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Inicio / Cuenteros Locales / tinterocreativo / Capítulos del IV al VII de Brumas (Historia de terror y vampiros declamada)

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Brumas (Capítulo IV)


Querido diario:
Los enigma se acumulan en mi cabeza. Anoche apenas pude conciliar el sueño.

-¿Quién es el joven que me aguardó en la tienda de arte?

-¿Por qué la advertencia de que estoy en peligro?

Me habló de la muerte de mi madre y me aconsejó que indagara los orígenes de mis padres.

No puedo recordar la cara de la persona que me trajo al mundo. El conde jamás menciona el tema. Se limita a decir que murió y que no se pudo hacer nada para evitarlo.

¿Mi padre también murió?. Sobre él nunca me dijo nada.

-¡Si uno de estos días pudiera ir sola a la ciudad!

-Buscaría a ese muchacho y le preguntaría muchas cosas. Todo lo que me están ocultando.

Pero estoy aquí encerrada, sin poder comunicarme con nadie, a excepción de Nikolai y el ama de llave. También está la cocinera. Es una señora mayor y lleva muchos años en el castillo. Ella debió conocer a mis padres pero no dirá nada por miedo a la reacción del conde. Mentirá como han hecho todos o esquivará el tema por falta de tiempo para contestar mis preguntas.

Ella me ha visto crecer. No puedo creer que si estoy en peligro, como dijo el joven de la tienda, no le importe ni haga nada para evitarlo.

-¿Qué clases de monstruos tengo a mi alrededor?.

¿No les importa lo más mínimo como me puedo sentir ni lo que pueda pasarme?.
Se limitan a callar.
¿Por miedo?.
¿Por cobardía?.
Te prometo que desde mañana voy a empezar las pesquisas para averiguar que le ocurrió a mis progenitores.
Mañana subiré al torreón del ala izquierda. Un día sorprendí a la cocinera y al ama de llaves hablando entre ellas, decían que el conde guarda allí todos sus recuerdos. Me la ingeniaré para entrar y descubrir que oculta tras su mutismo. Soy muy persistente cuando quiero algo y no paro hasta conseguirlo. Han pasado muchas cosas extrañas que carecen de explicación lógica. Pronto cumpliré quince años. Ahora quiero respuestas y no pararé hasta conseguirlas cueste lo que cueste.
Estimado diario un beso de buenas noches, a tus hermosas páginas amarillas.
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Brumas (Capítulo V)

Querido diario:
Sólo faltan unos días para mi cumpleaños. La tristeza me oprime el pecho y el miedo se ha apoderado otra vez de mi alma. He subido al torreón del castillo buscando respuestas a todas las incógnitas que hay en mi vida. La puerta como como suponía estaba cerrada. Aproveche que Andrei había salido para entrar en su habitación y buscar las llaves. Había un olor extraño en ese lugar. Estaba impregnado de un perfume oscuro con sabor a sangre y a muerte. De alguna forma me recordó cuando la cocinera destripa y desangra los animales en la cocina. Casi me desvanecí y tuve que ponerme las manos en la boca para que las arcadas que estremecían todo mi cuerpo, no delatara mi presencia en el lugar. Apenas localice las llaves salí con rapidez del recinto. Me encaminé hacia la escalera en penumbras que llevan al torreón. Subí los peldaños a tientas, con cuidado para que nadie escuchara mis pasos. La puerta era enorme y muy pesada. Tuve que emplear todas mis fuerzas para abrirla. Cuando por fin conseguí entrar un frío helado me abofeteo las mejillas, podía sentir como recorría mis huesos y me helaba el alma. Mi aliento formaba pequeñas bocanadas de humo. Olía a cosas viejas y a moho. La luz entraba por uno de los grandes ventanales cubiertos por cortinas de terciopelo rojo con bordados negros. De las paredes colgaban antiguas fotografías . En una de ellas estaba el conde con una dama de aspecto delicado y una belleza deslumbrante. Había algo en la expresión de ella que me recordó a la niña del mausoleo. Me aproximé para poder contemplarla con más detalle. El parecido entre la bella dama y la pequeña era asombroso. Los mismos ojos, la misma boca, el mismo cabello. Después de esto me dirigí a uno de los enormes y pesados muebles con tiradores dorados y empecé a abrir cajones. En uno de ellos encontré un paquete de cartas atado por una cinta roja de terciopelo.
-¡Querido diario tenía miedo de que el conde me descubriera hurgando sus secretos y sólo me dio tiempo a leer una de ellas!.
Mi querido y amado esposo Andrei:
Siempre pienso en ti y en todo los momentos maravillosos que hemos vivido. No sufras por nuestra querida Irina. Los médicos tienen fe en su curación y hacen cuanto está en sus manos para conseguirlo. Aún no aciertan a explicarse la extraña enfermedad que la consume día a día. Hoy me preguntó por ti. Me miro con sus hermosos ojos y susurró:
-¿Y mi papá cuando va a venir a verme?.
Amado Andrei no supe que contestarle. No podía decirle lo que ocurre y que lamentablemente no puedes ausentarte del castillo. Espero que cuando esta carta llegue a tus manos, el cariño que las dos te tenemos, te de la fuerza necesaria para guiarte y cumplir con lo más justo para todos.
Sin más recibe el cariño de tu hija Irina y tu esposa Katia. Me quedé perpleja al leer estas líneas.
-¿Así que...el conde tiene una hija?
-¿Qué ha sido de ella?
-¿Dónde está?
No pude seguir leyendo el resto de las cartas por temor a ser descubierta. Ahora ya se donde tengo que buscar las respuestas a muchas de mis preguntas. Por suerte nadie me descubrió.
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Brumas (Capítulo VI)

