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Inicio / Cuenteros Locales / perogrullo / Cosas que pueden pasar y que a veces pasan.

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Cuando descubrí las patatas hacía trece días exactamente que no me llegaba del exterior más que el ruido de los vehículos y alguna conversación vecinal de manera fragmentaria. Aquella experiencia tenía algo de innovación, algo de vuelta al claustro materno. En cierto momento había descubierto cuatro patatas dentro de la bolsa del avío que me estaba permitiendo prolongar la experiencia con márgenes incluso superiores a los inicialmente previstos, infundiéndome cierta ilusión. El único dispendio que me permitía era la radio puesta y el calefactor. Era como una especie de parar las constantes vitales o al menos reducirlas después de un tiempo de gran exposición exterior. Mantenía uno la teoría de que la sociabilidad debe ser una expresión sincera y no un reducto para lanzar puyas al exterior. En consecuencia, había prescindido de tal, centrado principalmente en respirar. Aquella cuatro patatas me podían salvar. No sabía de qué manera, pero algo me decía que había dado con el maná, pues se hacía evidente que con la respiración no era suficiente. Las cuatrocientas calorías que se contenían en aquellos cuatro tubérculos o raíces suponían un cambio de planes. Se puede decir que toda aquella misión de supervivencia obedecía a aquellas aficiones mías.


Inmerso en aquella unidad de destino en lo local me encontraba fundamentalmente concentrando la energía del universo entre aquellas cuatro paredes. Fuera- me informaba el termómetro exterior- las temperaturas rondaban el hielo por la noche. Del universo o la mía propia, pero esencialmente concentrado. Ya se había acabado el dilapidar por ahí, ideas y palmito, que llegaba el tiempo de adviento. Aventuraba uno una navidad solitaria. Era como una convalecencia; una convalecencia sin tratamiento, ni hospital, ni visitas y, probablemente, sin enfermedad y sobre todo sin cuidadores. Y, sin embargo, era lo más parecido a una convalecencia por no decir tal. Y llegó la nochebuena y me comí las uvas- las de la ira- y pasó, y llegó el nuevo año y a falta de uvas toqué la zambomba. La cuesta de enero era una superficie plana, la del sillón donde me sentaba. Con el carnaval puse fin a aquella reclusión.
Hasta entonces, la vida pasó fuera, detrás de los muros de la casa, con, probablemente, bastante indiferencia hacia el hibernador. Algunas veces se dejaba oír algún bosquejo de conversación, pero sin excesiva prodigalidad, ni afición grande.

Se puede decir que, en general, la gente pasaba por la puerta con absoluta ignorancia del hecho invernal, de si había alguien dentro, ni mucho menos las razones que habían llevado a la referida situación. Sin embargo, ahí estaba uno, con más necesidad de ocupación y silencio que algarabía y compañía.
Aquella terapia de silencio estaba haciendo su efecto, conforme transcurrían los días, menos se echaba en falta su presencia exterior.
Con la privación de alimento las grasas corporales se iban diluyendo y empecé a recuperar el peso que tenía durante la juventud.
Ya digo, para Carnaval salí al exterior.
El comportamiento vicario- es decir, de imitación y repetición- debe ser el motor del mundo, pues al poco tiempo se produjo una hibernación general. Algo había oído uno de una nueva peste a través de la radio. Pero, como siempre, la imaginaba lejana. Aquí, por lo menos, los acontecimientos siempre pasan en el exterior. Sin embargo, esta lotería sí nos tocó. A poco que rasgara uno aquel velo de realidad, se daba cuenta de que la realidad había superado otra vez a la imaginación. Un enemigo invisible nos ponía sobre aviso de nuestra futilidad. Como experto en el asunto sabía que a todo se acaba uno acostumbrando. Aquel año el carnaval se había tomado su parte de venganza con la realidad.


Texto agregado el 23-03-2020, y leído por 47 visitantes. (0 votos)


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