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UNO. Sólo de Guitarra
Una leve y sutil sacudida de hombros anticipó la caída de la bata añosa. Con
delicadeza, como si fuera una garza, los movimientos de su cuerpo se
sucedieron lentos, ondulantes y remarcados frente al enorme espejo de la
pared húmeda. El vapor se descolgaba del techo semejando un racimo de
largas crines descendentes o quizás emulando los desmedidos rasguños de una
fiera invisible de universo paralelo. El triángulo perfecto que coronaba el bajo
vientre se reveló con pulsión tras el lavamanos de losa perlada. Al otro lado del
floreado cortinaje, el agua y su vapor lanzaban un seco vozarrón encapsulado
que parecía canto de barítono. Afuera otra vez el alba otoñal nacía con la
nitidez de una culpa.
Observó con minuciosa inquina los contornos de su difusa silueta sobre el
espejo. Contempló el rumor del cuerpo esquivo por el empaño. A continuación,
un intenso campo eléctrico se desplegó sin control cuando los pezones le
estallaron en una violenta y recia erizada. Eran dos capullos de azucena
queriendo escapar y expandirse como un big bang único y propio. Con los
dedos como filodrendos despejó el empaño que le cubría los senos en el cristal.
Desatada imaginó un recorrido de recias manos sobre ellos. Manos pulsantes
que aprietan y sueltan. En el frenético movimiento de rueda soltó a madre y
esposa y sobre sus hombros las vio caer. De pronto todo se mostraba
revolucionado y retro tópico. Inclusive la culebrilla de la cesárea en la frontera
de la pelvis se reveló en escena sonriente y coqueta. Sintió unas impunes
punzadas en la piel. Parecían picotas taladrando roca; agujas de un tatuaje
resuelto. La generosa humedad entonces bajó libre -como serpiente por sus
carnes-. Para salvar subió el volumen a la radio de la mesita de oropel, entre
velas y maquillaje disperso. Afuera los enemigos dormían.
La arqueada expansión de las piernas traspasando los bordes de la tina; la
entrada pausada y benevolente de sus pies en el agua ardiente; el silencio y el
eco de su agitada respiración; todo al unísono iniciaban un desvergonzado
viaje por la sinuosa geografía del cuerpo. El agua quemándole la piel produjo
un estallido de sudor sobre la frente. El bailoteo de las sombras y la cadencia
de las velas emulando una micro constelación de Andrómeda; abrieron paso a
la sinfonía de su desbordada humanidad.
Afuera, el mundo apenas perceptible -solamente flanqueado por una puerta
blanca- parecía alejarse de su alcance. Progresivamente fue suprimido o
postergado a un escondrijo sin luz en el pensamiento, entre corteza cerebral e
hipotálamo.
La marejada desatada por su repentina incorporación haría volar la espuma de
la superficie. Luego de un sondeo geológico por zonas erógenas -como rito
preparatorio- la mujer lanzó el brazo como un látigo hasta la llave roja del

grifo. Del extremo de la ducha portátil, una feroz bocanada de agua y de vapor
golpeó otra vez una de sus piernas. Un grito ahogado se sintió sin posible
soslayo. Con cuidado volvió a sentarse en la losa ahora vacía del receptáculo.
Igual que una princesa musulmana del color de la uva negra, dejó caer
lentamente la nuca sobre el extremo y mirando hacia el cielo del lugar, abrió
las piernas como un desahogo. Una súplica se dejaría sentir antes que la
infame llevara el chorro de agua hasta los bordes de su henchida vulva.
A medida que avanzaba el desborde del río subterráneo, más presión le metía
al grifo. En lo profundo de la casa los hijos lentamente comenzaban el barrullo
por los pasillos del segundo piso. Por lo mismo se apresuró. El marido ya no
contaba. Entre sus piernas un geiser le nublaba la vista hasta el borde del
éxtasis.
Algunas serían las vueltas de reloj sobre la llave platinada del agua caliente
antes del estallido de su vientre.

