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Y sí, ahí estaba él, por supuesto. Sin poder creerlo pero al mismo tiempo sintiéndose como todo un fantasma al final de la madrugada, convencido de que era la vida la que temblaba por él, a veces tan inocente y feliz pero otras veces tan.

¿Tan? Naa, después del colegio ya nada podía ser tan, solamente una manera de decir, de describir la situación y también de mantener una buena relación con su nueva amiga, conseguir la tregua necesaria al final de unas vacaciones que habían comenzado difíciles, por no decir aburridas y zonzas.

Pero las vacaciones estaban para disfrutarse ¿no?, sobre todo gracias a las comodidades al alcance del bolsillo de papá, el dinero o la tarjeta de crédito, una cifra por primera vez considerable para alquilar todo eso, aunque en realidad era la cooperación de las dos familias lo que permitía disfrutar de aquellas instalaciones amplias y luminosas, el aire puro, la frescura de la laguna y el trote de los caballos en aquel campo que el conserje había llamado orgullosamente estancia.

Por supuesto, intentaría pasar más tiempo con ella aunque de vez en cuando su presencia le provocaba un vacío en el estómago, un no sé qué. Cada vez que veía a Leticia con ese vestido demasiado floreadito, atrás de esos anteojos con tanto aumento, sentía algo parecido a la piedad y eso tal vez lo arruinaba todo. Aunque no, ella no, la culpa-culpa la tenía él, era sólo suya. Nadie lo había obligado a decir «estancia» en lugar de «playa» cuando sus papás le pidieron una opinión que no parecía decisiva, imaginándose que le hacían el regalo ideal y ampliamente merecido después de haber aprobado todas las materias con el segundo mejor promedio de la clase, eh papá, eh mamá.

Al principio todo marchaba bien aunque en la estancia solamente hubieran personas mayores. Empezando por su papá y su mamá y siguiendo por el matrimonio Rodriguez, el resto de huéspedes era lo mismo, gente grande o incluso ancianos que caminaban de la mano, haciéndose los novios. Después estaba Leticia. Su mamá había dicho que ella tenía dieciocho años recién cumplidos y ahí se terminaba la descripción, como si ya supiera todo lo que vendría, todo aquello que pronto cobraría significado por sí mismo porque en cualquier momento Mariano la descubriría jugando al ajedrez o dándole de comer a los pajaritos por la mañana, o columpiándose en las hamacas por la tarde, o poniéndose de cuclillas para juntar un poco del follaje caído de los árboles, con la extraña idea de encerrarse en su habitación para hacer un colage sobre una cartulina, al mejor estilo Leonid Afrémov, pero sin lograrlo.

Menos mal que el conserje le prestó una pelota de fútbol para aprovechar tanto sol y tanto césped aunque, lástima, ni su papá ni el papá de Leticia eran buenos amigos del fútbol. Casi nadie lo era. Para colmo había dos perros enormes y malos que le ladraban a todo el mundo. Mariano pensaba que le ladraban a la pelota. Quizás por esa razón en la Estancia casi nadie practicaba deportes, solamente unos pocos preferían las canchas de tenis durante pocas horas. También había mesas en el parque con tableros de ajedrez diseñados con pedacitos de mosaicos. Pero Mariano decía que eso no era deporte-deporte. Y casi no le extrañó que a Leticia le gustara irse para esos lados. Ella podía quedarse horas enteras sentada abajo de los nogales hasta que alguno de sus papás la llamaba a merendar. A la distancia su manera de caminar era inconfundible, y Mariano se sentía capaz de reconocerla entre un millón de personas. A veces las piezas de ajedrez quedaban como olvidadas sobre alguna de las mesas de la galeria, mientras la voz de Leticia se escuchaba en la ventana. La habitación de los Rodriguez era contigua a la de Mariano y por eso le llegaban fragmentos de conversación. Sin embargo a Leticia se la oía poco porque no tenía mucho volumen en la voz, en cambio las de sus papás eran más audibles y casi siempre estaban preguntándole alguna cosa a Leticia.

