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Una vez más, para una niña alegre que hoy
huele a triste.



El señor Sanders se encontraba descansando en el rincón más fresco del iluminado salón, desde el cual podía observar la avenida que daba al parque.

La hermosa mañana llena de ruido de pájaros y de niños lo puso melancólico, así que cerró los ojos y trató de evadirlos, pero el intento fue inútil. Recuerdos de sus viajes fueron palpitando al ritmo de su corazón, mientras pasaban en desorden imágenes de animales maravillosos: tigres sigilosos, imponentes elefantes, educados monitos, aves de todos los plumajes. Hermosas construcciones y tiendas de campaña, jóvenes vestidos con coloridos bordados y pies descalzos, delicadas geishas, feroces guerrilleras, pero todo relatado en pasado.

Había transcurrido ya, mucho tiempo desde la última vez que salió de aquella habitación y a pesar de su posición privilegiada en esa elegante residencia, su corazón viajero sentía marchitarse de soledad y aburrimiento.

Olvidé mencionarlo: el Señor Sanders es un pesado libro con tapas de cuero decoradas con letras doradas y bellas ilustraciones obra por supuesto del primer Señor Sanders, explorador, viajero, cazador, antropólogo aficionado, millonario excéntrico y play boy -antes de que eso existiera- y por supuesto dibujante y escritor, extraña combinación encarnada en alguien que ahora podríamos identificar como una especie de Indiana Jones y Ernest Hemingway de aquellos tiempos; bisabuelo del actual Señor Tress Williams Sanders, que desde que lo recibió en herencia lo ha cuidado como a un incunable.

Picasso dijo alguna vez “cuando se es joven, se es joven para toda la vida” y el Señor Sanders habiendo sido viajero además de joven, sería también explorador por siempre.

Como la necesidad aguza el ingenio, el Señor Sanders aprendió que recargándose sobre su vitrina podía abrir la puertecita de cristal que lo resguarda, para sentir entre sus hojas el viento entrando por la ventana. Lo hacía especialmente en las madrugadas cuando el olor de la niebla le recordaba las frescas mañanas en Zimbabwe, de nubes bajas y ruidosas caídas de agua. En días de lluvia las gotas sobre las piedras lo trasportaban al caldeado piso de Londres. El olor del pasto siendo cortado en el jardín vecino, lo elevaba al cielo de la víspera de la celebración de todos los santos en México.

Pero ver a los niños en el parque le causaba gran inquietud. Mirar a los padres de aquellas pequeñas bestias gritonas, sin perder esa actitud de plenitud y orgullo hacía que su cerebro de celulosa diera vueltas con preguntas sin respuesta.

Una tarde en que se encontraba dormitando con la puerta de su vitrina abierta, una fuerte ráfaga de viento empujó a un atolondrado cuervito al interior del salón, derribando al Señor Sanders de su repisa, yendo a dar contra el piso con tal fuerza que un capítulo entero con historias de Mozambique y Tanzania se desprendió de su cuerpo.

Confundido, el Señor Sanders no entendía qué había ocurrido. Solo atinaba a mirar a su alrededor para evaluar su nueva situación. Al ver la ventana abierta y al cuervito asustado tratando de escapar, adivinó lo ocurrido y su ingeniosa mente de explorador tuvo una revelación.

Comenzó a tararear una dulce canción de cuna que escuchó de una hermosa matrona en un campo algodonero en la región del Misisipi, para calmar y atraer a la asustada ave. Para su alegría funcionó, el cuervo bajó y dando saltitos se posó encima del Señor Sanders. Sobre la melodía de la canción comenzó a decirle al ave que no tuviera miedo, él le diría como salir de ahí para que pudiera volver a su hogar, a cambio de un favor.

El cuervo entendió el mensaje y entre su pico tomó las hojas desprendidas del señor Sanders. Siguiendo sus indicaciones alcanzó la ventana y se alejó de aquella casa. Cuando atravesaba la ciudad soltó aquellos folios, que al soplo del aire, comenzaron a revolotear como vida nueva, como germen buscando un espacio donde brotar. Fueron a dar sobre un puesto de periódicos, posándose delicadamente contra la tapa de una revista del National Geographic dedicada a la sabana. Aquel pequeño cuento recién nacido a la vida no cabía de regocijo, pues se hallaba convertido por encanto de aquella tapa en la historia apenas iniciada de un rinoceronte bebé.

Desafortunadamente la fotografía de la que tomó sustancia, solo tenía la cabeza cuadrada, el cuerno incipiente de bebé rinoceronte y el delicado labio ganchudo. Pero no tenía patas, lo cual era una absoluta frustración porque aquel pequeño cuento de rinoceronte, no sabía cómo resolver su subsistencia con esa falta de extremidades.

El pequeño cuervo, que le había tomado cariño, se acercó para protegerlo, preocupado voló hasta la repisa del Señor Sanders y le informó que su hijo rinoceronte bebé Sanders, ante la falta de piernas y recursos de creatividad, tenía amenazada la existencia.

Consternado, el Señor Sanders con ayuda del pequeño cuervo, se lanzó por la ventana y con renovado espíritu de explorador, voló sobre hombros del cuervo, de palomas bobas, a lomo de gatos trepadores y de perros callejeros y llegó hasta el puesto de revistas, donde encontró a su pequeño y atribulado hijo Sanders Jr.

Lo acunó esa noche entre sus hojas y le contó sobre las únicas historias que sabía, sobre libertad y sobre sueños. Se calló el pequeño dolor que por vez primera el corazón del Señor Sanders sintió sobre el miedo a soltar y a confiar en ese pequeño pedazo de sí mismo. Tomó de entre la libreta de las cuentas, de aquel puesto de revistas un lápiz de afilada punta y a ese pequeño rinoceronte le dibujó piernas y un pequeño cuerno que lo defendiera del mundo.
Le dibujó enormes y altos pastizales y un estanque de agua fresca. Le hizo el mayor regalo que un libro puede darle a un hijo-libro-cuento-rinoceronte: le dio aquel lápiz, porque en la mina del lápiz y en esas hojas suyas está el mundo entero, todos los mundos, todas las posibilidades, lo existente, lo imaginado, lo soñado, lo que no existe y está por crearse, cualquier cosa que él escoja, y aquel pequeño cuervo que no era poseedor de nada, le hizo el regalo de la amistad, la más cómplice, la que comparte alas.

Por la mañana el Sr. Sanders despidió a su hijo con un beso en la frente y al pequeño cuervo con un guiño, para que juntos volaran y escribieran sus propias historias.

Y así fue como el Sr. Sanders, en el momento de su vida en que pensó que lo único que le quedaba era morir deshojado, entendió que al desprenderse de una parte de sí mismo, estaba teniendo su más importante aventura.

Texto agregado el 28-10-2019, y leído por 63 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
29-10-2019 Un relato muy bien desarrollado, y original. Tienes pasta para los cuentos de niños; deberías intentarlo. Me gustó. Saludos desde Iquique Chile. vejete_rockero-48
29-10-2019 Me encantaron los protagonistas escogidos, dan una mucha originalidad al relato. Saludos Helenluna
 
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