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En el albo disco de la luna llena, se podían adivinar las siluetas de los viejos pastores, mientras ella avanzaba entre las nubes, manteniéndose, sin embargo, en su mismo sitio, aparentemente.
En ese momento, yo corría a grandes zancadas junto a la larga línea de árboles de una avenida. Luego pasaría por otras tres arterias similares hasta completar una vuelta completa a mi ciudad.
Nadie me podía reconocer en esos momentos por dos motivos principales y únicos.
Primero, nadie podría salir a la calle con el frío que hacía esa noche. Además, eran ciertamente pocos los que gustan de salir a hacer algo de ejercicio que te permita deshacerte de la pesadez del trabajo y la vida familiar.
En el primer caso, aquel amigo o conocido que se atreviera a dar un paseo, no me identificaría, a pesar de que quien se traslada lentamente tiene comodidad y tiempo para el análisis. Pero yo iba camuflado.
Con la segunda opción, en tanto, la identificación era más difícil, salvo que el eventual corredor, me descubriera a través de mi forma de correr, pues para nadie es un misterio que la gente corre, camina, habla, piensa, de diferentes maneras. Así es posible identificarlas tan bien como se haría a través de medios sofisticados de identificación o mediante el hocico de un adiestrado can.
En fin.
En la noche, el corredor tiene la buena costumbre de cambiar de pista cuando ve a un caminante, pues teme que éste sea víctima de profundo pavor y viva momentos de insufrible angustia.
Quien iba tranquilo, siente de repente unos pasos detrás de él. Trata de voltear sin lograrlo, espera con paciencia y reza para que sólo sea un corredor quien se acerca; cranea mientras tanto la huida o piensa en enfrentar a quien sigue sus pasos; pero se reprime al punto, luego de pensar que quizás todo puede terminar en un ridículo para él.
Intenta por todos los medios de calmarse y no dar la impresión de estar aterrado y por ello, de repente cambia su dirección, cruza la calle e indaga si viene la locomoción que hasta ese momento no estaba interesado en tomar. Y el corredor, como siempre sucede, pasa presuroso cerca suyo.
En cambio, cuando dos corredores se encuentran a tal hora, no necesitan modificar su ruta y continúan por el mismo lugar, sin la presión que les acosa cuando ven a un caminante. Incluso es posible que cuando van en la misma dirección uno haga lo imposible para sobrepasar al otro.
Se puede reconocer, como lo han propuesto algunos, que quienes corren de noche son unos vanidosos, que enmascaran su rutina en una preocupación por la salud y el buen vivir, lo cual no podemos defender a costa de exagerar la nota o quitarle importancia, dando finalmente la sensación de que quien refiere tal pensamiento tiene razón.
Esa noche, sin embargo, todo estaba por así decirlo, tranquilo. No había nadie que me pudiera identificar, porque las calles estaban vacías.
La luna, como ya dije, reflejaba un estado de ánimo particular.
Las viejas figuras, sostenidas por millones de mentes a lo largo de dos mil años, eran ciertamente, un reflejo de ideas acerca de la creación y la divinidad.
No obstante, pensaba que podía sustraerme a todo aquello, repensar todo, incluir en el disco blanco mis propias ideas. No obstante, bien sabía, que lo que yo pudiera poner allá arriba, a pesar de mis intentos, no sería otra cosa que una formulación diferente de los mismos principios, que parecían condensar, encasillar, moldear y condicionar todos los conceptos posibles respecto del amor y el odio en el universo.
Pensaba que así como la luna recogía los deseos de los hombres y los proyectaba en su disco, bien podría ser, por ejemplo, que cualquier objeto pudiera reflejar un estado de ánimo, contaminarse de él.
Así, creía que en la filigrana de una planta de interior, debían inscribirse de manera incomprensible los pensamientos, actos o hechos de nuestra vida que podrían ser descubiertas si tuviéramos las armas para comprender la forma en que se forman los tallos y porqué siguen determinado curso.
Quienes hayan corrido alguna vez, habrán notado que junto al cansancio, se hace presente en algún momento una liviandad de cuerpo. Se pierde peso a través de la transpiración. Esto, obviamente ocurre con todas las partes del cuerpo, pero en medida diferente según el área afectada.
Se podrá apreciar que con los dedos debe ocurrir algo similar, más aún cuando dada la tensión, que me embargaba corría con las manos apretadas, lo cual contribuía a generar más calor en esa zona.
Así, estaban dadas las cosas para que cuando se produjeron determinados acontecimientos, el anillo de bodas saliera disparado hacia adelante y fuera a dar, tras un sonoro "glup" al fondo de una profunda posa formada por la lluvia, sin que me diera cuenta de ello hasta mucho después, cuando tratando de pensar cómo pudo producirse tal pérdida, en mi mente resonara ese pequeño pero persistente rumor de anillo haciendo contacto con el agua embancada.
Los hechos ocurrieron de la siguiente manera.
Al aumentar la velocidad de mi carrera, necesariamente desconocía el sitio en que se apoyaban mis pies. Esto es una ley física. A pesar de la oscuridad, trataba de aumentar la atención en el suelo, lo cual me exponía adicionalmente, a perder de vista a eventuales corredores o caminantes en sentido contrario, una bocacalle, un árbol, un perro que me desafiaba desde lejos o una mujer.
Dado que no podía desconocer los hechos que me aguardaban, so pena de sufrir algún inconveniente, levantaba la vista de vez en cuando. Repentinamente, al bajar la mirada, me encontré a 15 centímetros de una tremenda posa; la esquivé con dificultad. Sin embargo, tuve que elevarme lo más posible, abrir aún más mis manos y, lamentablemente, relajar por un momentos mis dedos, incluyendo el que tenía el anillo. Dado el esfuerzo y la pérdida de peso, la pieza no encontró resistencia y saltó hacia adelante con la velocidad de mi carrera y la fuerza de mi brazo, que buscaba con su brusca maniobra un punto de equilibrio para mí.
Obviamente, no me creyeron en casa.

Texto agregado el 10-12-2019, y leído por 39 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
13-12-2019 Con un argumento tan detallado, es increíble que no creyeran. Supongo que con el anillo ya ahogado, la validez del contrato de propiedad era menos sofocante. Muy buen cuento, al principio pensé que ocurriría un crimen y de cierta forma no andaba tan equivocada ***** Antonela80
 
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