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Hace varias noches que sueño con mi mamá, me dijo Analía.
Yo agarré una tostada, le di un sorbo al mate.
¿Qué soñás?, le pregunté.
Analía se pasó una servilleta por la boca.
Sueño que me reclama algo, dijo. Pero no sé qué es.
Nos quedamos en silencio unos segundos, masticando tostadas con manteca, haciendo sonar el mate.
Hace mucho que no voy al cementerio, me dijo.
Sí, hace mucho que no vamos.
Analía se puso de pie y fue junto al tachito de residuos a sacarle un poco de yerba al mate. Después volvió a sentarse.
¿Vos decís que la podemos llevar a Yani?, me preguntó.
Qué se yo… es chiquita…
Pero yo la quiero llevar.
Mi vieja decía que no se lleva a los chicos al cementerio, dije.
Analía pareció ignorar el comentario. Llenó el mate con yerba y lo sirvió.
Yo la quiero llevar, insistió.
Está bien, llevémosla, no tengo drama, dije. ¿Qué le vamos a decir?
Agarré otra tostada y le di un mordisco.
No sé, que ahí está el alma de la lela. Total no es feo ese cementerio, es como un gran jardín.
Sí, sí, en eso tenés razón, es como un bosque, algo así.
Analía se detuvo unos segundos con la bombilla del mate junto a la boca, pensó, después dijo:
O le decimos que la lela vive ahí, o no, qué se yo. No sé que le podemos decir.
Es muy chiquita, dije. No sé, lo del alma que está ahí me parece bien. ¿Y si pregunta qué es el alma?
No sé, no creo que pregunte eso. No creo que pregunte nada.
Analía le dio unos sorbos al mate.
Pero quiero ir a ver a mi vieja, agregó. Quiero ir y quiero llevarla a Yani.
En eso apareció Yani. Cara de dormida, el piyama, los pies descalzos, restregándose los ojos.
Mami…, dijo. Siempre que se despertaba pedía por su mamá.
Se acercó a Analía y le pidió upa. Analía la levantó y Yani se quedó abrazada a ella, haciendo fiaca, esperando a que se le pasara la modorra para arrancar a jugar como todos los días.

