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Pepín tenía un futuro esplendoroso y sus padres le brindaron todo para que se destacara en los estudios, quizás en el deporte, en la vida misma. Pero, como casi siempre sucede, los raudales ofrecidos no coincidían con los senderos elegidos por el muchacho. Porque, más para mal que para bien, se deslumbró con los fulgores de la noche capitalina y una maraña de tipos licenciosos le rodeó al oler que el combustible que podría encender sus veladas sobraba en los bolsillos de Pepín. Y el despilfarro y la falsa camaradería se dieron lugar en cantinas, cabaret y lenocinios. Allí el inocentón de Pepín conoció a una muchacha lenguaraz que consiguió seducirlo. Los rubios cabellos de la fémina, enredados con los suyos en un jergón deplorable, fueron el colofón para una gesta incendiaria. Y el cándido muchacho, descubierto lo que para él era el amor, quiso que esto se transformara en un idilio, ¡Que va! Mejor dicho, un matrimonio.
Los padres, viendo rodar por el piso todos los sueños empeñados, tuvieron que acatar la decisión de Pepín, que al poco tiempo contrajo matrimonio con Julieta. El amor fue de muy corta duración, el romanticismo del chico terminó pisoteado por el proceder de la grosera Julieta, que tras el enlace sacó sus garras para transformarlo en un guiñapo. En la mísera habitación concedida por los padres de la mujer, Pepín recordaba su vida anterior, repleta de regalías. La mujer, tirada en el lecho, le obligaba a cocinar mientras enrarecía aún más la covacha con el humo de sus cigarrillos baratos.
A pesar de todo, un hijo nació de esta desafortunada relación y ello contribuyó a que la situación se aquietara. Poco duró este artificioso remanso, un mes después, Julieta, absolutamente ebria, le confesó a Pepín que Juanito, del que tanto se envanecía, no era suyo. Las lágrimas surgieron espontáneas al conocer esta dolorosa noticia, sobre todo cuando se enteró que el verdadero padre era un mafioso que residía en las inmediaciones.
Esa misma noche el muchacho se decidió. Haciendo un atado con sus escasas pertenencias, partió a la vivienda de sus padres, pese a las amenazas de la mujer y de la familia de ella, que al final supo Pepín que también pertenecían al mundo de la delincuencia.
Sus padres lo acogieron sin regaño alguno. Regresar a ese hogar fue un bálsamo para el muchacho, quien se tendió en su mullido lecho y se entregó a un sueño profundo y sanador.
Pero no fueron ni los estudios, ni el deporte, ni las artes los que motivaron a Pepín. Existiendo los medios suficientes para que ingresara a la universidad, prefirió incursionar en un modesto trabajo de portero en un consultorio. Y allí pasaron los años, con el muchacho realizando las mismas tareas rutinarias, sin que aquello le ocasionara la más mínima inquietud. Su padre, entretanto, falleció y desde ese mismo instante, la buena estrella que iluminó complaciente dicho hogar se apagó para siempre, oscureciéndolo todo, desgarrándose el corazón de la madre, que ya nunca más recuperó su lozanía. Aun así, debió ocuparse de la mantención del hogar, realizando trabajos humildes para compensar el ingreso que ahora se mezquinaba. La pobreza tendió sus hilos en esa casa, la que otrora lucía limpia, casi lujosa y confortable, ahora presentaba severos daños: el papel, enterado tal vez del ocaso, comenzó a descolgarse de los muros, el piso se rasgó quizás al entender que ahora los pasos de los dueños de casa rebotaban anodinos, tristes, opacados. Todo comenzó a pudrirse y hasta la luz del sol de las mañanas ya no ofrecía su oro tras las ventanas y las esquivaba furtivo, como quien visita contrito los funerales de un conocido.
Y acaso porque la pena y el desencanto hacen pésima combinación con la comida magra, Pepín comenzó a engordar y a inflarse como un globo gris que pronto fue relevado de su labor de portero, ya sea porque su gordura provocaba fastidio a los que concurrían a mejorar su salud o porque simplemente ya no lo quisieron allí, tan lento e intrascendente.
A tanto llegó la gordura de Pepín que ya no pudo levantarse de su silla y allí se quedó hilando, no sueños, sino borrosos recuerdos de tiempos más luminosos. Su madre se desvelaba tejiendo, cocinando y recolectando chucherías que luego vendería en las ferias libres.
Cuando ya nada parecía ser peor, la pobre mujer una tarde cayó rendida a su lecho y allí, hastiada, rotos todos los resortes que la encadenaban a la vida, cerró sus ojos y simplemente, murió. Y el pobre de Pepín lloró con desconsuelo sobre el cadáver de su desventurada madre, pidiendo a gritos que la parca también se compadeciera de él.
Los buenos vecinos se hicieron cargo de los servicios funerarios. Una señora le cocina desde entonces al pobre de Pepín, que de tanta pena corroyéndole el corazón, cada vez se ve más triste y aún más voluminoso. Yo lo animo, lo conforto y al parecer, de a poco va recobrando el gusto por continuar adelante en esta vida azarosa que le tocó en suerte. Pepín existe en la realidad, su nombre es otro y su vida también pudo ser otra, pero las circunstancias, los imponderables, acaso el destino, concluyeron con este hombre tratando de levantarse de nuevo a pesar de todos los obstáculos puestos con algo parecido a la crueldad en su fatigoso camino.












Texto agregado el 30-03-2020, y leído por 62 visitantes. (5 votos)


Lectores Opinan
31-03-2020 Crudo relato, muy bien llevado, yosoyasi
31-03-2020 Por eso hay que saber bien con quién uno tiene una relación. Más aún si se llega al paso del matrimonio. amanda_f25
30-03-2020 Lo que comenzó como una vida frustrada llegó a tener un final previsible, aunque un alma generosa trató de encontrar la luz de la esperanza. Me atrapaste, con tu maestría, amigazo. Van mis * y un inmenso pedido:¡¡CUIDATE!! Abunayelma
30-03-2020 —Un duro relato de las consecuencias a que puede llevar una mala e impensada decisión, que no sólo afecta a quien la toma sino que también al entorno familiar. Desde un comienzo pensé que tu narración era una realidad, lo que me corroboraste con el "Yo lo animo, lo conforto y al parecer, de a poco va recobrando el gusto por continuar adelante". —Un abrazo vicenterreramarquez
 
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