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Inicio / Cuenteros Locales / carlosivankelso / Los asesinatos perdidos de la Quesona Asesina

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Esta es la historia de los llamados asesinatos perdidos u olvidados de Ravelia, la Quesona Asesina, contados por ella misma, en primera persona.



Muchos han pensado durante un largo tiempo que mi primer asesinato fue el de Martín Palermo, pero ya aclaré que antes de ese crimen, hubo otros cuatro asesinatos, los primeros cuatro hombres a los que asesiné, cuando tenía apenas diecisiete años, esas víctimas mías fueron Carlos Grosso, Alejandro Gravier, Gabriel Amato y Alejandro Mancuso.

Ya les comenté que permanecí presa un tiempo, más exactamente más de cuatro años y menos de cinco años, tiempo en el cual las causas contra mí nunca avanzaron al juicio oral y finalmente quede liberada, por vericuetos de la justicia, favorecida por una nueva directora de la cárcel, una mina con aspecto de alemana y nazi que se llamaba Astrid Breitner.

En ese tiempo en la cárcel fue una presa muy popular, el hecho de haber asesinado a cuatro hombres siendo tan joven me generó respeto, y el tener dinero, y comprarle cosas a mis compañeras preferidas, principalmente drogas y alcohol, me generaron ser muy respetada y querida por mis compañeras reclusas.

Ahora bien, si piensan que en ese tiempo solo estuve presa, viendo pasar el tiempo y divirtiéndome con las demás chicas, están muy equivocados mis queridos Quesudos. En ese tiempo me perfeccione como asesina de hombres, y la leyenda de la Quesona Asesina aumentó aún más, sí, porque cometí otros seis asesinatos, totalizando diez, antes de asesinar a Martín Palermo, cuando ya había recuperado mi libertad.

Todo comenzó una mañana de otoño, sería abril de 2000, tenía apenas dieciocho años y dos meses, en el día de visitas, cuando la guardia cárcel dijo mi nombre: “Monzón, Carlota”. Me llamó la atención porque nadie venía a visitarme, no tenía parientes, y tampoco me interesaba ser visitada por abogados, por más que me correspondiera por ley una defensa.

Fui a la visita y me encontré con un muchacho joven, de mi misma edad, quizás un apr de años más, no mucho más, todavía con aspecto de adolescente, creí que era un joven abogado recién recibido o próximo a recibirse que quería mi caso para ganar fama.

- Soy Carlos Luciano Raúl Giacobone, ¿Vos sos Carlota Monzón, conocida como Ravelia, la Quesona Asesina, verdad?

- Así es, veo que somos tocayos, vos Carlos, yo Carlota, pero llámame simplemente Quesona, ¿Qué queres, pibe?

- El parecido que tenes con Valeria Mazza es impresionante, increíble, como dos gotas de agua, aunque vos sos más joven.

- Diez años menos que ella, o quizás ocho o nueve, je, je, pero sí, soy más joven, aunque yo soy más linda y bella también, pero ¿Qué queres pibe? No creo que haya venido a decirme que soy parecida a Valeria Mazza.

- Tenes razón Carlota, perdón, Quesona, así te voy a llamar, Quesona, mira nena, yo vengo en representación de una importante organización, y no existe mejor asesina que vos, además estas presa, por eso sos la ideal para cometer algunos trabajos.

- Mira pibe, es cierto, soy una asesina, y me gusta asesinar hombres – en ese momento le hice un gesto a Giacobone indicándole que el podría ser uno de esos hombres a los que quería asesinar – obvio que sí de asesinar se trata voy a estar de acuerdo, me encanta quesonear chabones, nací para eso, el crimen esta dentro de mí, mi madre asesinó a mi padre cuando estaba embarazada de mí, pero… ¿A cambio de qué? ¿Saldré libre?

- Eso no te lo puedo asegurar ahora, sí te puede decir que te pagaremos 100.000 dólares por cada asesinato que cometas, y gozarás de tres días de libertad, hasta que asesines al objetivo, obviamente tendrás que volver a la penitenciaría hasta que se arregle la situación judicial.

- Mira que a cada chabón que asesine le voy a tirar un Queso, es mi estilo, soy la Quesona Asesina.

