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Era una cajita pequeña. Se podían guardar caramelos, o tuercas, o anillos. La pinté de verde claro. El profesor de carpintería había dicho: esto es un verdadero trabajo, la naturaleza transformada con nuestras manos. La hicimos con motivo del día del padre. Yo no tenía padre. Mi casa estaba llena de mujeres. Mi mamá, mi abuela, mi tía, mi hermana, mis dos primas y mi tío. Mi tío era el único hombre. A él le gustaba ir a jugar al póker y a los dados al club de la esquina. Fumaba dos atados de cigarrillos por día. Se ganaba la vida comprando y vendiendo autos. Era un hombre de barrio. Solía decirme que todos, pero absolutamente todos los dichos populares eran verdades; que pensara primero en mí, segundo en mí, tercero en mí; y que a las mujeres las tratara como a una pelota cuando uno hace jueguitos, con tacto, con delicadeza y cariño. Ese era mi tío. Así que no dudé en regalarle la cajita que habíamos hecho en la escuela.
Yo no sabía mucho de mi padre por esa época. Lo único que decía mi mamá era que se había ido a comprar cigarrillos y no había vuelto más. Pero después cuando fui más grande, empecé a preguntar y a preguntar y a preguntar. Me enteré de que mi papá era depresivo, que vivía melancólico y arrastrado. Tomaba muchas pastillas, y un día, cuando yo tenía apenas un año, le había dicho a mi mamá que se iba. Me voy o me suicido, había dicho. Mi mamá decía que mi viejo nunca se bancó la responsabilidad de ser adulto, de laburar, de tener una familia. Así que se fue. Por lo que supe a Puerto Madryn y se había dedicado a la venta de pescado.
El día del padre terminamos de almorzar fideos con salsa y albóndigas, y mis primas le dieron el regalo a mi tío. Le regalaron una billetera y un par de medias. Mi tío las abrazó y las besó a cada una de ellas en la cabeza. Me dio vergüenza darle mi cajita verde, aunque pensé que era mucho más original que esas porquerías comunes, respiré profundo, fui hasta la pieza, busqué la cajita y se la regalé. Podría decir, se la ofrendé, porque le dije:
-Tío esto es para vos.
Se la extendí con las dos manos, como una ofrenda, eso, como las ofrendas en las iglesias. Mi tío abrió los ojos grandes como dos dados, sonrió, sentí que con compasión, y me dijo: Gracias. No me abrazó, ni me dio un beso en la cabeza. Agarró la cajita y la comenzó a girar y la observó con asombro y curiosidad.
A los pocos días yo estaba haciendo un rompecabezas en mi pieza cuando escuché que mi tío hablaba con mi mamá. Era un rompecabezas de un elefante. Ellos estaban en la cocina. Sentí un escalofrío, como una premonición o una epifanía. Me arrimé a la puerta y abrí las orejas. Mi tío le decía a mi mamá que hablara conmigo, que yo no me tenía que confundir, que él no era mi padre ni pretendía serlo. Volví al rompecabezas y lo desparramé todo. Todo. Lo que tenía armado lo desarmé y con las manos como si fueran dos cepillos locos desparramé todas las fichas. Me tiré en la cama boca abajo. Sentí como si hubieran volado el techo de mi pieza y se avecinara una tormenta.
Pasaron los años. Yo terminé la secundaria, fui abanderado, no sabía qué estudiar en la facultad así que me puse a trabajar como vendedor de celulares. Uno no sabe por qué pasan ciertas cosas, por qué uno dice algo, o escucha alguna cosa, por qué uno va a ciertos lugares o frecuenta cierta gente. Yo tampoco sé por qué esa tarde me puse a buscar entre cosas antiguas y encontré la cajita. Mi vieja se acercó para decirme con voz temblorosa que mi viejo había aparecido. Lo había encontrado en Facebook. No me dijo si lo había buscado o apareció por casualidad, pero la cosa es que estaba ahí, de nuevo en nuestras vidas, de algún u otro modo de nuevo vivo y pedía verme a mí.
Quiere verte, dijo mi vieja.
Nos juntamos en un café de zona sur, cerca de casa. Él hablaba como alguien que ha robado una cosa y se presenta a devolverla. Me habló del pasado, de las formas en que lo había intentado, de algunos éxitos y de muchos fracasos. No había vuelto a casarse ni formar familia. Era sereno en una fábrica de bicicletas. Escribía poemas. El momento fue raro para mí, no me sentí ni triste ni feliz. Sentí algo así como lo que uno siente cuando contempla un extraño bicho muerto. Habló él, cuando me tocaba hablar a mí le dije que me tenía que ir, que me esperaba un cliente para cerrar una venta de un celular. A lo mejor él esperaba que lo desprecie, o que por el contrario, que le dijera que lo quería. Algo por el estilo. Algo sentimental. Pero no. Me fui. No sé cómo suceden las cosas, algunas cosas, esa tarde en que me reencontré con mi padre llevé una mochila, y en la mochila la cajita verde, si me preguntan ¿La llevaste para dársela? Diré que no, que yo no pensaba dársela, no sé por qué la puse en la mochila. Ni siquiera recuerdo bien cuando la puse. Las cosas no sé por qué suceden, no lo quiero ni lo odio a mi padre, no siento nada por él, pero esa tarde me olvidé la mochila en el bar. Sé que él agarró la mochila, y la abrió, y encontró la cajita. Nadie me lo dijo pero lo sé. Él tiene la cajita verde de madera que hice en la escuela para un día del padre. No llamó para devolvérmela, y está bien, de algún modo está bien.





Texto agregado el 23-01-2020, y leído por 23 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
23-01-2020 Me encantó el cruce melancólico con el ritmo frecuente del equilibrio entre la felicidad/tristeza; un trabajo con matices y colores de una historia que se repetirá un millón de veces, sin saber por qué las cosas suceden. Muy bien. Saludos desde Iquique Chile. vejete_rockero-48
 
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