Ibamos de camino al cementerio en el auto. Lindo día, soleado, sin nubes. Yo manejaba, Analía a mi lado y Yani en su sillita en el asiento de atrás.
Papi, vamos a Mc Donalds, quiero ir a Mc Donalds, dijo Yani.
Bueno, Yani, después vamos, le contesté.
Papi, quiero Mc Donalds.
Bueno, Yani, después vamos a ir.
Papi, ¿Vamos a Mc Donalds?
Mirá, mirá, Yani, mirá el perro grande en la vereda, dijo Analía.
Señaló un perro, un ovejero negro que paseaba con su dueño.
Uhhhh, perro grandeeeee, dijo Yani. ¿Adónde vamos, papi?
Vamos a pasear, tenemos que salir a la ruta, de viaje, le dije.
¿Y vamos a Mc Donalds, mami?
Sí, sí, Yani, después vamos a Mc Donalds, dijo Analía.
Durante el viaje al cementerio entre Analía y yo no volvimos a hablar sobre qué le diríamos a Yani. Yo me sentía inquieto. No sabía cómo iba a reaccionar Yani, ni cómo iba a reaccionar Analía, menos cómo reaccionaría yo. Era verdad, hacia un par de años que no íbamos al cementerio. En realidad desde antes que naciera Yani, o sea hacía más de dos años, casi tres.
Después de media hora llegamos al cementerio. Realmente era un lugar agradable. Creo que si me preguntaban como debía de ser el paraíso yo pensaría en un lugar así. Lomas con césped verde, árboles con flores, senderos de tierra. Lo único que desentonaba para que sea un perfecto parque eran las lápidas que asomaban desde el suelo sembradas por todos lados.
Nos detuvimos a la entrada, había un puesto de venta de flores. Analía se bajó con Yani y yo me quedé en el auto. Volvieron con varios ramitos de Flores, Yani traía dos claveles rojos. Estaba feliz con los claveles. Analía no mostraba estar triste. No había lágrimas en sus ojos. Lo que sí, la notaba algo ensimismada, como pensando en algo, seguramente recuerdos.
A mi suegra le habían dado seis meses de vida y había sobrevivido once años a esa fecha. Un cáncer de útero. A pesar de haberse sobrepuesto a su condición por tantos años finalmente se descompensó y falleció. Fue una agonía lenta. Un mes en terapia intensiva. Todavía recuerdo las visitas diarias, los partes médicos: a veces esperanzadores, a veces definitivos. En conclusión estábamos confundidos, con una incertidumbre que nos angustiaba profundamente hasta que finalmente una tarde nos llamaron para decirnos que había fallecido.
Después de haber comprado las flores. Volvimos a subirnos al auto y nos metimos por uno de los senderos que llevarían al lugar donde estaba mi suegra. Sentí un escalofrío. Tenía la sensación de que Analía se iba a quebrar en cualquier momento. Tal vez yo mismo me quebraría, no lo sabía. Pero Analía no se quebró. Llegamos al lugar y estacioné el auto y descendimos.
Me adelanté caminando hacia la lápida, Analía se demoró bajando a Yani. Cuando estuve ahí y ví la foto de mi suegra, pensé en tantas cosas, pude sentir de algún modo su presencia. Me di vuelta y Analía avanzaba caminando y Yani corría exclamando:
¡Flores! ¡Flores!
Se acercó a mí. Miró la lápida.
Acá está la lela, le dije. Es la mamá de mamá.
Yani se agachó, miró la foto.
¿La llevamos?, preguntó.
No sé si quiso decir la llevamos a la lela o a la foto pero no importaba. Después vino Analía. Con Yani pusieron las flores, fueron a buscar agua. Yani iba y venía con una botellita de agua. Vertió el agua en el florero. Reía, estaba radiante.
En un momento apareció una mariposa. Las alas eran amarillas con un contorno negro. Grande. Se posó sobre la lápida junto a la foto de mi suegra.
¡Mariposa, papi! ¡Mariposa!, dijo Yani.
Nos quedamos mirando la mariposa. Estaba posada, pero abría y cerraba las alas lentamente. Me quise hacer el gracioso:
¿Querés que papi la agarre, Yani?, le pregunté.
¡No, papi! ¡No!, me dijo cortándome en seco.
Yani se quedó contemplando a la mariposa y yo di unos pasos al costado. Analía parecía estar rezando. Me volví al auto y esperé. Vi cuando la mariposa se elevó y a Yani subir la mirada para ver a la mariposa perderse en lo alto. Analía estuvo en silencio unos segundos más junto a la lápida y después volvieron al auto.
Analía se sentó a mi lado y por primera vez pude ver que tenía lágrimas en los ojos. Me hizo una seña con el dedo índice para que no dijera nada.
¿Vamos a Mc Donalds?, preguntó Yani.
Ahora vemos, Yani, ahora vemos, le contesté.
Dejamos atrás el cementerio y salimos a la ruta que nos llevaría de nuevo a la ciudad y por ende a casa. Cuando miré por el espejo retrovisor Yani estaba a punto de quedarse dormida. Hicimos unos kilómetros en silencio, después le dije a Analía:
Fue más fácil de lo que pensábamos.
Sí, me contestó, Yani es hermosa. Lleva una dulzura en el alma.
No preguntó nada raro.
Le encantó lo de las flores, dijo Analía.
En ese momento Yani se despertó y nos interrumpió:
¡La mariposa, papá!
¿Qué mariposa, Yani?
¡La mariposa! ¡La mariposa!
Yo seguí conduciendo, por la ruta, y Yani siguió insistiendo: ¡La mariposa! ¡La mariposa, papi!
Intenté mirar por el espejo, inclusive me di vuelta para mirar por todos lados y no vi ninguna mariposa. Analía tampoco. Y Yani seguía insistiendo con “la mariposa”. Hasta que decidí detenerme a un costado de la ruta y ver si había alguna mariposa. Bajamos del auto y no encontramos ninguna mariposa. Volví al volante, puse un poco de música, Yani empezó a cantar. Anduvimos un largo rato. Analía se quedó dormida. Escuché un suspiro, miré por el espejo retrovisor y Yani también dormía. Me pareció ver algo raro en la pierna de Yani. Volví a observar por el espejo y ahí estaba, había una mariposa en el regazo de Yani. Sentí un escalofrío y por un momento pensé que era mi imaginación. Detuve el auto y me asomé entre los dos asientos delanteros para ver. Había una mariposa. No podría decir si era la misma que habíamos visto en el cementerio. Era también de alas amarillas con un contorno negro. Estaba quieta, posada en la rodilla de Yani. De repento voló y se posó en mi hombro. Atiné a despertar a Analía y mostrarle, decirle que mirara a la mariposa, pero no hice a tiempo. La mariposa salió de auto y revoloteó frente a mí, después se elevó en un vuelo caótico hasta que no la vi más.
Volví al volante y manejé en silencio. Perplejo. No podía dejar de pensar en lo que había presenciado. Al rato se despertó Analía y después Yani. Supe que Yani me iba a decir algo de la mariposa y eso hizo, me preguntó:
¿Viste la mariposa, papi?
Sí, la vi, la vi, contesté.
Analía me miró, interrogante. Le hice un gesto de que después le explicaba, pero nunca lo hice.






Texto agregado el 30-01-2020, y leído por 50 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
30-01-2020 Ay.. me golpeaste el corazón. Hermoso relato. Y ojo. muy buena recomendación te da Fatamorgana. Saludos, sheisan
30-01-2020 A través de tus letras lo imaginé todo y lo viví. Sentí el deseo de visitar a mi madre que también está en ese lugar que muchas veces prefiero no visitar, ya que me he hecho el ánimo de que ella está en casa,que nos acompaña. Imaginé que esa mariposa era el alma de ese ser que se extraña. Tal vez ellos pueden estar cerca por intermedio de mariposas u otros... Es emocionante***** Me gustó Victoria 6236013
30-01-2020 De por sí el título invita a leer, son encantadoras las mariposas. Hay un hilo conductor y un dejo de misterio. Almas y seres tan sutiles como las mariposas se unen para señalar que están presentes y revolotean a nuestro alrededor. No me agradó la presentación, ya que la tipificaste como narración. Muchos puntos y cortes. Estrellas vienen volando. FaTaMoRgAnA
 
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