DOS. Mano a Mano
Alfredo giró y se hundió en las sábanas. La televisión aún estaba encendida. Su
brazo formaba una escuadra entre la almohada y la cabeza. Ahogado disfrazó
un gesto de enfado con uno de solapado bostezo. Su mujer estaba tibia y le
daba la espalda una vez más. La vida volteaba otra hoja escrita con poco
sabor. Quiso saber algo de ella, pero no hubo tiempo. Los celos, las notas de
los niños, las deudas y la acidez; se llevaron consigo el tiempo que hubo
disponible en el día. Esa noche volvería a sentir otro derrumbe de garganta con
arena.
Soñó que corría. Vio rostros y otra vez recreó situaciones absurdas. De cuando
en cuando se llevó el cobertor hasta la nariz; se agarró la entrepierna; se rascó
la espalda. Afuera los perros le ladraban a la barredora municipal disfrazada de
enorme camión lleno de luces titilando. Ultramoderna, como su nación. El
susodicho volvió a soñar en abstracto, difusamente, moviendo personas de
allá, y trayéndolas a donde nunca habían estado, ni podrían haberlo estado
jamás. ¿Quién para a los sueños cuando a veces son camiones desbarrancados
cuesta abajo? No hay peor miedo que aquel que se riega y expande con un
sueño a punto de transformarse en pesadilla. Alfredo casi se ahoga cuando el
sueño se transformó en una llovizna de cuchillos atravesándole el alma.
Entraban lentos en su esternón como cuncuneo de bandoneón, y hasta podía
olerles la acidez a las hojas que reflectaban su rostro desdentado.
Se interrumpió la noche cuando recordó los problemas que siempre mantuvo
con la madre. Dio un salto con estertor sobre el colchón. La madre,
transformada en un descuerado mueble viejo, le gritaba fuerte. Por eso estuvo
harto rato con la mirada pegada en la penumbra; en el techo de madera donde

las moscas dormían quietecitas. Quieto en la impostura. La diabetes que
siempre estuvo allí floreció, y crecieron los gastos. Mamá le embadurnaba la
culpa, como si fuera champú que irrita los ojos. Peor aún a esa hora la
televisión ya estaba puesta en el canal del erotismo, y otra vez su mujer no
estaba.
Una gotera en el baño otra vez hizo remembranza de sus incumplimientos, ahí
en casa y más allá también. En la plateada espera del reloj las horas agonizan.
Su corazón, el miedo, los pasos de Antonia que no detienen su andar, las
cenizas de un amor.
La mujer que se había levantado del lecho dejó un hueco tibio a su lado. La
señora Antonia –así se llamaba ella- otra vez se encontraba instalada frente al
computador. Así al menos lo cantaba el leve sonido de las teclas detrás de la
pared y el campanil siniestro del mensajero. Para él fue devastador la primera
vez que se percató del asunto. Algunas veces ella volvía a la cama tan
animada y caliente que Alfredo era arrastrado de su sueño por el cuello y le
servía de presa a la hembra que acostumbraba a bambolearse con los ojos
cerrados, como leona sobre la humanidad moribunda y funesta de un pedazo
de carne; ida; imaginando desvergonzada que su miembro viril –el de su
respetable marido-, representaba el difuso falo de algún amiguito español o
argentino, adicto a la webcam.
Algunas veces, el hombre la escuchaba refunfuñando insultos tras su espalda
mientras fingía dormir. Lo peor era cuando ella se ponía a llorar con ese fervor
ahogado, silente, maricón y poco claro, que al hombre le incendiaba la
conciencia.

La humilde luz del farol se coló por el visillo arrullando su soledad. ¿Qué
hacemos acá? se preguntaba una y otra vez. La culpa y la fanfarria desataron
una murga en su cabeza. Antes los besos de Antonia le borraban toda tristeza;
hoy era coraje quererla.
El tiempo viejo se puso a llorarle mientras esperó a que volviera. Entonces la
noche se pobló de recuerdos. Un coro lejano de miradas cómplices de florecido
deseo lo acompañaron un rato. El carnaval del mundo comenzó a girar otra
vez, como el primer día en que la vio. Ella alguna vez fue buena y le sonrió sin
engaños. Hubo vinilo que sirvió de unión; hubo respeto y devoción; paseos de
la mano e íntimo pecado. Vuelo endemoniado; infinito declarado; asombro y
esa cosa que llaman amor. Duraznos con crema, Salvador Allende y ten years
after. Hoy en cambio, todo era fatiga y vinagre derramado, hoja agitada por la
nube que no llueve.
........