Pero eso no era nada en comparación con sentirse como vigilado. O algo así. Al descubrir la mirada atenta de alguno de sus padres, Mariano se daba cuenta de que eso solamente ocurría frente a Leticia. Entonces comenzaba a ser conciente de ciertos cambios increíblemente sutiles pero que al final terminaban transformando el entorno, lo que él llamaba la atmósfera del lugar. Se demoraba algunos instantes en ingresar a dicha atmósfera, y sus papás eran los primeros en hacerlo, con sus voces que ahora se parecían demasiado a las de los papás de Leticia, voces como de pedir permiso o disculpas a cada rato, voces de sala de espera y hospital. Mariano se preguntaba si Leticia se daba cuenta de eso. A veces parecía que sí y a veces parecía que no sé, era difícil adivinar y por esa razón Mariano se quedaba mirándola, incluso la estudiaba hasta donde podía, hasta donde le permitían sus papás durante el almuerzo y la mirienda.

Al cuarto día Mariano comenzó a dar muestras de aburrimiento. Cada vez volvía más temprano con la pelota bajo el brazo y con el teléfono celular olvidado en algún bolsillo. Eso provocó una breve consulta entre sus padres, quienes luego de esa pequeña deliberación le insistieron a Mariano para que fuera con Leticia a jugar al ajedrez. Él dijo que no sabía jugar a eso. Pero sus papás lo miraron con una cara, esa que él tanto conocía. Y le hablaban en serio, cuando Mariano se dio cuenta ya le habían puesto sobre las manos una bandeja cargada con dos vasos de leche chocolatada y un platito lleno de galletitas. Después le señalaron el sector de los nogales.

Los nogales... Bajo los nogales Leticia lo recibió con una leve sonrisa, pero sin sorpresa. Miró la bandeja y en seguida a la cara de Mariano, que no sabía qué hacer o qué decir.

Esa noche, antes de dormirse, la voz de Leticia entraba como un susurro por la ventana y Mariano se acordó de los caballos blancos y los caballos negros del ajedrez. No sabía por qué, pero al resto de las piezas no podía visualizarlas, tampoco al rey y a la reina (con lo importantes que eran, según Leticia), tal vez porque el movimiento más interesante era el de los caballos. Después de la merienda ella le había anotado todo en un papelito: recordatorio para Mariano: el rey se mueve así:, la reina así:, el alfil:, la torre:... Prestándole más atención, a Mariano le pareció que la caligrafía de Leticia se parecía demasiado a ella. Era como inclinada, casi a punto de caerse. El papelito estaba sobre la mesa de luz, al lado del velador, y Mariano volvió a leerlo antes de dormirse. En la parte de abajo encontró, justo donde Leticia había escrito «peón», una mancha de leche chocolatada que se había ido corriendo un poco a la derecha. Eso le hizo acordar de la pastilla que Leticia había sacado de un bolsillo del vestido, después de haber consultado la hora. Era una pastilla bastante grande y de color verde. Al verla, Mariano se imaginó que a cualquier persona le hubiera costado hacerla pasar por la garganta. Quizás por esa razón Leticia la había partido en dos.

Al otro día Leticia se levantó bastante tarde. Solamente las voces de sus papás se oían en la galería. Mariano espió por la ventana y los vio sentados en los sillones de mimbre, aún con cara de dormidos. El sol de esa hora ya anunciaba que el resto del día iba a estar lindísimo, Mariano conpartió el desayuno con sus papás, haciéndolo durar lo mínimo posible para salir con la pelota que empezaba a rodar por el piso de la galería y después por el pasto. Era una excelente pelota y estaba bien inflada, además de que la Estancia le permitía girar y girar hasta donde se le antojara porque parecía no tener fin. Haciendo jueguitos con la pelota llegó hasta un grupo de árboles con un sendero de ladrillos en el medio. El camino conducía hasta un letrero que decía bienvenidos al casco histórico y, en seguida, justo atrás de algunos arbustos pequeños, aparecía la laguna frente a una construcción de la época colonial, o más o menos por ahí. Los patos hacían un bochinche bárbaro y ni locos se dejaban agarrar. Más adentro nadaban otras aves todavía más grandes que los patos. Cisnes tal vez.

