó la reunión y obviamente faltaron algunos, ya sea que por aquellos años se fueron a otras tierras hacer sus nuevas vidas. Nunca más supimos de ellos, si aún están o pasaron a otras vidas, pero no por ello desaparecieron de nuestras mentes.
Mientras disfrutábamos una media copa de vino o alguna bebida, lo que nuestra humanidad y salud nos permitía, rememorando tantas vivencias, todo era alegría.
Nos burlábamos unos a otros de las falencias adquiridas, como aquel con principio de Parkinson, el que mucho nos serviría si fuéramos a la playa, a lo menos para sacudir las toallas; todo era una mofa muy sana de nuestras carencias que terminaba entre risas.
Recordé en ese momento, una foto muy antigua en blanco y negro, que guardada en mi caja de pandora de un paseo en que todos los presentes habíamos compartido.
Recuerdo que por aquellos años era nuestro último como estudiantes, y decidimos un paseo a la playa ese verano, cuando las turbulencias del país eran todo un lamento.
Escaseaba hasta el pan pero los billetes crecían como la maleza, y todos con los bolsillos llenos, buscando que comprar pero nada había. Bueno, eso no era impedimento para dar rienda suelta a nuestra juventud indiferente a lo que nos acontecía por aquellos años.
Éramos como unos verdaderos extraterrestres.
Llegamos muy temprano a la estación de trenes. Las diferentes líneas, iban a distintas partes. Las que llegaban más lejos, la locomotora era impresionante y eléctrica, pero al cabo después de largos trechos se las cambiaban por una de carbón, siempre grande por la gran cantidad de carros que arrastraba en su trayecto.
Llevaba coche comedor y otro de dormitorio para los mas opulentos, luego los carros de primera alfombrados y reclinables sus asientos. Más atrás le seguían los de segunda clase, algo más austeros, con asientos de lona o plástico rellenados con algo blando pero fijos sin más aditamentos.
Finalmente los de tercera clase, con butacas de madera y arréglatelas, porque gallinas, pollos y por ahí algún cerdo, eran parte del viaje como pasajeros que duraban hasta a veces días enteros.
Como nuestro viaje era muy corto, de la Capital a la costa no había mucho trecho, una pequeña locomotora a carbón era lo más conveniente y los carros de tercera eran más que suficientes.
Ya todos a bordo, pero nos faltaba uno que siempre llega tarde y al sonar al pito de partida del conductor, el tren se comenzaba a deslizarse suavemente por los rieles, aumentando su velocidad constantemente, mientras nuestro compañero corría a su lado para encaramarse desesperadamente. Lanzó su morral por la ventana y se aferró de esta mientras todos lo agarramos y pasó volando por nuestras cabezas. La carcajada fue total de los pasajeros de los que viajaban en ese carro con rumbo a la costa, que era nuestra meta.
Algo muy normal en aquellos días, uno sabía la hora de salida, pero la de llegada eso era siempre un misterio.
Aunque el viaje era muy corto, pero los imponderables en aquellos tiempos era muy normal, duró más de 7 horas.
Durante ese trayecto hubo de todo y más que nada relajamiento, las bromas como jóvenes hasta con cierta irresponsabilidad, se hicieron presentes en algún momento. Cuando transitaba entre los carros, un vendedor de bebidas y cervezas, que cargaba en un canasto en su espalda, no faltó el que se hacía el más gracioso sacándole sin pagar las botellas, sin que este se diera cuenta.
Finalmente llegamos a la estación que a nuestro destino nos dejaba más cerca. Caminamos agrupados por que la noche había llegado y cruzamos el camino vial para adentrarnos a un bosque que nos separaba del mar, cuyo oleaje ya se sentía y el aroma del agua salada mar por nuestras narices se impregnaba, anunciándonos que allí estaba a muy pocos pasos.
Recuerdo que la Luna no quiso estar presente y su luz no apareció, así que caminábamos tomados de las manos para no extraviarnos en ese bosque tan oscuro que ni las manos nos veíamos.
De pronto una de nuestras compañeras dio un grito y nos preguntamos qué pasó; entre la arena y ramas, una espina se clavó en uno de sus dedos del pié y ese fue su grito de dolor en ese momento
Con una linterna con las pilas algo gastadas nuestro guía que iba delante, regresó y el más iluminado médico de los nuestro al instante resolvió. Abrió una de las botellas de Pisco (Licor) y la herida desinfectó, sacando entre las tinieblas la infame espina que causó tanto dolor. Un pañuelo sirvió de vendaje y continuamos el viaje entre árboles y ramas hasta encontrar un espacio que de pronto apareció.
Nos esperaban de otro curso con carpa, música y mucho licor el que a pesar de nuestros gritos nadie se enteró.
Convenimos quedarnos en ese sitio y nos agrupamos para hacer un inventario. Había solo dos frazadas, nada que comer, solo bebidas y licor y por supuesto cigarrillos “Hilton King Size” que uno de los nuestros siendo tan escasos por ahí se consiguió.
Una frazada tendida sobre la arena fue nuestra cama y terminamos amontonados y la otra nos cubrió y solo nos quedaron como techo las estrellas y el oleaje cómo una música en nuestro alrededor.
Por la mañana muy temprano un mal olor nos despertó, a solo un par de pasos nuestros, había un gran basural.
Recogimos nuestras pertenencias y para nuestro asombro, ahí muy cerca nuestro estaba la carpa que con la música y algarabía nuestros gritos nadie escuchó y menos nosotros que con el sonido ensordecedor de olas nadie se percató.
Así finalmente disfrutamos ese día y más de alguna otra anécdota ese día ocurrió.
Que ya se los contaré para no aburrirlos, en otra ocasión.

Texto agregado el 16-10-2019, y leído por 109 visitantes. (7 votos)


Lectores Opinan
18-10-2019 Estimado Pastorga, no aburrís nunca. Me fascinan tus historias. MujerDiosa
17-10-2019 Quiero que cuentes aún más, por favor no te detengas. Tus historias están llenas de bellos recuerdos. Odette
17-10-2019 ¿Sabe qué, señor? Tiene la no común habilidad de nimbar los recuerdos con una aureola de nostalgia y añoranza que vuelve su lectura muy agradable. Se admira. -ZEPOL
16-10-2019 Un recuerdo interesante; y bien narrado. Saludos desde Iquique Chile. vejete_rockero-48
16-10-2019 —Te sigo leyendo y al entrar en tus recuerdos tus letras me siguen incitando a que entre en mis recuerdos que en mucho se asemejan. Un abrazo desde esos trenes que nos llevaban a la playa. vicenterreramarquez
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