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Estaba ahí, de pié junto a la puerta de salida y a unos metros del Presidente. Para muchos de los presentes era un momento histórico. La primera autoridad nacional, en persona, la misma que veían en televisión en diarios Y al que escuchaban por radio estaba junto a ellos. De nada sirvió la contra propaganda, porque ahí estaba prácticamente todo el pueblo.
La primera autoridad haría importantes anuncios, lo que significaba que hablaría de empleos, de la leche que sería restituida en los consultorios, de los cheques que faltaban en las pensiones, pero nunca jamás podría darles solución a sus problemas personales, sino que daría soluciones para el grupo, para el conjunto, pero ello no obstaba para que bien emperifolladas ellas y bien vestidos ellos, se encontrara de pronto una pareja hasta ahora desconocida y marcaran su idílico romance con la llegada al pueblo de tamaño personaje.
El hombre hablaba del gran mundo que estaba por ser descubierto, de las posibilidades de desarrollo, que se asumían como palabras proféticas, como el anuncio de tiempos mejores, del fin de las pesadumbres, del hambre y del surgimiento de un nuevo tipo de persona, que sería dignificada y dejaría de ser como hasta ahora un fruto vacuo, que no pudo prosperar.
El ambiente estaba para el cumplimiento de profecías, la gente pensaba que el hombre, era El Hombre o una encarnación momentánea de aquel que se esperaba y lo escuchaban como se podría escuchar a Aquel o a una pequeña encarnación de él un ministro, enviado, un Mesías reinventado por la ingeniería de imagen.
Viste que llegó en helicóptero decían las personas, y lo decían como si se tratara de un gran hecho, como si hubiera llegado desde el mismo cielo, produciéndose de esta manera no un mero aterrizaje, sino un descendimiento y la epifanía sagrada.
Bueno, era una cuestión de grado y muchos de los que habían dicho que no irían a ver al Presidente no pudieron resistir la tentación de verlo por sus propios ojos y actuaban de la misma manera que la mayoría, guardando una reverencial silencio cuando hablaba.
Cuando se fuera cuando ascendiera en su helicóptero hablarían mucho tiempo sobre él, de su elegancia, de su poder de convencimiento y algunos dirían que de hasta su poder magnético, que emanaba de su boca, pero que por el poder del sistema cuadro fónico parecía provenir de cualquier sitio, como si él fuera un canal para la expresión de Otro que hablaba a través de él y que les manifestaba al algo sacro como el era el fin de sus penurias.
Progreso, decían, pero aunque estaban preparados para ello, les sonaba a un elemento propio de la gracia, que era necesario recordarlo cada vez, cada cierto tiempo, rehacer los votos una y otra vez y tratar de explicar porqué no se había cumplido hasta ahora, de la forma que fuera, porqué no se había logrado la transformación anunciada.
Pero siempre había argumentos para justificar su falta ahora y recurrir a ese saco vacío que es el futuro, donde ponemos nuestras esperanzas, buenas intenciones, cariños y los augurios que hombres inmortales habían pronunciado antes que éste, que se rodeaba de halos de luz que le daban brillo a su figura esbelta. Un presidente no puede ser pequeño a no ser que su inteligencia repare la falta de estatura y se cree la estatura moral para diferenciarla de otras estaturas.
El hombre escuchaba los tremendos discursos y tomaba nota de cada una de las palabras, cuidando de que no se le escapara ninguna, pues podría perder el hilo conductor del discurso, olvidar palabras claves y tener que buscar otras que cambiaran leve o radicalmente el sentido que el Presidente había querido darle a sus frases.
Pero él tenía experiencias en estas cosas y conocía casi de memoria lo que podría venir. Sabía que el discurso de hoy sería muy similar al de ayer o días atrás, lo cual no importaba a tales gentes que leían todos los días las mismas palabras proferidas dos mil o más años atrás.
No podía andar por todas partes la misma pobladora refrendando los datos mostrados por el presidente, pero siempre encontraban al alguien capaz de aprender un discurso,. Las razones de otros hasta embellecían el semblante de quien se paraba ante la concurrencia, su semblante embellecían, lograban armonizar su voz por el correcto uso de los fonemas y destacaba su figura una nueva forma de pararse, de erguirse frente a aquellos que eran sus amigos, los cuales nunca olvidarían lo bella que se veía en aquellos momentos en que una luz de progreso se afincó en su ser y la hizo resplandecer. Cómo no iba a ser verde, entonces lo que se profetizaba, si alguien tan ruda como ella podía ser objeto de culto. Ya no caminaría más libremente por los campos y todos se acordarían de cuando estuvo junto al presidente, cuando estrechó su mano y recibió en su mejilla un beso que olía a sanación a promesa, a lo que cada uno inventara o creara al verla y recordarla parada en ese gran escenario montado un día de verano.
Ahí estaba con su libreta tomando apuntes, volcando la realidad al papel, las palabras del hombre, la imagen de las personas, el escenario, las luces, el brillo de las luces, el vozarrón amplificado que llegaba a todos los sitios y que a algunos hacían dormir y a otros encogerse como prosternados.