Se cansó de sacar fotos. Entonces regresó con la idea de mostrar su descubrimiento a todo el mundo, pero ya era la hora del almuerzo y encontró que sus papás estaban con bastante apetito, y los papás de Leticia también. Ella en cambio parecía un pajarito frente al alpiste. Todavía tenía cara de dormida, incluso en la mejilla se notaba la marca de la almohada. Había una silla vacía a su lado y Mariano la ocupó con ganas de probar de todas las bandejas porque la excursión de esa mañana había sido agotadora. Estirando la mano, sin querer rozó el brazo de Leticia y en ese preciso momento se dio cuenta de que era la primera vez que la tocaba. De inmediato la escuchó pedir un poquito de sal para ponerle a la comida, aunque sus papás se la negaron sin decir palabra.

Después Mariano se fue a dormir la siesta y se despertó casi a las cinco de la tarde. Tenía una sensación rara. Las ganas de patear la pelota se habían ido, igual que las de hacer excursiones demasiado prolongadas. De pronto la galeria parecía un buen lugar para estar, para dar vueltas por ahí. Frente a la ventana de los Rodriguez todo era silencio, aunque de golpe la mamá de Leticia apareció de la nada con una bandeja en la mano. Mariano no le esquivó la mirada, sin embargo ella parecía observarlo con algo de duda. Entonces la señora Rodriguez lo miró otra vez, pidiéndole que por favor le llevara la bandeja a Leticia. Él ya sabía dónde.

Cuando la encontró abajo de los nogales, Leticia estaba con el teléfono en la mano y riéndose de algo. Enseguida le agradeció a Mariano por haberle acercado la bandeja. En la pantalla de su teléfono había una foto que a Mariano le pareció la de un chico, más o menos de la edad de Leticia. El vocalista de alguna banda pop o algo así. Entonces ella consultó la hora y se puso a buscar algo en la bandeja. Esa enorme pastilla que no pasaba entera a través de ninguna garganta estaba sobre una servilleta. Leticia la partió por la mitad y se la tragó lentamente y después lo miró a Mariano. Las piezas de ajedrez estaban desplegadas sobre la mesa y sin saber muy bien por qué Mariano se sentó frente a Leticia pero rápidamente ella puso una cara como diciendo eso es imposible, imposible. Le explicó que ni siquiera el ruso Kasparov había podido salir de esa encrucijada, tan famosa desde entonces. Mariano sacó el papelito de su bolsillo y empezó balbucear algunas cosas que Leticia le había anotado la tarde anterior: torre, alfil, peón. Cuando levantó la vista, se sorprendió porque ella se había quitado los anteojos y tenía una sonrisa en los labios. Leticia era muy alta, mucho más que Mariano. Y sin los anteojos sobre su nariz, en realidad, las pecas no parecían ser tantas.

Y porque faltaba poco para la despedida, el conserje les avisó que la administración había organizado para esa noche un flor de bailongo. Ni siquiera hacía falta aclarar que estaban todos invitados. Habría música de todo tipo y Mariano se quedó admirado cuando su mamá sacó de una valija ropa más o menos elegante. Una camisa de vestir, un pantalón y un par de zapatos al mejor estilo del gran Gatsby. A lo lejos ya se escuchaban los músicos y algunos huéspedes, tomados de la mano, iban caminando en esa dirección. Una fiesta al aire libre, qué tal. Antes de abrocharse el último botón, su mamá se le paró adelante y lo miró de una manera que a Mariano le pareció orgullo en estado puro. Su papá también. Los dos le dijeron que estaban muy muy orgullos de todo lo que había conseguido ese año. Y tampoco se habían olvidado que en dos semanas cumplía los diesiciete, una edad tan importante... No mencionaron el regalo porque eso ya estaba descontado. Entonces Mariano dejó que sus padres le acariciaran el pelo por última vez, le pellizcaran las mejillas, y lloraran otro poco.