Abrazado a la angustia de un mal presagio, Alfredo fue empujado al fondo de
la noche contraído como flor de lino, arrastrándose entre espinas, afanado en
dar su amor, esperando en vano.

TRES. A diez mil años luz de casa
Mientras su cuerpo entero se balanceaba lleno de sudor, el horizonte que se
alcanzaba a distinguir inmenso y majestuoso a través del visillo de la oscura
habitación, la invitó a volar. Ella de inmediato aceptó. Imaginó los paseos
montada a caballo que solía dar junto a su padre a orillas del río Maule, con su
vestido floreado, los zoquetes blancos y sus zapatos negros de charol, siempre
manchada de caramelo y coronada de moños.
Las leves sacudidas que en ese instante asolaron su en crispada piel hicieron
rechinar el catre y le recordaron los saltos que de niña adoraba dar sobre la
cama, esos años de esquelas, cuando había que tomar el micro para llegar a
clases. Recordó a Samuel, su primer pololo, el que nunca se cansó de nombrar
en cada slam que le tocó llenar.
Repentinamente se sintió transportada como una diminuta pelusa a aquellos
años de sus sueños, cuando el esmalte de las uñas brillaba con luminosas
lentejuelas de color fucsia.
Se imaginó provista de alas saliendo por el ventanal disparada hacia la noche,
con los brazos extendidos, respirando el fresco color púrpura de la penumbra.

El viento pegándole en el rostro le arremolinó el pelo y llenó de aire los
pulmones hasta henchirlos, oxigenándole por breve instante el alma
congestionada y turbia.
El remezón de sus piernas sobre la cama deshecha le hizo recordar el
traqueteo persistente del tren que todos los veranos la transportaba desde
Valparaíso a Viña del Mar, con esos blue jeans a la cadera y esos petos que
apenas alcanzaban a cubrir sus esculpidos senos de adolescente, manteniendo
embrujados a todos los varones del carro. En aquellos años ella era una reina,
una manzanita confitada, como solían piropearla los más osados.
Sin saber la causa ni el por qué, de pronto recordó a Luciano el único amor en
toda su vida. Evocó el brillo titilante de sus acaramelados ojos, el grosor de sus
manos, sus tatuajes en la espalda, el nácar de sus finos dientes, su olor a
colonia, y el dulce sabor de boca olor a cicle de fruta.
Con irresistible compulsión deseó volver a tomar la palabra para exponer sus
ideas, su parecer, a subirse sobre una silla y recitar. Habían transcurrido siglos
sin que su voz hubiese sonado fuerte, con ánimo de imponerse, como solía ser
costumbre en cada rincón donde se plantaba. Su exilio se extendía por mucho

tiempo sin que la luz llegara a las plantas. Una costra envolvía su corazón y la
risa se había esfumado de su boca.
De pronto sintió unas ganas incontenibles de enterrar sus uñas en lo que
fuese, necesitaba calmar la furia que en ese instante la dominaba.
El vuelo terminó intempestivamente cuando sintió el rugir de su marido
proveniente desde muy abajo, de entre sus piernas, quien bruscamente la
jalaba del pelo anunciando su inminente eyaculación. Su cuerpo se sacudió.
En un abrupto aterrizaje recordó donde estaba.
De inmediato se apresuró a fingir. Para ponerse a tono lanzó unos gemidos, los
mejores del repertorio, parecían tan reales que a ella misma le sorprendieron.
Con amargura comenzó a menear su cuerpo mientras veía escapar impotente
los recuerdos por debajo de las rendijas del cuarto.