- Por supuesto, por eso te queremos, Quesona, de esa manera los crímenes serán atribuidas a una psicópata, a una imitadora tuya dado que la verdadera va a estar presa, pronto la gente creerá que fue una leyenda urbana, y cuando eso ocurra, podrás salir, aunque eso es algo que depende de la organización, no de mí.

- Acepto, Carlos, acepto – dije.

Acepté, la oferta era interesante, no me iba a rehusar, no ganaba nada haciéndolo, y así fue que apenas un par de días después me dieron mis primer objetivo, un rugbier llamado Pedro Sporleder, que medía 1,98, y tenía unos pies enormes, gigantescos, calzaba cincuenta seguro.

Salí un par de días antes de cometer el asesinato, era un rugbier y era fácil seducirlo, los tercer tiempo son un lugar ideal. Llamé la atención de todos por mi parecido con Valeria Mazza, podría haber asesinado a todos esos rugbiers asquerosos y violentos, y le hubiera hecho un favor a la humanidad si lo hacía, bastaba con citarlos en una habitación a todos, y ahí irlos asesinando uno a uno, con un cuchillo, un hacha y una espada, pero tenía que ajustarme al encargo, estaba cumpliendo una misión, mi objetivo era Sporleder.

Resulto fácil la seducción y esa misma noche fuimos a una habitación, ese crimen armó mi style que seguí en todos los demás asesinatos, fetichismo de pies, incitar a mi víctima a que me chupara, lamiera, oliera y besara los pies, y yo hacer lo mismo con ellos, además de las cosquillas, algunos golpes de mi parte, una patadita en el culo, palmadas en la espalda, fellatios, y que ellos me tocaran las tetas, disfrutar todo lo que se pudiera, así los condenados morían tranquilos, felices, repletos de goce y satisfacción.

Y eso fue lo que ocurrió con Sporleder, tan contento estaba con todo aquel sexo, que parecía un gato mimado, cuando agarré el cuchillo, un cuchillo gigantesco, con el que hubiera podido cortar en dos un buey, y lo apuñalé salvajemente. Sentí la tentación de decapitarlo: pero no era el momento no lo hicé, esa clase de asesinatos las dejaría para más adelante, ya vería rodar las cabezas de Juan Martín Del Potro o Marcos Milinkovic.

- Queso, Pedro Sporleder – dije cuando terminé de asesinar a Pedro Sporleder y le tiré el Queso. Me llevé las zapatillas talle 50 de este tipo para mi colección.

Regresé a la cárcel convertida en una heroína para las demás reclusas, sabían que había asesinado a un rugbier, y eso estaba bien visto en esos ambientes. Algunos meses despues llegó un nuevo encargo, un basquetbolista, su nombre era Juan Alberto Espil, 1,95 metros de altura, 48 de calzado, una de las promesas del básquet, que no llegó a ser nada, porque yo lo asesiné.

La seducción esta vez no resultó nada fácil, y hasta creí que Espil era gay, porque me rechazaba, yo iba a pedir autógrafos a la salida de los entrenamientos, y pensé en darle un pinchazo con algo para dormirlo y así asesinarlo. No fue necesario: en el tercer día de intento, le llevé un par de medias de su medida, y el tipo esta vez sí se engancho. El fetichismo de los pies no me fallaba y esa misma noche estuve con el en su habitación. El juego sexual fue similar que con Sporleder, pero mucho más intenso, fogoso y salvaje, tanto que me decidí no usar ni arma blanca ni arma de fuego en este crimen, en medio de aquellos juegos sexuales, y luego de haber gozado más de la cuenta, le puse las medias alrededor del cuello, y empecé a estrangularlo, se resistió mucho, pero logré hacerlo, la satisfacción que sentí con aquel crimen fue muy grande, lo fui dejando sin aire, y con las almohadas terminé de asfixiarlo.

- Queso, Juan Alberto Espil – dije cuando terminé de asesinar a Juan Alberto Espil y le tiré el Queso. Me llevé las zapatillas talle 48 de este tipo para mi colección.

Otra vez me recibieron en la cárcel como en la antigua Roma homenajeaban a los generales que volvían victoriosos, solo falto que el César me coronara con los laureles como se hacía en aquellos tiempos. Mi popularidad en la cárcel era inmensa, las presas me adoraban, aunque por supuesto, yo no era ninguna gil, y sabía que de vez en cuando tenía que rendirme a juegos lésbicos, eran las reglas del ambiente, y no las iba a desobedecer.