Era testigo de pequeñas historias , de gente que acudía porque no tenía trabajo, porque se le aseguraba un almuerzo o por mil y un motivos, pero que asistían a un acontecimiento que no era tan significativo, sino una suerte de puesta en escena.
Ahí estaba rodeado de gente, de agentes de seguridad que de repente lo miraban con acuciosidad y sorpresa. Pasaban junto a él como si no pudieran dar crédito a lo que veían. Necesitaban más tiempo para saber lo que podían hacer. Estaban sobrepasados, no porque hubiera antisociales o guerrilleros sino porque no contaban con que justo ahí hubiera alguien de sus características. Debían llamar refuerzos, arrestar a este hombre.
No había dudas el hombre se disponía a dar un golpe, quería hacer historia.
Lo vigilaban pues algo escondía bajo el sobretodo.
Mientras cargaba las armas miraba absorto al suelo y luego a la concurrencia que de pronto avisada dirigió hacia él sus miradas.
Cada vez más personas se juntaban a su alrededor y observaban su extraña conducta. El se dedicaba a escribir. ¿No era eso lo que hacía, porqué lo vigilaban? ¿Acaso no estaba ahí para captar un hecho noticioso?.
Escribía sin desmayar y a su alrededor se multiplicaban los gritos, las carreras y las ordenes de los agentes de seguridad, quienes apuntaban hacia él sus fusiles y lo conminaban a rendirse, a dejar su arma en el suelo y el extraño cinturón adosado a su cintura. Tiene una bomba dijo alguien. Pero él seguía escribiendo tratando de no dar pie a ninguna otra visión que no fuera la de un hombre sumido en su trabajo. (acá).
No escribía acaso, no era eso lo que veían los guardias. Pero como algo que se transforma, que se transfigura, como algo que se crea de la nada, que fluye, que se mueve primero como una brisa y poco a poco va tomando forma, se va consolidando, estructurando, materializando y de repente aparece una figura distinta.
Como los grandes acontecimientos que tardan años en generarse, tal vez siglos y sólo cuando maduran se hacen manifiestos, así, en breve es breve tiempo o casi de la nada se produce la transformación, como si convivieran dos realidades. Finalmente ahí estaba el guerrillero armado hasta los dientes, dispuesto a hacer historia, a hacerse escuchar, a dejar una huella de su paso, a hacerse recordar tanto como el que escapó en helicóptero, a no ser más que un simple observador.
Harto estoy, se le oyó decir.
Había alguna diferencia, pensaba, mientras escribía, entre disparar al presidente y publicar comentarios difamatorios.
Cual era la diferencia entre los cambios que se producían en pocos minutos a los que tardaban toda una vida?
Ahí estaba la explosión de una personalidad, el brillo de una conducta inesperada, refulgente, como producida por el choque de partículas, que no se sabe cómo termina , pero puede hacer de alguien cualquiera un ser privilegiado.
Deje el arma en el suelo y quítese el cinturón, dijo un oficial de policía, mientras el presidente era sacada por una puerta lateral y subido al helicóptero que estaba listo para elevarse.
Escribió algo en un pequeño computador portátil y envió mensajes a los periódicos para los que trabajaba.
Dejó su libreta y lápiz en el suelo y alzó los brazos.
De repente comenzaron los disparos y hubo algunas bajas entre los agentes de seguridad y el público que recibió balazos de uno y otro lado y del público que recibió las esquirlas del hombre que estalló en mil, pedazos. Al detonar la carga explosiva..
Mañana todos hablarían del intruso. En el periódico buscarían explicaciones, sería investigado y todo concluiría en un caso sin resolver. Su nombre sería retirado de circulación y a los pocos días nadie se acordaría de él y con el tiempo no pasaría de ser una anomalía un nombre más dentro del universo de nombres posibles.
En el diario escucharon la grabación que dejó el hombre y no podían dar crédito a lo que oían. El material fue revisado por los Agentes de seguridad, pero ninguno supo dar una respuesta satisfactoria,.
"Qué hacen por Dios, gritó el hombre. Miren, dejo mi lápiz y mi libreta", perro los oficiales, como si no lo oyeran replicaban, No sacas nada con tus arengas revolucionarias. Estás sólo arroja tus armas, muchacho, gritó el oficial.
"Por amor de Dios" dijo, "que alguien haga algo,. Acaso están todos sordos o locos. No ven que estoy con los brazos en alto. No tengo una maldita arma, estoy reporteando. Soy un simple periodista, cómo hacen esto". En ese momento se escucharon los disparos






Texto agregado el 28-10-2019, y leído por 52 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
29-10-2019 ¡jo! Qué triste realidad. para algunos No hay arma más poderosa que una libreta y un bolígrafo. Ahí estaba el pobre reportero, como en el circo romano, era parte del show para los vulgares. Me gustó mucho. Manejas elegantemente un tema, para que no se ofendan tanto los imbéciles. Te disparo 5 estrellas ***** Antonela80
 
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