CUATRO. No me llames
Los haces de luz artificial entraron cercenados por la irregularidad del
cortinaje. Alfredo dormía sin sobresaltos dándole la espalda a su mujer. El
torso desnudo se destacaba entre las sombras. A los pies del catre la televisión
apenas murmuraba en la penumbra. Entonces el fuelle toráxico de la pareja
era quieto y regular como el leve oleaje de un lago, pero sólo hasta que sonó
el teléfono.
Al principio los campanilleos se confundieron entre los sueños, luego ya no.
Ella despertó antes, dando un salto fuera de la cama y apurando el paso para
alcanzar a llegar. En el trayecto se abrigó con un lanudo chal. Lo inusual del
llamado a deshoras, la vino a preocupar con algo de furor –“algo le pasó a mi
madre”- fue lo primero que pensó.
Tendido sobre el lecho, Alfredo –medio aturdido todavía- vio cómo ella avanzó
hacia el comedor con errático pero sostenido paso hasta perderse entre las
sombras de la noche. El inquietante llamado clausuró su modorra y por lo
mismo, se apresuró en pedirle a Dios que no fuera nada malo. Alfredo la siguió
pesquisando el sonido de sus pasos hasta escuchar que contestaba. Al principio
quiso entender que ella no alcanzó a llegar a tiempo debido a que su ‘aló’
inquisitivo y emplazador no registró respuesta al otro lado de la línea, pese a
repetirse unas cinco veces y en orden creciente de tono. Segundos después
ella colgó.
De vuelta, al cruzar el umbral, la silueta de la menuda mujer gesticuló quietud
y parsimonia. Alfredo por su lado, aferró los brazos a la almohada como si se
tratase de una febril enredadera y hundió sus mejillas en un claro intento por
retomar el sueño trunco.

Nadie dijo nada, sólo hubo gestos y un racimo de susurros por el malestar.
La segunda vez la cosa fue distinta. El campanil sonó burlesco, ofensivo,
intimidatorio. Una vez estaba bien, digamos que, en plano de lo normal, pero
dos veces ya era mucho. Peor aun considerando que le tocaba el turno a don
Alfredo. Esta vez el hombre corrió al teléfono para impedir toda excusa ante
una eventual tardanza. No importó el escándalo de muebles interpuestos en el
camino con tal de contestar. A diferencia de la primera vez, la mujer se
incorporó turbada y encendió la luz del dormitorio. Su cara ya no era la misma
de antes. Tampoco la de Alfredo. Menos todavía cuando levantó el auricular.
Pese al insistente requerimiento de respuesta, al otro lado de la línea, sólo
pudo sentir un resoplido quejumbroso y solapado que terminó por alterar todo:
nervios, conciencia, estado de ánimo y la poca compostura que hasta entonces
le iba quedando.
¿Quién podría ser?
¡Contesta hijo de la gran puta! – vociferó nervioso antes de dejar caer con
estruendo el auricular sobre su pesebrera. “¿¡Qué sucede viejo!?” – inquirió
ella desde el fondo de la habitación. Su tono denotaba miedo. El arco de sus
cejas se vino abajo; las mejillas se le derrumbaron por la conmoción y la
incertidumbre de no saber qué pasaba. Algo extraño acontecía, ya no cabía
duda.
La tercera vez la pareja se quedó mirando frente a frente como queriendo cada
cuál encontrar una respuesta en el otro. Sería Alfredo quién, minutos después,
jalaría el cable de su sitio para desactivar el odioso comunicador. Lo hizo con la
perturbación de un acosado, de alguien que es víctima de una pésima broma,
una del peor de todos los gustos.
Más tarde, al intentar recobrar el sueño, la desconfianza pudo más y le jaló la
espalda como si se tratase de un intempestivo asalto. También el pánico.
¿Quién era, quién diantres se atrevía a llamar a esa hora? ¿Sería la loca del
trabajo; o tal vez el infeliz del marido que se gastaba? Por primera vez en
harto tiempo el hombre manifestaba su arrepentimiento. “Donde se come no
se caga” –recordó con amargura los consejos de su fallecido padre-. Entonces
miró la nuca de su mujer que –minutos después del extraño incidente- yacía
inerme a su lado. La paranoia que le provocaba la idea de perderla y de
perderlo todo, se lo tragaron y regurgitaron una y otra vez en plena noche.
Peor aun considerando que se aproximaba la fecha del aniversario de su
matrimonio.
Ella en cambio, se refugió tras los párpados. El delgado y diminuto horizonte
blanco que formaban sus pupilas, colaba las imágenes borrosas del velador
justo frente a sus narices. Hacía como que dormía, pero cavilaba como una
condenada a muerte. Las hipótesis acerca de la llamada en cuestión bordeaban