Mi tercer asesinato es aquel contexto fue el de Ignacio Carlos González, “Nacho” González, el que fuera arquero de Racing. No tenía idea de porque la Organización deseaba eliminarlo, y me limite a cumplir las órdenes: era un encargo y lo iba a hacer. Esta vez fue todo más fácil. Ni siquiera lo seduje: el había contratado una mina para pasar la noche y esa mina era yo, todo muy fácil.

¿Quién se iba a resistir a tener sexo con alguien igual a Valeria Mazza? Les puedo asegurar que Nacho González creyó que era la Valeria Mazza verdadera, nunca le aclaré la verdad, ¿Para qué? Si total iba a morir igual, lo iba a asesinar de todas formas, mejor que se fuera lo más contento y eufórico posible, más no podía hacer.

Antes del sexo jugamos con las copas, bebimos mucho champagne, nos bañamos uno al otro, fue muy divertido, yo corté un Queso sobre su cuerpo, incorporé eso a mi estilo, que lo practique en varios asesinatos posteriores, el sexo fue otra vez fogoso e intenso, no falto ningún ingrediente. Nacho González no me decepcionó para nada, todo lo contrario, me dio más de lo que yo imaginaba. No sé que habrá opinado el de mí, porque como es obvio, lo asesiné, le asesté unas noventa puñaladas.

- Queso, Nacho González – dije cuando terminé de asesinar a Nacho González y le tiré el Queso. Me llevé las zapatillas talle 46 de este tipo para mi colección.

Soy reiterativa pero otra vez regresé en señal de triunfo a la cárcel, aunque ya estaba un poco harta de seguir regresando a la cárcel, sí noté que me daban más libertad que a las otras reclusas, me manejaba en un contexto de semi libertad dentro de la unidad, a cambio de garantizar el orden y proveer de necesidades a las reclusas.

Los asesinatos siguieron, otro futbolista, esta vez Diego Cagna, debo reconocer que mucho entusiasmo no me generó esta víctima, por eso esta vez me limité a llevar un revolver con silenciador bien cargado, me pareció que no daba para más. La seducción otra vez resultó difícil, tanto que de hecho no lo pude seducir, me metí directamente al cuarto de Cagna y esperarlo ahí. La sorpresa fue grande cuando vio que Valeria Mazza estaba ahí, porque como con Nacho González, no aclaré que yo era muy parecida a la top model, creyó que Mazza estaba ahí. Hubo sexo, aunque no me resultó tan divertido, mucho más corto que en las otras ocasiones, y con varios ingredientes que faltaron, no me moleste en jugar con los pies de el, por ejemplo, eran horribles, no valían la pena. Despues de todo eso, una resolución express: seis balazos y asunto terminado.

- Queso, Diego Cagna – dije cuando terminé de asesinar a Diego Cagna y le tiré el Queso. Me llevé las zapatillas talle 43 de este tipo para mi colección.

En la cárcel la cosa había cambiado, ahora la directora de la cárcel era la alemana, Astrid, a la que ya mencioné. Con ella las cosas continuaron mejor, aunque de vez en cuando debía someterme a sus deseos lésbicos. Giacobone siempre me visitaba, me daba dinero en efectivo y me comunicaba quien era mi nuevo objetivo, además siempre teníamos algún sexo en cada visita, pues simulaba ser mi pareja. Sin embargo, despues de asesinar a Diego Cagna, esta vez quien me informó quien sería mi próxima víctima fue la propia Astrid.

- Esta vez estimada Quesona, quizás sea tu último asesinato, la libertad viene próxima, la justicia tiene sus tiempos.

Mi nueva víctima fue otra vez un rugbier, Juan Martín Hernández. Reconozco que afronté aquel asesinato con poco entusiasmo, en parte porque se decía que este tipo era gay, en parte porque la idea de una salida definitiva no me dejaba pensar, pero seguí adelante, y otra vez el tercer tiempo resultó el mecanismo ideal para seducir a este rugbier. Me dijo que me esperaba en su habitación y ahí fui entonces.

