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El país no era lo que esperaba.
Había aprendido el idioma nativo. Fueron largas e interminables sesiones, durante más de seis meses, durante los cuales aprendió en forma intensiva la gramática oficial y algunos dialectos locales, con los que seguramente se encontraría.
Al cabo, ya era un experto en la nueva lengua e incluso podía pensar en función de ella, lo cual ciertamente le provocaba ciertos trastornos en la comprensión de su propio medio. Según lo que había aprendido, por ejemplo, en ese país era ciertamente diferente decir: haré esto o lo otro, que decir: creo que hago esto o tal vez haré aquello.
A su entender, había un componente misterioso importante, donde el hombre no era dueño de su destino, ni de nada que existiera a su alrededor, ni menos pensar siquiera que lo fuera de su propia vida.
Nada estaba hecho ya, y nada podía realizarse sin la presencia de un espíritu guía, de algo, de alguna fuerza que permitiera que tú o yo estemos aquí o en su forma de decir pareciéramos que estuviéramos aquí o juguemos que estamos acá.
Nada escapa al lenguaje le había dicho uno de sus amigos y en la medida que designamos las cosas por su nombre las creamos, les damos vida, las inventamos.
Pero esto sugería entre otras cosas que más allá de la esquina estaba el vacío y que mientras caminábamos íbamos creando la realidad y en casa no te esperaba tu esposa, pues ella no existía sino en la medida que te ibas acercando al lugar donde vivía.
Y tú, eras sólo apariencia, existías realmente en la medida que otros te creaban, pensaban en ti. Pero esto era absurdo, pues no podías negar tu materialidad y al llegar a tu casa tu esposa te tendría noticias importantes, lo cual implicaba que no era una figura de cera esperando que se le diera vida.
"Adiós"- le dijo a su mujer cuando salió de su casa rumbo al aeropuerto y miró hacia atrás pensando si ella lo miraba, si en sus ojos se reflejaría alguna angustia, el paso de lo concreto a lo subjetivo, de la materialidad a una forma de vida que se esfumaba.
El viaje en avión duró tres días con sus noches y gracias a que compró un boleto en primera clase tuvo las mejores comodidades que podía esperar y llegó en buenas condiciones a su esperado destino.
Una de las cosas que le llamó la atención fue que no encontró ningún nativo del país de destino, algo extraño si consideraba que tales ciudadanos son los más viajeros del mundo y así como van tienen que ir de vuelta, a no ser que tras este avión donde no viene ninguno, venga uno repleto de ellos.
Fueron 36 horas durante las cuales esperaba intercambiar ideas con los ciudadanos de aquel país, pero en el avión venían sólo personas de su país o por lo menos lo parecían, cada cual más concentrado en sus propios pensamientos.
Si bien no era dado a entablar amistad fácilmente, en esta ocasión iba con otra disposición. Creía que podía encontrar gente a quien le interesara intercambiar información sobre grandes temas.
Pero, a ver, se decía: ¿cuales son tu juicio los grandes temas?. No seas tonto se respondía, tales discusiones y disquisiciones están restringidas a grupos, a cofradías, a quienes se juntan a tomar el té, a centros de lo que fuera, justo a las entidades que no le interesaba ingresar, porque no lo invitaban, porque nunca estuvo de su parte la afiliación a algo o porque existía ena cualidad en él, que a la vez que agradaba, generaba un rechazo.
La gente que pensaba en tales temas tenía un mundo de lugares para juntarse, pero no un avión, difícilmente podría en un viaje alrededor del mundo conocer a alguien que pensara igual que él, que fuera con las mismas motivaciones, que pensara hacer de tal periplo una experiencia personal gratificante y de proyecciones para su vida. Eso no se piensa, sucede, se dijo.
Así especulaba en solitario usando de preferencia aquel nuevo idioma, hermoso vehículo a su juicio para adentrarse en laberínticos pensamientos, para expresar lo innombrable, pero a la vez pasar cerca de aquello sin tocarlo, sin conocerlo realmente sino que vislumbrarlo, como se observa un espejismo o una idea que de repente se olvida y no vuelve a ser aprehendida, que se suelta con facilidad de nuestra mente y sólo podemos alcanzar un trozo de ella, siempre un esbozo que no nos deja satisfechos, pero que nos da fuerza para creer que podremos alcanzarla si ponemos algún empeño.
El avión tocó tierra y una voz le refirió en su mismo idioma las instrucciones para la evacuación del aparato.
Esperó las indicaciones en el otro idioma, pero todos habían realizado lo que la voz pedía. Claro que lo hacían mecánicamente, guiados por la experiencia, por la presencia de las azafatas que sonrientes les señalaban las salidas.
Durante el descenso, creyó ver a un amigo de la infancia entre las personas que bajaban y luego a un antiguo compañero de universidad y en la sala de espera, atisbó caras conocidas, risas a granel, que tanto deploraba, gritos, saltos y todas las maneras que usan las personas para darse por vistas, para anunciarse frente a quien esperan.