los senderos de la moralidad. Se sentía sucia, invadida, desbordada. ¿Qué
pensarían sus hijos si se llegasen a enterar? El traqueteo del reloj pendido
sobre la pared del dormitorio era un alfiler que se clavaba en las sienes. De
pronto su cuerpo había quedado tieso por el pánico e intentaba por todos los
medios no llamar la atención de Alfredo. Para ello invirtió esa fuerza silenciosa,
tensa, casi epiléptica de los bandidos con tal de pasar desapercibida ante los
ojos de su acompañante. Por eso, inconscientemente cerró las piernas como
queriendo proteger su vulva, sintiendo el ardor del roce en la junción de las
rodillas, y así se quedó: tullida. “¡¡Loco de mierda, ¡¡cómo podía ocurrírsele
llamar a esas horas!!” –pensó-. “¡¡El alcohol, seguramente ha sido por un
arrebato de alcohol!!” –intentó justificarlo. Él tenía su edad, y también el
control de sus tripas. Era atento, chistoso, muy preocupado, le llevaba el tono
a sus sentimientos, y a la soledad del inminente climaterio.
Como si tratase de un inmoral paseo, en el otro extremo, Alfredo recordó al
barman de la noche anterior, ese que le dio a probar la cocaína. Quizás
él…pero no, cómo podía él saber el número del teléfono, era imposible, a no
ser que la copetinera en algún descuido…o cuándo accedió a su solicitud del
teléfono celular para llamar al traficante que conocía…o cuando dejó sus
pantalones en el asiento trasero del auto mientras…no lo creyó, imposible no
darse cuenta, un viejo minero del cobre siempre actúa con viveza. Como en un
acto instintivo, Alfredo alargó su brazo hasta el punto del velador donde yacía
el teléfono móvil con el objetivo fijo de revisar los mensajes. Sin embargo, no
se encontró con nada nuevo. Lo hizo con el mayor de los sigilos posibles con
tal de no despertar a su acompañante. Entonces un bufido de alivio se
desplegó en la bóveda de la ataviada noche. “¡Nunca más, nunca pero nunca
más, lo juro por diosito!” – reiteradamente Antonio sin cansancio, murmuró lo
mismo. Los restos del estimulante que aún permanecían en las narices
aceleraron sus latidos. Un sudor helado cubrió frente y manos.
“¿Y si se tratase de la loca de la oficina de cobranzas de la multitienda?” –
pensó la señora. La desgraciada había sido tan insistente en los últimos días
que no sería nada extraño que también osara llamar a deshoras. Nada
preocupante, si no fuera porque en el estado de la cobranza habitualmente se
acompañaba el detalle de las compras. ¿Cómo justificaría la máquina de afeitar
eléctrica si su marido era más lampiño que un codo? Se recriminó con auto
flagelo por haber usado la tarjeta para adquirir el regalo de cumpleaños de su
amante. “La calentura, no había otra explicación para tal torpeza” -así pensó
mientras una leva de perros ladraba tras las murallas. “Mañana sin falta iré a
pagar esa cuestión” –se dijo. Luego giró para quedar de espaldas sobre el
colchón con la mirada apuntando al techo. ¿Y si se tratase de alguna enemiga
que quisiera delatarla? “Ojalá que mi pobre viejo nunca llegue a enterarse, se
moriría de la pena, mañana a primera hora debo lavar mi ropa interior”-
masculló con culpa antes de volver a hundir la húmeda frente en el almohadón
de plumas.