Querido diario:

Esta noche estoy aterida de frío. Un frío inexplicable. Creo que se me ha helado el alma.

Ni siquiera siento deseos de subir de nuevo al torreón. Sólo quiero escapar de aquí. Gritar muy fuerte hasta quedarme sin voz.

Anoche fue la peor pesadilla de mi vida. Me gustaría pensar que no fue real, pero lamentablemente si lo es.

Creo que es el terror el que hiela mi cuerpo y hace que mi corazón se agite alocadamente una y otra vez.

No podía dormir. Me desveló la tormenta y los rayos que caían sobre la parte exterior del castillo retorciéndose como culebras enfurecidas en la oscuridad.

Me levanté descalza. Me asaltó la necesidad imperiosa de asomarme a los ventanales del pasillo. Los que dan a la parte delantera del mausoleo, al que tanto miedo le he tenido siempre.

Cuando miré al exterior se me encogió el alma dentro del pecho.

En la profunda oscuridad de la noche. Iluminado a breves intervalos por los rabiosos rayos, puede divisar al conde bajo la lluvia. Llevaba algo envuelto en una manta que apretaba con fuerza sobre su pecho. Tuve que ahogar un grito de horror que pugnaba por salir de mi garganta.
¡Parecía un bebé!.
La manta en la que estaba envuelto fue azotada por una ráfaga de aire y el pequeño cuerpo quedó al descubierto, sin dejar ningún tipo de dudas.

Contemplé como abría la verja de hierro enmohecida. La misma donde hace tanto años apareció aquella niña ante mi.

Después entró en el mausoleo y cerró tras de si. La lluvia golpeaba con rabia todo el paraje. Una vez más estaba petrificada por el horror.

-¡Pero esta vez tenía que reaccionar!.

No podía permitir que aquella criatura corriera ningún tipo de peligro.

Me calcé y me puse ropa de abrigo. Bajé hasta la cocina. Tomé el cuchillos más grande, el que la cocinera emplea para descuartizar las piezas más difíciles y caminé hacia la puerta principal, dispuesta a todo.

La humedad y el frío del exterior eran terribles. Abrí la verja de hierro enmohecida y me enfrenté a mis antiguos miedos.

El olor era nauseabundo, a sangre fresca y a moho. El mismo que desprende la cocina cuando preparan y descuartizan los animales.

