TU COMUNIDAD DE CUENTOS EN INTERNET
Noticias Foro Mesa Azul

Inicio / Cuenteros Locales / alipuso / El Último Almuerzo

[C:599267]

EL ÚLTIMO ALMUERZO


Me pregunto por qué, si Leonardo da Vinci se atrevió a sumergir la elipse en el mar del compás, innovado de la hidráulica; si observó curioso el vuelo cotidiano de las aves para planear el seño de los fósiles, espirales disparadas y hasta la placenta del feto -¿la Gioconda estará embarazada?-, ¿por qué no también se le habrá ocurrido pintar a un sirviente modesto -podría haber sido a la derecha del cuadro-, de mirada juguetona, sonrisa discreta, que llenaba hasta el borde, una vez más, la burda copa de Pedro?; para irlo animando desde el mediodía a lo que sin remedio sería el pretexto perfecto: triunvirato de negaciones a causa del alcohol.
Esa copa pudo haber reflejado eternamente, en prisma de luz, al sol del atardecer, filtrado a través del ventanal del fondo, por donde a su vez se asomara, a lo lejos, un riachuelo que salpicara la campiña al final de la faena; ignorantes del gran suceso que tenía efecto dentro del recinto pagano –y asimétrico, dirían en Hollywood: Judas Iscariote y Juan, por presumible capricho del mismo Leonardo, aparecerían de espaldas en cualquier punto de la larga mesa, reconocidos ante el espectador por la bolsa de rencores del primero y las manos ofrecidas al aire espeso, esperando el saco de sorpresas que a Juan le deparaba el destino.

También se antoja necesario un perro, dorado y bien comido para no contrariar el buen gusto de Leonardo, jadeante en su descanso sobre un piso de tierra; sin perder detalle premonitorio del Hombre, en el momento en que Él extraviase por completo el control de sus dramáticas facciones que sólo el animal presagiara por puro instinto de fidelidad. Guardando cualquiera de los quince asistentes el boceto de alguna de las angustiantes miradas de los “Comedores de patatas”, de Van Gogh.

Y una mujer, por supuesto. Al menos una mujer –un almuerzo sin mujer es como una cena sin aliño-; y hasta otro sirviente de honesta alegría; contrastante con los doce rostros de vergüenza por no entender absolutamente nada de lo que sucedía.
Este segundo sirviente va de salida, apresurado; sin darse cuenta Andrés del chacoteo de sus humildes sandalias; más interesado en espantarse una aguerrida mosca, con gesto fastidioso; mientras tanto Santiago se rasca la entrepierna en satisfacción reflejada al lado de ella, la mujer que yergue su fina mano, ordenando al presto mayordomo lo que ninguno se digna o no se atreve: llenar de nuevo Su copa para absolverlo en profunda tristeza; Su mirada perdida en cualquier rincón de ese techo mohoso; punto exacto donde los humanos de hoy se siguen haciendo preguntas sin atreverse a preguntar.
Pablo y Felipe están a punto de picarse los ojos por la misma causa-costumbre de contestarse banalidades sin cuestionamientos de por medio.
Imaginemos ahora a Leonardo da Vinci: una lágrima lo traiciona al momento de terminar el claroscuro microscópico en los párpados de un Natanael ebrio, que descansa su mandíbula proclive al ocio sobre la palma de esa mano curtida; convertido en un romántico glotón:
-Anda –le dice el Hombre a Natanael-, termina de vaciar mi plato de una buena vez.

Más allá del ventanal comienzan a formarse inminentes cúmulos de nubes blanquísimas, para buen presagio de los campesinos, que prosiguen el descanso de la faena a la sombra de olivares. Mateo le susurra algo a Tomás, Tomás a Jacobo, Jacobo a Simón, Simón al Hombre triste, solo, quien decide rodear la mesa hasta encontrarse con el perro, ofreciéndole su mirada sincera al menearle el rabo amistoso, entre una sutil nube de polvo; dispuesto a lo que le quieran dar.
-Perdónalos –murmura el Hombre-, no imaginan lo que saben. ¡No saben lo que imaginarán mañana!... –mima la cabeza del perro, al tiempo que siente esa lengua rasposa sanar las futuras heridas.

La apostolada -¿la Gioconda?- le pide a Leonardo detenerse un poco, corregir si es necesario: corre al lado del Hombre ante el susto de todos, acaricia con un beso sincero Su mejilla hirsuta, tan olorosa a vida como los ojos femeninos se ocultan de lo pagano para fundirse en un puño de tierra atesorado en esperanza.




---------------&---------------




Si el cuadro hubiese sido así, uno de los diez mandamientos sería hoy: “Besarás a tu prójimo como ella me besó a Mí”. Los demás, sin importar el número, orden ni su contenido, vendrían siendo simples consecuencias de éste, tan cotidiano y espontáneo que los tradicionales se habrían convertido, hace siglos, en simples prejuicios. Los sacerdotes no tendrían el menor empacho al espantarse una mosca del rostro o rascarse la entrepierna al momento de impartir sus acartonados sermones.
Arrojar piedras sólo tendría sentido en un riachuelo. Una costumbre en vísperas de la Pascua consistiría en empuñar la tierra mojada del jardín de casa, para depositarla, sin ser visto por nadie, en el jardín o frontera vecina. Perfecto pretexto para tener siempre en mente la fecha del cumpleaños de nuestro perro.

Texto agregado el 13-12-2019, y leído por 41 visitantes. (0 votos)


Para escribir comentarios debes ingresar a la Comunidad: Login


[ Privacidad | Términos y Condiciones | Reglamento | Contacto | Equipo | Preguntas Frecuentes | Haz tu aporte! ]