El baile de despedida duró casi dos horas y dejó en Mariano una mezcla de música de acordeones, luz de estrellas, risas y cadencia de boleros. Tal vez la felicidad consistía en eso, en disfrutar de una despedida esperando que a la mañana siguiente todo perdurara y doliera un poco menos. Porque ya a la hora de meterse en la cama había reconocido que nada tenía significado por si mismo, ni los acordeones ni las estrellas ni nada, si no giraban en torno a Leticia. Entonces tuvo miedo y ganas de negarlo y también de sacar otra vez el nuevo papelito, para releerlo. Lo había encontrado en el bolsillo de la camisa, donde seguramente Leticia lo había puesto aprovechando un momento de distracción mientras bailaban. Frente al espejo Mariano se había quedado mirándolo, después de mirarse a él mismo sin reconocerse, y ahora, a la luz del velador, ya con la cabeza apoyada en al almohada, leía y releía con una mezcla de miedo y de delicia esa letra tan diferente a la anterior, a la del primer papelito donde ella le había escrito las instrucciones para un novato jugador de ajedrez. Y era increíble. Apagó la luz y se puso de lado, mirando la pared, y aún así la nueva caligrafía de Leticia se le apareció contra la oscuridad afelpada, donde un farol de la galería apoyaba su extraña luz. Afuera había viento y el farol oscilaba un poco. La hoja de la ventana se abrió unos centímetos y entonces Mariano se incorporó de golpe, pensando que... Pero no, claro que no, no podía ser, era imposible que Leticia, porque sus papás le tenían prohibido salir a esa hora, además de que en la habitación contigua también estarían a punto de dormirse ya con la luz apagada. Pero Mariano se preguntó si a Leticia le pasaba lo mismo. Y era tan doloroso y a la vez tan dulce saber que sí, que ella lo mismo que él, que su mirada en la pared o en el techo o en la luz del mismo farol oscilando en la galería.

Se levantó antes del amanecer, sin haber pegado un ojo. En la oscuridad se vistió con la misma ropa del baile y salió por la ventana, evitando hacer ruido porque no quería despertar a sus padres pero sobre todo porque quería obedecer al pie de la letra lo que estaba escrito en el papelito. Cuando estuvo afuera miró hacia el este donde la aurora era hermosa. En algunas ventanas había luces encendidas.

La laguna quedaba del otro lado, atravesando el sendero de ladrillos en medio de los árboles. Mientras se acercaba a destino, Mariano sentía que su boca repetía algunas frases y palabras más o menos ensayadas, con la seguridad de que en el momento más importante, cuando el pequeño muelle apareciera bajo las luz de las últimas estrellas, y también Leticia apoyada sobre las piedras blancas de la orilla, todas esas frases y esas palabras se esfumarían en un solo instante. Y así sucedió, tal cual lo había imaginado, sucedió. La piel tan blanca de Leticia abajo de su vestido, el perfume más hermoso que las flores de esa hora. Faltaba la música, los boleros de la noche anterior, la insistencia de sus papás para que la invitara a bailar, la segunda vez que él la tocaba, con su mano en la cintura, el pelo sobre los ojos, el perfume y la voz de Leticia.

Al verlo, ella le sonrió y le dijo viniste, Mariano. Él no dijo nada, como si supiera que esa sería la última vez, la primera y la última vez que sentiría a Leticia temblar de esa manera, sus pequeños pechos contra él, los labios con sabor a frutilla, ese beso que aún recordaría horas más tarde mientras el paisaje corría por la ventanilla del auto, con su papá al volante en pleno viaje de regreso, la ruta hasta el horizonte, y después de tantos años lo mismo, en cada partida de ajedrez cerrar los ojos y quedarse como al margen, empezando a caminar por la orilla de la laguna hasta pisar sobre el pequeño muelle donde todavía tenía la esperanza de que Leticia hubiera sido tan feliz, aunque sea por un momento tan feliz.

Texto agregado el 29-11-2019, y leído por 365 visitantes. (6 votos)


Lectores Opinan
24-03-2020 Muy bello tu relato, esas descripciones tan tuyas que nos invitan a involucrarnos en el cuento, esperando la siguiente frase para dibujarla en nuestra mente acaso como tu mismo la imaginaste. Un abrazo y gracias por tu relato. guidos
18-02-2020 Impresionante relato, con personajes sumamente creíbles. Me gusta. walker
22-12-2019 bonito relato de agradable lectura, me gustó leerlo.***** Mayte2
18-12-2019 Te leí y me llené de imágenes bellas. Pude imaginar a Leticia y esa ingenuidad con que una piensa a esa edad.Con toda la dulzura que provocan esos sentimientos que nacen espontáneos y que casi no se reconocen. Me dio tristeza;pero al mismo tiempo me encantó el final y hubiese deseado que siguiera. Muy lindo***** Un abrazo Victoria La imaginé dulce 6236013
07-12-2019 Muy buena historia***** Abrazo Lagunita
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