Seguí adelante intentando no hacer ruido. Las paredes estaban húmedas y agrietadas. Cada vez que apoyaba en ellas mis manos, un escalofrío recorría todo mi cuerpo.
Al fin pude divisar una especie de sala iluminada por varias antorchas y un viejo candelabro de hierro. Me oculté en el pequeño pasillo que da a la estancia. Desde allí podía contemplar la escena dantesca. Sentí que enloquecía ante lo que mi razonamiento se negaba a admitir. Tuve que realizar un gran esfuerzo para no empezar a gritar como una posesa.
La joven estaba en una especie de jaula giratoria, cerrada por un enorme y pesado candado.
-¡Sus ojos!
-¡Había algo extraño en sus pupilas!
Algo que me recordó a la niña del mausoleo y a katia, la esposa de Andrei.
Era hermosa, de piel tersa, extrañamente blanca. Labios rojos como la sangre, cabellera rubia y ondulada con reflejos metálicos difíciles de describir. Casi parecía irreal.
Con sus níveas manos agarraba fuertemente los barrotes, mientras seguía con la mirada al conde. Tenía centrada toda su atención en lo que éste estaba haciendo. El por su parte le hablaba sin mirarla, mientras dejaba sobre la vieja mesa de piedra, algo que no se movía, ni emitía el más mínimo sonido.
-¡Un pequeño cuerpo, inerte y frágil!
La pena y la congoja se apoderó de todo mi ser y lágrimas silenciosas empezaron a rodar por mis mejillas.
El continuó ajeno a mi presencia:
-¡Está muerto!. ¡Nació muerto!.
-¿Ves está muerto?. Repetía una y otra vez como si quisiera convencerse a si mismo de sus propias palabras.
Luego murmuró entre dientes una pregunta terrible:
-¿Acaso crees que mataría por ti?
Acto seguido depositó el maletín negro que tenía en el suelo, sobre la mesa y lo abrió.
Sacó de él un bisturí y unas afiladas tijeras.
Lo que ocurrió a continuación fue dantesco. Sentí unos tremendos deseos de escapar de aquel infierno.
Me tape los ojos para no contemplar el mismo averno.
Podía escuchar el sonido de las tijeras, ayudado por el bisturí.
La sangre inocente y dulce goteaba sobre la mesa. El continuaba su labor, ajeno a todo lo demás, concentrado en la perfección de los cortes.
Ella desde la jaula parecía una fiera hambrienta, celebrando el jugoso festín. Salivaba una y otra vez, dejando entrever los dientes, afilados como cuchillos, de una blancura deslumbrante. Huí de aquel lugar despavorida. Cuando por fin llegue al exterior el frío de la noche y la lluvia golpearon mi rostro y una bocanada de asco y terror subió por mi garganta terminando en profundas arcadas que me hicieron doblarme sobre mi misma.
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Brumas (Capítulo VII)

Querido diario:
Hoy el conde Andrei me ha llamado a su despacho. Me ha mirado fijamente a los ojos. He agachado la cabeza para que no descubriera el terror en mis pupilas.
Me ha invitado a tomar asiento. Dijo que tenía que hablar conmigo. Estaba más pensativo y grave que de costumbre. Su voz sonaba un tanto cavernosa:
-Katia como bien sabes, faltan dos días para tu cumpleaños. Quiero que estés de acuerdo con las circunstancias. Hoy marcharé al pueblo a resolver algunos asuntos y mañana me acompañarás para elegir tu vestuario de gala.
-¿Te parece bien?. Asentí con la cabeza sin levantar la mirada. El se dio cuenta de mi actitud retraída y preguntó:
-¿Te ocurre algo que yo deba saber?
-No. Sólo estoy cansada. Es época de exámenes y paso mucha horas estudiando.
-Esta bien, en ese caso puedes retirarte.
Me sentí aliviada al verme libre de su presencia. Caminé rápidamente hasta mi habitación. Esperé con ansias a que él marchara al pueblo, para continuar mis pesquisas.
Eran las cuatro de la tarde pasadas, cuando escuché el ruido del coche de Andrei en el patio de la entrada.
Me asomé a los ventanales para cerciorarme de que era así. Efectivamente no tardó en desaparecer, por el viejo camino de tierra que atraviesa el bosque y llega hasta el pueblo.
Salí de mi habitación y me encaminé hacia los aposentos de Andrei para hacerme con la llave que contiene mis interrogantes. Una vez en el torreón abrí la pesada puerta con cuidado para evitar los secos crujidos. Afortunadamente todo el personal del castillo estaba ocupado en sus quehaceres y nadie descubrió mi presencia en aquella parte del castillo.
Revisé con una mirada toda la habitación. Reparé que en la parte superior del viejo armario de madera oscura, había una especie de baúl metálico. Busqué una silla para que me sirviera de soporte y poder acceder a él.
Pesaba bastante. Casi pierdo el equilibrio al intentar llevarlo hasta el suelo.
Al fin conseguí tenerlo ante mi. Tenía un candado de hierro macizo, de apariencia muy sólida. El problema sería abrirlo.
Como por arte de magia mis ojos repararon en un viejo pico apoyado sobre la pared, en uno de los rincones. Comprendí que podía utilizarlo como palanca y así lo hice. Al cabo de un tiempo y tras muchos esfuerzos conseguí que el candado cediera.
Dentro encontré un frasco de pastillas, una linterna, un abrecartas, ropa de mujer, zapatos y un sobre color sepia dirigido a una tal Adelaida. Lo tomé entre mis manos. Noté que había algo más que papel en su interior. Al ponerlo boca abajo cayó entre mis manos un pequeño crucifijo de plata antigua y cuentas blancas como la nieve. Contemplé las garabateadas letras y dos fotografías desgastadas por el tiempo. En una de ellas una hermosa mujer de cabellera negra sonreía feliz. Al lado estaba un hombre apuesto y fornido con expresión risueña que la tomaba por los hombros.
Movida por la curiosidad empecé a leer:

