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Solo yo supe adonde terminó Roberto aquella noche. Porque a pesar de él ser un morocho de Cabin 9 y yo un burgués acomodado éramos grandes amigos. Yo que soy un melancólico sempiterno que anduve por tantos psiquiátricos y hospit ales como se pudiera imaginar no tenía que pretender nada cuando estaba con Roberto. Mi tristeza no lo agobiaba ni lo bajoneaba, es más, creo que lo hacía más fuerte. Solíamos ir a tomar cerveza a un barsucho de Pichincha para hablar de amores perdidos, de sacrificios y de medicina. Yo era un estudiante crónico, hacia 7 años que no podía superar Anatomía Patológica de tercer año, y el a pesar de todo eso me respetaba y hasta me admiraba. Siempre decía que a él le gustaría ser traumatólogo pero sentía que una universidad estaba tan lejos de él como la luna. Solíamos charlar y tomar hasta partirnos la cabeza y quedar tirados para despertar en brazos de alguna triste comisionada del amor rentado. A ese barsucho fue a parar Roberto después de la gran pelea de aquella noche.
Fue un mes de marzo de principios del año 2004. Roby tenía 19 peleas en su haber, 13 ganadas, 5 empatadas y una perdida. Por esas cosas de la vida, del dinero y del afán de los empresarios del boxeo habían arreglado una pelea de Roberto con el colorado Oreilly. Un grandote rubión oriundo La Paternal pero de raíces irlandesas. Todo estaba previsto para que Oreilly lo destrozara a Roberto y así accediera sin mayores dificultades a pelear por el título nacional de boxeo de los pesos superwélter.
Cuando Roberto se enteró que iba a pelear ese combate no dijo nada. Nunca le decía ni a los amigos, compañeros de laburo, menos a los padres. A nadie. Pero esa vez me lo contó a mí. Me contó que iba a pelear y que si ganaba podía acceder a disputar el título nacional. Roberto sabía que lo habían entregado, que todos esperaban, inclusive su manager que lo destrozaran. Lo que importaba era el dinero, el dinero de los empresarios porque Roberto se llevaría unos centavos. Pero Roberto se tenía fe. Yo lo supe por su semblante cuando me lo contó. Y por eso yo intuí que me lo contaba porque de algún modo él quería que yo hiciera correr la bola. Y eso hice. Pero les pedí reservas a todos los que avisé y la noche de la pelea aparecimos todos. Cuando Roberto subió al ring y levantó los brazos para saludar, si mi percepción no me falla, pude distinguir una mueca de satisfacción en su boca al vernos.
La pelea comenzó como nadie esperaba. Roberto como un toro violento yendo a buscar al colorado Oreilly por arriba, por abajo, al hígado, a la mandíbula, sin control. El colorado se ve que no lo esperaba. Lo vi mirar hacia su rincón en un gesto interrogante, como diciendo “estos no eran los planes”. Oreilly intentó sobreponerse a la situación pero había subido al ring relajado y en el tercer round un cross a la mandíbula de Roberto le hizo saltar un par de dientes. El colorado se tambaleó, intentó algún golpe tibio para dignificar su inminente derrota y cayó como un caballo muerto sobre la lona. Roberto elevó, glorioso, los brazos pero su cabeza colgaba hacia el suelo como si una especie de culpa inconsciente lo sometiera.
Cuando todos lo esperábamos, entre la algarabía de padres y amigos, nos dimos cuenta que no habría festejos. Roberto había desaparecido. Hubo un gran desconcierto y la gente comenzó, desilusionada, a dispersarse. Pero yo supe adonde había ido. No me lo dijo pero yo lo sabía.
Me tomé un bondi en lugar de un taxi, quería hacer tiempo para pensar cómo lo encontraría, si estaría saltando de alegría de mesa en mesa o no. Me bajé en el centro, con alguna excusa, pero en realidad tenía miedo de llegar a verlo. Estuve en un bar tomando whisky hasta que me sentí envalentonado, un taxi y Pichincha.
Entré en el barsucho conmovido por una mezcla de orgullo y miedo. No estaba en ninguna de la mesas. Casi pateando la puerta entré al baño y lo encontré borracho y desparramado junto a un inodoro. Tenía los guantes de box colgados del cuello. Me quedé sin palabras, con mis manos levantadas en un gesto de sorpresa, como atajándome del golpe de aquella realidad. Roberto se incorporó algo tambaleante y me abrazó. Mi amigo, aquel morocho de Cabin 9, lloraba contra mi hombro. Después nos separamos, se apoyó contra la pared y habló. Me contó de aquellas noches en que una oscura desesperación lo hacía gritar desde lo más profundo de sus entrañas, y entre chapas y paredes de ladrillo sin revocar, recibía de respuesta un silencio filoso como una hoja de afeitar. Me habló de la angustia constante y de escapar reventando mandíbulas primero en las calles y después sobre el ring. Me dijo que se había jurado matar o morir frente a Oreilly. No se iba a entregar como un cobarde. Después se restregó los ojos con el dorso de la mano y entonces su mirada se volvió como la de un perro rabioso y extraviado. Me dijo:
Andate. Y si alguien te pregunta decile que no peleo más. Que no quiero guita ni nada. Que se vayan todos a cagar.
Me fui silbando bajito, de algún modo lleno de satisfacción, me tomé un taxi. No sé lo que hizo lo días que siguieron a aquella noche pero a los 20 días lo encontré. Estaba aliviado y feliz.
Voy a estudiar medicina, me dijo.

Texto agregado el 03-05-2020, y leído por 39 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
03-05-2020 La mejor decisión tomada en caliente pero muy a tiempo; cuando todavía los sesos le funcionaban bastante bien... Entretenido relato donde se muestra los sospechosos y oscuros manejos en el pugilismo...Saludos hgiordan
 
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