En plena noche la ciudad entera se congela, ya no hay vuelta atrás. El reloj
marca el tiempo inútil. El destino se tranca indefectiblemente para caer en la
cuenta de que casi todo ha sido en vano. Ella reza un rosario; él en cambio,
enrosca su conciencia como chanchito de tierra hasta enmudecerla. Un
escalofrío los atraviesa.
Bien entrada la noche entre cantos de grillos y el silbido lejano de un tren,
ambos se trenzan en un abrazo silente, urgido y penitente, hasta conciliar
nuevamente el sueño.

CINCO. 360°
Iban como cuatro vueltas. Subir por la Alameda hasta la estación Pedro de
Valdivia, virar a la derecha, mirar de reojo, como que no quiere la cosa,
después acelerar el auto hasta Bilbao. El ritual era siempre el mismo: música
en el auto; sólo con camisa (fuera corbata y saco), unos tragos de preliminar y
unas rayas de coca para el envalentonamiento. Nada de celulares prendidos ni
de estampitas de Dios colgando del espejo retrovisor; sólo ese sentimiento
malo que le ponía los ojos negros, y el impulso aterrador de sus instintos.
Acababa de dejar a su mujer en el departamento. Cuatro horas estuvieron
encamados, como siempre, entre discusiones, una botella de licor caro, y el
sexo casi calcado que cada día se ponía más latigudo. Lo primero era besarle la
concha con afán, luego era su turno. Segundo, penetrarla: piernas al hombro,
de pie, de cúbito dorsal y abdominal. Tenía que gemir, no podía no hacerlo,
sino le quedaba la cagada. Tercero, volver a la pelea eterna y al tire y afloje de
la penetración anal. Que, si ella no consentía, él manipulaba. Que, si él
empleaba mucha fuerza, ella se sentía apenas un objeto al que había que
doblegar. Y entonces le venía el llanto.
Quinta vuelta por donde mismo y las sombras de los travestis de la calle que
se difuminan con toda la celeridad imaginada apenas él acelera el vehículo. Por
el espejo retrovisor ellos le hacen gestos carnavalescos mientras le siguen la
pista parados en medio de la avenida.
Sin fijar la vista condujo haciendo el mismo viraje. La corriente de la
conciencia era un alud de tierra y barro, un flojo deslinde con la locura, algo
colapsable. Que los plazos procesales; que el alegato de la libertad provisional
del traficante amigo; que el tubo de la lapicera con el que jalaba la mandanga
que andaba perdido quizás dónde.
Sexta vuelta, la del diablo. El auto estacionado a un costado de la berma; el
humo saliendo del tubo de escape como si fuera el halo de una bestia herida a
muerte y en cada puerta, un hombre vestido de mujer poniéndole precio a la
faena. Que, si llevas dos, pagas una; que los condones los ponían ellos; que

había un motel cerca donde no pondrían problemas (él ya lo conocía); que si
quería podía hacerla de mujer o de hombre, daba lo mismo, el precio de todos
modos incluía el servicio.
Cuatro de la mañana y su vientre sobre el motor del auto exuda por la
indefinición. A cada rato sus manos se contraen sobre el capote. El travesti a
veces usa el taco aguja de su calzado. Hay un mirador en el cerro, el mirador
de la Reina; hay cocaína sobre la caja de un cd y botellas por todos lados. Con
cada espolonazo bien recibido del amante de turno, él se manda al seco un
vaso de licor y se muerde los labios. Adentro suyo, afuera suyo, el deseo lo
subyuga, lo nubla, lo agarra y zamarrea del cogote como un perro grande a
uno chico; y las manos del travestido verdugo lo hacen sentir toda una mina.
Ya son las siete de la mañana y él llama a la oficina: “monita no iré a la oficina,
las hemorroides me tienen liquidado, llama a todos y suspende las entrevistas
de hoy”. Muy abatido prende el teléfono y los mensajes de su casa casi
rebalsan la pantalla. En un servicentro se lava y quita las manchas que
persisten. A las ocho ya se sienten los gritos en su departamento; a las diez de
la mañana se le apaga la tele. Afuera no para de llover; adentro todo le late.

Texto agregado el 27-01-2020, y leído por 80 visitantes. (0 votos)


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