Aquel poco entusiasmo inicial cambió totalmente cuando ví desnudo a Juan Martín Hernández, tengo que reconocer que me cautivó de inmediato, y lo que vivimos despues fue otra fiesta sexual, donde no faltó nada, nada es nada, fetichismo de pies, cosquillas, golpes, lamidas, fellatio, chupadas de tetas, Queso cortado sobre el cuerpo del rugbier, todo se prolongó más de la cuenta, tanto que hasta temí que se muriera de un infarto antes de que lo asesinará, por eso en un momento, cuando me dí cuenta del tiempo que había pasado, y que la cosa ya estaba más que salvaje y ardiente, tomé el cuchillo y le dí lo que fui a hacer, las setenta puñaladas que pensaba darle, que habrán sido unas noventa, creo.

- Queso, Juan Martín Hernández – dije cuando terminé de asesinar a Juan Martín Hernández y le tiré el Queso. Me llevé las zapatillas talle 45 de este tipo para mi colección.

Al poco tiempo de aquello, Astrid me citó a su despacho y me dio la buena nueva:

- Todas las causas en su contra, estimada Quesona, han sido declaradas nulas, por lo que queda en libertad desde este mismo momento. Puede ir a buscar sus pertenencias y abandonar el penal.

El agradecimiento fue por supuesto una buena relación lésbica que dejó a Astrid muy contenta.

- Estimada Quesona – me dijo – tenga cuidado, es una gran asesina, la mejor tal vez que recuerden las crónicas policiales, y no falta quien quiere eliminarla, tomé las medidas de precaución.

- Por supuesto, querida Astrid – le dije.

Rato después ya estaba libre, me llevé como pertenencias dos cajas, en una estaban todos los zapatos y zapatillas de mis víctimas. Esa misma noche ya estaba en mi nueva residencia, un departamento de lujo, en la zona de la avenida del Libertador, algo viejo pero era lo que yo quería, tenía para mí toda la fortuna heredada de Carlos Grosso, mi tío, mi primera víctima, la de Gravier, más todo lo que gané con esos asesinatos y los negocios que tenía en la cárcel.

Los primeros días no fueron fáciles, porque extrañaba a mis compañeras reclusas, pero de a poco, fui amando la libertad. Armé una vitrina con los zapatos y las zapatillas de todas mis víctimas, cada calzado tenía el nombre impreso y entre paréntesis, el tamaño de su pie, el talle de su calzado. Una vitrina que se iría llenando de manera astronómica en los tiempos que venían.

Un día recibí la visita de Carlos Luciano Raúl Giacobone. Aunque tenía sexo con el, porque no me quedaba otra, cada vez que me visitaba en la cárcel, debo reconocer que el tipo me daba cierto asco. Era muy joven, un veinteañero, pero me resultaba realmente asqueroso, yo no solo le sentía olor a Queso, algo obvio pues se llamaba Carlos, sino también olor a fiambre y a detergente, una mezcla bastante rara. No me resulto agradable su visita pero no tuve opción, lo tenía que recibir.

Otra vez tuvimos sexo, a pesar del asco que le tenía, disfruté bastante de aquella relación aquella noche, principalmente porque el juego de los pies fue muy intenso, Carlos olía muy bien y eso no lo desaproveché, sentí el deseo de asesinarlo, no lo puedo negar, siempre lo sentía cuando lo hacíamos en la cárcel, pero siempre me contenía, aquella noche, ocurrió lo mismo. Finalmente se fue, lo despaché con gentileza, y me fui a dormir.

Estaba durmiendo y me despertó el sonido del teléfono, creí que era el celular que estaba al lado mío, pero no, era el teléfono fijo, ya dije que era un departamento antiguo, y tenía una línea de esas, además esto que les estoy contando ocurrió en 2004, cuando todavía se usaban los teléfonos fijos de manera importante.

Me levanté extrañada, era la primera vez que alguien llamaba al teléfono fijo, encima, ni siquiera me acordaba de su número, lo levanté y entonces ahí, mientras llevaba el tubo a mis orejas, sentí que unas sogas rodeaba mi cuello, y ahí me dí cuenta que un hombre estaba atrás de mí, y por el olor, a Queso, detergente, y fiambre no dudé: era Carlos Luciano Raúl Giacobone.

