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Todo comenzó con cosas pequeñas. Yo le decía a Cecilia algo así como: ¿Me alcanzás la mayonesa? o ¿Preparás los mates? Y ella nada. Seguía con sus cosas como si nada. Si estaba comiendo seguía comiendo, si estaba barriendo seguía barriendo. Yo volvía a repetir: ¿me alcanzás la mayonesa? y entonces sí, me miraba con una expresión de sorpresa, y me pasaba la mayonesa. Fue por la época en que llegó a mi casa una canasta con un rompecabezas. Tocaron el timbre, miré por el postillo y había una canasta frente a la puerta. Salí, la observé con desconfianza, después me di cuenta que tenía adentro la caja de un rompecabezas. Había que armar la imagen de una galaxia. Hice espacio en mi escritorio y desparramé las fichas.
Quise contarle a Cecilia del rompecabezas pero no me escuchó. Se lo dije una noche mientras cenábamos y nada. Otra noche antes de dormir mientras estábamos acostados y nada. Se lo repetí un par de veces, pero mis palabras salían inaudibles. Después me pasó con el verdulero de la esquina. Le pedí zapallitos y el tipo pasó de largo. Tuve que agarrar los zapallitos del cajón, ponerlos en mi bolso y mostrárselos. Ahí fue que me cobró. Cuando saludé al colectivero tampoco me escuchó. Para tratar de apaciguar mi turbación me puse a armar el rompecabezas. Debía tener quinientas piezas. La parte del centro de la galaxia me pareció accesible. No renegué mucho. Se lo quise contar a Cecilia. A la noche, los dos boca arriba en la cama, le conté lo del rompecabezas. No me contestó nada. Volví a contarle. Ella siguió en silencio. La sacudí.
- ¿Por qué no me escuchás? – le pregunté.
- Dejame dormir – dijo. Se dio vuelta, se tapó hasta los hombros y empezó a
roncar. Esa noche di vueltas en la cama. No me podía dormir. Me levanté, me hice un té de tilo y me puse a armar el rompecabezas. Al otro día, cuando entré en la oficina y saludé:
- ¡Buenos días!
Nadie contestó. Agaché la cabeza y me encerré a trabajar. Llamé a mi hermano.
Le dije que algo raro me estaba pasando. No me escuchó. Volví a insistir, a tratar de explicarle lo que me estaba pasando. Me dijo: te dejo me voy a trabajar, y me cortó.
Me empeñé en armar el rompecabezas. La parte del contorno era complicada. Todas las piezas oscuras. Me desesperé. Estuve hasta tarde en la noche. Descubrí que Cecilia había empezado a dormir sentada en el inodoro. Me hice más té de tilo. Golpeé la puerta del baño.
- Cecilia… ¿Por qué dormís en el baño? ¿Qué está pasando? – le pregunté.
No me contestó. Escuché sus ronquidos. Al otro día me encontré con mi mejor
amigo. Le quise contar que nadie me escuchaba, que no sabía qué estaba sucediendo, que Cecilia había empezado a dormir sentada en el inodoro. Mis palabras se perdían inconsistentes en el aire. Mi amigo no me escuchó. Me contó que se iba a tomar unos días en el trabajo, que se iba de viaje.
Fui hasta la iglesia. En el confesionario intenté decirle al cura lo que me estaba pasando.
- Rezá diez padres nuestros y cinco ave marías – me contestó, no hizo ningún
comentario sobre mi situación.
Empecé a buscar la forma de decir las cosas más elegantemente, pensé que había algo en mi elocuencia que impedía que me escucharan, pero nada. Intenté usar frases más cortas, contar sin rodeos, cambiar el tono de voz. Nada. Nadie me escuchaba. Me concentré en la resolución del rompecabezas. Logré avanzar en el armado. Cecilia seguía durmiendo en el baño. Quise contarle de nuevo a algún amigo. Quise contarle lo que me pasaba, lo de Cecilia, lo del rompecabezas. Hablaba, les hablaba, le contaba a la gente lo que me pasaba y nada, mis palabras atravesaban el mundo sin decir nada. Empecé a gritar. Nadie parecía darse cuenta. Fui a un psicólogo, él me escucharía, era su deber, pero tampoco lo hizo. Me di cuenta porque miraba todo el tiempo el reloj para ver cuando terminaba la sesión.
Hablar y que nadie te escuche.
Una noche subí a la terraza y grité, grité con todos mis músculos, con todos mis pulmones, con toda mi fuerza. Grité hasta quedar cansado. Después me tiré boca arriba. Las estrellas salpicadas allá arriba como al capricho de algún Dios. Estaba agitado. De pronto pegué un último grito, con la boca inmensa, hasta desgarrarme, escuché el estallido de algunos vidrios. Tal vez el espejo del baño, eso despertaría a Cecilia. Finalmente hubo silencio, mucho silencio, sordo silencio.









Texto agregado el 14-11-2019, y leído por 39 visitantes. (5 votos)


Lectores Opinan
15-11-2019 Me atrapó tu relato. La única manera de ser escuchados será gritando? Vaya_vaya_las_palabras
14-11-2019 Excelente relato. Bosquimano
14-11-2019 Muy buen relato. Me gustó mucho ***** Antonela80
 
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