Los que descendían se reían, y respondían con sus manos en alto, con movimientos de ambos brazos si era preciso y algunos utilizaban frases archiconocidas.
El cielo era claro aquel día y a la salida del aeropuerto volaban pequeñas avecillas y entre ellas creyó reconocer a un gorrión que revoloteaba su casa y a quien alimentaba de vez en cuando. Le silbó de la manera usual y el pájaro detuvo su marcha y se paró sobre los cables eléctricos.
Tuvo dos ideas frente a este hecho, que en todas las partes del mundo había gente que alimentaba a gorriones o que éstos podían aprender a distancia, comunicarse por alguna forma los medios de domesticación que especímenes separados por miles de kilómetros usaban para sobrevivir. No le pareció descabellada esta idea.
Pero lo cierto es que todo era demasiado conocido.
¿Qué esperabas?-se decía-, que te recibieran con músicos locales, con una banda de músicos disfrazados a la usanza de la nación. Eso estaba bien para el primer o el segundo o tercer arribo de aviones, pero qué podía pedir luego de más de un siglo de contactos entre ambas naciones. No te embromes.
Caminó por el andén y se registró en la aduana donde lo atendieron unos señores que se vestían uniforme oficial, el mismo que tantas veces había visto en su país.
Los saludó en el idioma local y los hombres se miraron y esbozaron primero un gesto de asombro y luego uno de ellos sonrió como suelen hacerlo en su patria. El otro respondió con una carcajada.
Al final, se limitó a llenar un formulario y caminó fuera del edificio para abordar un taxi que lo dejara en la ciudad, distante un par de kilómetros del aeropuerto y tomar la reserva en el hotel que estaba a su nombre: Artur Estay.
Abordó un taxi y luego de saludar al conductor en el idioma local y darle las instrucciones para llegar al hotel, vio al hombre que se daba vuelta para decirle una sola palabra:
- ¿Perdón?.
El hombre le preguntó si le sucedía algo, pues no había comprendido nada de lo que le había dicho.
El aspecto del taxista era como ya se estaba acostumbrando a ver, demasiado familiar y no guardaba relación con el biotipo de la gente de aquel país que él conocía por fotos.
Alguien me ha engañado y no hay nada más allá de mi país o hemos llegado a un estado de cosas en que no existe diferencia alguna, todo es lo mismo.
Adónde quiere ir, señor, le dijo el chófer a lo que él contestó, no sé muy bien. Esperaba otro lugar otra gente, de repente creo como si todos mis compatriotas se hubieran venido en masa hasta acá. Los pasajeros del avión, quienes los esperaban, los de la aduana, usted mismo, todos son reconocibles, familiares, sé de los fenómenos de inmigración, pero parece que toda una nación hubiera sido despoblada o eliminada por otra.
Es como viajar lejos, muchas horas y despertar en el lugar de origen, como si nos hubiéramos quedado dormidos y nadie se hubiera dado cuenta de nuestra presencia. Pero nadie duerme tantas horas seguidas ni nadie puede ser invisible a ojos de otro como para que una azafata, el piloto o el mecánico de turno no se fijara en nuestra presencia y pensando que se encontrara junto a un muerto a bordo, no hiciera algo por reanimarnos, remecernos, esperando que nos ladeáramos hacia un lado, inertes.
Al llegar a este lugar, siento como haber viajado y no haberlo hecho, como creer que uno hizo algo y no lo hubiera hecho, como creer que no hay otros mundos aparte del propio y que todo se redujera a una misma cosa.
A esto hemos llegado, a esto ha quedado reducido lo que teníamos, a una sombra de lo real, que ya no existe más que en el recuerdo o en nuestros sueños.
Es como desear que las cosas fueran diferentes, interrumpió el chófer. Pero ellas son como son y ya no hay nada que usted pueda hacer. Vamos no se desespere. Así las cosas son más fáciles. Quiere que haga como que lo lleve al hotel donde alojará y que usted piensa que está un poco más allá, Pues bien, creo que puedo hacerlo. Pero no me embrolle más con sus comentarios y dudas. No es el primero que se abruma, se lo aseguro, hubo otros que se perdieron inevitablemente.

Texto agregado el 12-11-2019, y leído por 45 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
13-11-2019 Tengo un montón de personajes favoritos, de muchos libros. A veces veo gente en la calle y digo _se parece a Ega, de Los Maia_ y es sólo un ejemplo. A lo que voy, es que Artur Estay es un personaje muy interesante, él y sus aventuras, por decirlo de algún modo, van dejando huella. Éste cuento es buenísimo, pero no me sorprende porque lo protagoniza Estay. ***** Te pediría, ya en confianza, una descripción física de Estay. Antonela80
13-11-2019 Intrigante, pero muy bueno *5 pastorga
12-11-2019 Muy interesante y misterios relato. Me gustó elbulon
 
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