Todo ocurrió en unos pocos instantes, que fueron demasiado intensos, el tipo quería estrangularme y empezó a apretar mi cuello, empecé a quedarme sin aire, pero entonces ahí fue cuando pude moverme levemente, y llegué a agarrar unas tijeras que estaban sobre la mesa, y dotada de una fuerza que solo una Quesona puede tener, le clavé las tijeras en la espalda a Giacobone, que cayó por la herida, y entonces yo seguí apuñalándolo.

Cuando terminé noté que por alguna extraña razón, una suerte de premonición tal vez, yo tenía los guantes negros, como en todos mis asesinatos, ahí ví que Giacobone, había llevado un Queso, para tirármelo, sin duda, una vez que me hubiera asesinado.

- Queso, Carlos Luciano Raúl Giacobone – dije entonces, agarrando el Queso y tirándolo sobre el cadáver del asesino, ahora una víctima más de mi larga lista de asesinados.

Agarré sus zapatos y los llevé a mi colección, calzaba un 44. No tuve dudas, que el Quesón, ahora quesoneado, había recibido ordenes de que me tenía que asesinar, quizás la organización estaba detrás de todo eso, sabía que solían descartar a la gente una vez que hubieran satisfecho sus necesidades, pero conmigo era distinto, conmigo no podrían, yo era Ravelia, la Quesona Asesina.

Tomé el cadáver de Giacobone y luego de arrastrarlo en el piso, lo metí, como pude, en una heladera de repuesto que tenía, que sabía que me podía ser útil en alguna ocasión, esas heladeras que usan en los supermercados, unos freezers gigantes, que estaba vacía. Ahí quedó el cadáver de Giacobone, Queso incluído.

Me fui a dormir tranquilamente, y tras un sueño largo y reparador me levanté. Tras un desayuno frugal, fui a un supermercado de herramientas y compré una sierra eléctrica. A todos le llamaba la atención mi parecido con Valeria Mazza, y creo que los que me atendieron creyeron que estaban tratando con ella. También compré muchas bolsas de residuos y unos Quesos. No sé si ya se los dije, pero aunque soy la Quesona Asesina, yo no como Queso de ninguna manera, solo lo uso para mis asesinatos.

Tras una siesta, esa noche, bien descansada, saqué el cadáver de Giacobone de la heladera y lo llevé a la bañera, allí con la sierra eléctrica, lo corté todo, hasta dejarlo en diez bolsas de residuos, donde fui metiendo los restos del asesinado, con Queso en cada uno de ellos. Prácticamente había convetido a Giacobone en lo que era: un Queso.

Tras dormir, dediqué todo el día a repartir los restos de Giacobone en distintos lugares: la ribera de Quilmes, en el Tigre, la Costanera Sur, el Parque Pereyra Iraola, las cercanías del Mercado Central, Campo de Mayo, el riachuelo, etc, seguramente las aves, los roedores, los insectos, y los arácnidos y los perros se encargaron de aquellos restos, pues nunca me enteré que hubieran encontrado alguno. Una obra perfecta. Giacobone servió para algo por lo menos, mantener el orden de la naturaleza.

En cuanto a lo que a mí me refiere, la historia que vino despues, ustedes ya lo conocen, no pasó mucho tiempo, apenas unos pocos meses, cuando asesiné a Martín Palermo, y poco tiempo despues, a Gonzalo Quesada, y ahí sí nació la historia oficial, conocida por todos, de Ravelia, la Quesona Asesina, una cruel, implacable y sanguinaria asesina de hombres, capaz de cometer los crímenes más terribles y atroces.

Simplemente, Carlota Monzón, conocida por todos como Ravelia, la Quesona Asesina.



Así finaliza el relato de la Quesona, contado por ella misma, en primera persona, yo, Carlos Iván Kelso, agregó que tene cuidado pibe: quizás la Quesona ya te vio y vos podes ser su próxima víctima, y tus zapatos o zapatillas terminan en aquella vitrina, donde guarda todos sus trofeos, recuerdos de todos sus asesinados, o mejor dicho, quesoneados.

Texto agregado el 25-04-2020, y leído por 38 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
29-04-2020 Buen relato. Y bueno, con semejante apellido, no es de extrañarse que la Quesona se caracterice por su instinto asesino. walker
 
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