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Sentado estaba yo en el colectivo 106 de Liniers, un día agobiante de calor, 33 grados a la sombra, cuando vislumbro en el asiento del compañero una cartera de hombre abultada.
Siendo mi intención devolverla al dueño estiro la mano, cuando una gorda con toda su humanidad deposita precisamente esa, su humanidad sobre el asiento y mi preciado tesoro.
Espero pacientemente a que se baje la gorda.
Para esto ya me había pasado de mi destino, que era Boyacá y Jonte, para lo cual estaba la mar de impaciente.
Ya se acercaba al final del recorrido, cuando veo que hace una reverencia la gorda y me pregunta, cuanto falta para la calle Zamudio, a lo cual le indico que ya nos pasamos.
Se baja apresuradamente ella pensando en su caminata y yo en mi virtual tesoro.
Pongo la mano rápidamente sobre la cartera, que a esta altura debajo de un peso tan determinante, no tenía nada de abultado y me la pongo subrepticiamente en mi saco, en el bolsillo derecho.
Me bajo del colectivo y camino mientras pienso que voy a a hacer y llevar a cabo con la cartera.
Pero el día caluroso se me instala y al llegar a mi casa con 33 grados olvido el incidente.
Al día siguiente abro la cartera y al ver la foto de ese documento se me ocurre algo gracioso.
Ese rostro poco atractivo, con esa sensación de desencanto y neutralidad que dan las fotos de carnet.
Penetraba mi intimidad y devolvía con ojos oscuros y facciones gastadas cierta complicidad.
Jugueteaba mi memoria con el pasado de ese individuo, si sería obrero, empleado bancario o desocupado, magnate o si tendría un yate y paseaba en colectivo por hobbie.
También con la carta de amor que encontré se me ocurrió algo peculiar. No sabía si leerla, o sea atravesar lo privado y burlarme del destinatario.
Despreocuparme de mis propios pensamientos y absorber lo ajeno, introducirme en un mundo nuevo, de seres desconocidos y mediocres, egocéntricos y altruistas.
Mire la firma de la carta, la firmaba una tal Coca que era lo que me provocaba mayor ansiedad y por fin me aboqué a la total lectura del manuscrito de letra femenina. Me estremecí con algunos párrafos, ecos y construcciones gramaticales pero no les dí importancia.

El tiempo pasó. Inexorable.
Sobre nuestras vidas cotidianas. Mi i esposa adquirió algunos elementos para el hogar muy confortables, frezar, tv 52 pulgada, “me aumentaron el sueldo” me dijo. Me pareció exorbitante, pero me dejé llevar por las comodidades, hasta que en cierta ocasión al ganar mi esposa un departamento, en un sorteo en el trabajo, tuvimos que festejarlo en ágape con su jefe. Esa cara me parecía familiar, pero no recordaba donde la había visto.

Firmamos todos el pergamino recordatorio, anexada a la flamante escritura del departamento, sito en Avda. Libertador, brindamos con champagne y al pie del papel pude leer entre líneas unas palabritas que decían, _Gracias, tu Coca!
Sí, esa era mi esposa la Coca, la que agradecía a su jefe, que era aquel que había perdido su cartera en una tarde calurosa, en que se le había roto el auto, y tuvo que tomar el colectivo 106.

Texto agregado el 17-02-2020, y leído por 72 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
18-02-2020 Me ha resultado muy entretenido y bien narrado. Logra mantener el interés de principio a fin. Y muy gracioso. Un abrazo! Daiana
17-02-2020 ¡¡¡¡¡¡¡¡E X C E L E N T E !!!!!!!! Mis sinceras felicitaciones.... Abrazotes amigaza Abunayelma
 
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