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Rayen quien cumpliría once años en los días venideros, vendía tortas fritas y cerezas, y flirteaba con los guardavidas, como toda impúber en ese largo proceso hacia la adultez. Los cortejados le habían regalado unas antiparras a cambio de las cerezas que cosechara.
Ella era hija de un padre win ka. En los atardeceres caminaba descalza, se tiraba del muelle a las aguas muy frías. Algunos aplaudían, otros la miraban con desdén.
Su nombre en mapuche significa “flor”.
Todas las mañana venía un buque trayendo pasajeros para que admirasen la belleza de ese lugar entre las montañas. Otros turistas aparecían con sus camionetas subiendo por el camino de cornisa, donde los esperaban catorce kilómetros de ripio para llegar a esa playa que estaba entre los tres picos de la zona. Una vez instalados, bajaban a la arena, para ocupar sus sombrillas.
Se distinguían de los mapuches allí radicados, por no tener la piel cetrina y curtida por trabajar al sol. También había muchos empleados, que trabajaban en temporada, ganando así lo suficiente para pasar el año sin preocupaciones. Algunos turistas eran de modales autoritarios, otros no tanto. La madre de Rayen comentaba que algunos pertenecían a las estancias de los alrededores, antiguas tierras mapuches usurpadas por los win ka.
Mientras tanto, las barcazas y los cayacs iban y venían aleteando las aguas tranquilas del lago.
El rubio win ka, quien había venido varias veces en una semana, ya la había visto a Rayen tirarse del muelle, y coquetear con los guardavidas. Tenía otros planes para ella. Al anochecer, la esperó en el muelle, debajo de las pútridas maderas, forcejeó con ella, la tomó de la cintura, y la ultrajó. Sus gritos no se escucharon en la playa porque la mayoría de los turistas ya se habían ido. Solo las aves de la zona se alborotaron un poco. Las antiparras de Rayen aparecieron luego de que un buzo las encontrara, flotando.
Al día siguiente despertó asustada en su cama, entumecida, en posición fetal. Su madre, sospechó de aquel rubio win ka que había plantado su carpa anaranjada varios días atrás y quien desde el punto más alto de la colina miraba a su hija con insistencia.
Lo denuncio a su comunidad, pero él ya había partido. No pudieron encontrarlo, porque ese verano no apareció más.
Los días siguientes despuntaron fríos. Las avutardas y las bandurrias continuaron su rutina, como todas las jornadas. Rayen siguió nadando, como todos los días, a pesar de lo ocurrido. En su interior algo se había roto, aunque su candor no.
Ya se iba acercando el invierno, por lo cual esas actividades quedarían relegadas, hasta el verano siguiente, en el que las playas volverían a fulgurar con multicolores sombrillas.


Texto agregado el 04-03-2020, y leído por 45 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
05-03-2020 Y existen tantas historias así...Muchachitas radiantes cuya flor, un individuo cualquiera, estruja. MujerDiosa
05-03-2020 El tipo aquel algún día volverá, que duda cabe, y la historia puede tener otro desenlace. Un abrazo. guidos
 
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