Mi querida hija Adelaida:
Si estas leyendo estas líneas, eso quiere decir que sigues en el castillo. Lo más probable es que yo no estaré en esta vida, ni tu padre tampoco.
Quiero que sepas que a pesar de no poder estar a tu lado, siempre velaremos por ti desde cielo.
Es posible que el conde te haya dicho que mi muerte fue a causa de una extraña enfermedad y que tu padre se volvió loco. Has de saber hija mía que todo es mentira. Que sólo persigue devolver la vida a su hija Irina, sin reparar en cualquier medio a su alcance para conseguirlo. Muchas vece he pensado que ha perdido la razón a causa del horror por el que él y su esposa han pasado.
El castillo es propiedad de los antepasados del conde, personas muy ricas e influyentes en el lugar. Andrei y su esposa tuvieron una hija a la que llamaron Irina. Una hermosa niña que sólo tiene algunos años más que tú. Todo eso ocurrió antes de llegar tu padre y yo a este lugar. La pequeña enfermó al cumplir los cuatro años. La llevaron a una acreditada clínica de San Petesburgo con la esperanza de que curara, pero no fue así, al poco tiempo murió. El conde la trajo al castillo y comenzaron sus experimentos y el horror. Consiguió su objetivo, verla caminar de nuevo como si estuviera viva, pero algo terrible, sin explicación lógica, la volvió una fiera sedienta de sangre. Su madre no pudo soportar el dolor y falleció de tristeza, dejándola al cuidado de su padre, el conde.
Tienes que marchar hija mía lo antes posible de este lugar.
¡No mires atrás!. ¡Huye!.
Me debilito día a día a causa de las pruebas a las que el conde me somete con la esperanza de curar a su hija. La tiene encerrada en el mausoleo que está al lado del castillo, desde que murió su esposa Katia. El otro día escapó de su encierro. Entró en esta habitación. Parecía una especie de pesadilla. Se acercaba a mi lentamente. Me sentí totalmente indefensa, esperando ser atacada de un momento a otro. En esos momentos apareció Andrei y se la llevó a rastras.
El crucifijo que encontrarás junto a estas líneas, era de tu abuela, es lo único que conservo de ella. Ni siquiera tu padre está a mi lado. No quiero ni imaginar lo que el conde ha podido hacer con él. Me angustia el sólo hecho de pensar que no este vivo. Debes llegar a España lo antes posible. Dentro de este sobre está la dirección a la que debes dirigirte.
Un abrazo hija mía desde lo más profundo de mi corazón...
y que Dios te ayude Adelaida.
Amigo diario me quedé helada de terror, de rabia y de incertidumbre.
¡ Mi nombre es Adelaida!. ¡El lo cambió y me puso Katia!
¡Mi madre no murió de una extraña enfermedad, ni mi padre tampoco!
¡Los mató ese maldito engendro de satanás!

***Pueden ver y escuchar la declamación de este relato en mi canal de YouTube***

https://www.youtube.com/watch?v=EKELTcnErNA

Texto agregado el 17-06-2020, y leído por 129 visitantes. (0 votos)


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