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Ocho o nueve personas sentadas en círculo. Un psicólogo coordinador. Una ventana por donde entra la luz de la tarde para matizar las historias oscuras que se cuentan. Hacía tres semanas que iba a un grupo de autoayuda para adictos. Yo no estaba convencido de querer dejar la merca. La merca era la mujer bella del póster. Pero mi esposa me había amenazado. Un camino o el otro. Ir al grupo atemperaba la situación, el tipo asumía su responsabilidad, por lo menos para el público.
Nadie en el grupo sabía que yo era médico. Cuando me preguntaron yo dije que era vendedor de celulares. Un tipo pelado, cuarentón, con una musculosa azul, llamado Gustavo contó que hacía un mes y medio que no consumía. Había curtido merca desde los veinte años y había tenido una situación crítica, un infarto. Contó que estuvo en coma y vio a su hijo destruido de la tristeza. Decidió largar. Y lo estaba logrando, decía que su hijo era fundamental para él, que juntos tocaban la guitarra, iban a pescar, o a las carreras de auto y que gracias a eso él podía soportar la manija de la abstinencia. Después hablaron otros muchachos que había ahí. Uno que era carnicero, un muchachito apenas pasados los veinte, tenía cuatro novias, y dos o tres veces sexo por día, estaba consumiendo menos merca. Otro muchacho que decía que quería ser como el Indio Solari, ya no tomaba más merca, se fumaba cuatro porros por día. Y después le tocó el turno a un tal Alejandro. Era morrudo, con un tatuaje de un dragón en el brazo. Trabajaba en alumbrado público. Tomó la voz y empezó a increpar a Gustavo, a decirle que estaba cargando todo su problema en el hijo, que era muy tierno eso de tocar la guitarrita con el hijo pero que lo iba a destruir, que el pibe no tenía la responsabilidad de que él fuera un falopero.
A Gustavo se le llenaron los ojos de lágrimas. Pero no dijo nada. Después me tocó a mí. Y dije que para mí la combinación perfecta seguía siendo whisky, merca y casino y que también me encantaba cagar a trompadas a los pelotudos. Hubo un silencio. Después el psicólogo dijo unas palabras finales para cerrar la reunión. Cuando todos se dispersaron me llamó a un costado, me dijo que me midiera con las expresiones.
A la salida del grupo caminé hasta la esquina, me apoyé en un árbol, vi los autos pasar por la calle, un pajarito comiendo miguitas que había en el piso, una anciana tratando de cruzar la calle a pesar de la brutalidad del tráfico. Por fin apareció, sabía que iba a venir, Alejandro, el hijo de puta del tatuaje en el brazo que había devastado a Gustavo.
–Loco –le dije, le puse la mano en el hombro–, ¿vos de verdad creés que Gustavo lo está perjudicando al hijo?
Dudó un instante, como si mi pregunta lo sorprendiera, después dijo:
–Claro, es un pelotudo, que se haga cargo.
Le calcé un puñetazo en las costillas. El tipo se torció, se puso colorado, le faltaba el aire.
Lo empujé y acorralé contra la pared.
–Cuidate con lo que decís, perverso hijo de puta, ¿estamos?
Le puse otro cortito en las costillas, una sibilancia salió de sus pulmones, lo empujé al piso.
Encendí un pucho y agarrando a Alejandro del cuello se lo acerqué a los ojos.
–¿Entendiste? –insistí–. ¿Entendiste?
–Sí, sí –dijo. Le di unas palmaditas en el hombro.
–Así me gusta –dije. Y me fui caminando.

Un póster de Leo Matioli pegado con cinta scotch en la pared. Unas cortinas con ositos. Un rosario de bolitas blancas colgado del respaldar de la cama. Sobre la mesita de luz, un velador, un recipiente metálico lleno de aros, pulseras y anillos. Una birome. En la cama, acostada, una chica, veinte y pico de años. Junto a la puerta de la habitación, los padres expectantes, preocupados.
–Casi se desmaya –dijo el padre–. Estábamos sentados en el comedor y se puso pálida, casi se cae al piso.
La chica estaba acostada, con los ojos cerrados, el dorso de una mano sobre la frente. Estaba muda pero cuando uno le preguntaba decía que le dolía la cabeza, que se sentía débil, que tenía el brazo dormido. La revisé y los signos vitales estaban bien. Tenía antecedentes de migraña y no era la primera vez que le pasaba esto.
–¿Estás angustiada por algo? –le pregunté.
–No –me dijo.
–¿Cómo qué no? –dijo el padre–. Ayer a la tarde estuvo a los gritos, desconsolada. Tenemos problemas familiares.
Le hice una seña a los padres para que me dejaran solo con ella. Se retiraron, arrimaron la puerta.
Volví a preguntarle si había algo que la angustiara y me dijo que no. Me quedé un rato en silencio a su lado, hasta que ella no aguantó más y me dijo:
–Quieren matar a mi hermano.
Me contó que el hermano tenía problemas con las drogas.
Yo también, pensé, quién no tiene problemas con las drogas, quién no lo tiene. Escuché un chiste: si dejaras de consumir un atado de cigarrillos por día, a los diez años tendrías plata para comprarte una Ferrari. ¿Vos fumás? No. ¿Y dónde está tu puta Ferrari? ¿Dónde está?
La chica me contó que el hermano consumía mucho y que a veces estaba agresivo, rompía cosas, golpeaba. Pero a ese quilombo ahora se le había sumado el hecho de que su cuñado, un policía, lo había amenazado de muerte. Relató un hecho: cierta tarde, el policía poniéndole un arma en la cabeza al hermano, un comisario intercediendo, una denuncia en tribunales, otra amenaza de muerte. Le iba a decir que lo invitaba a venir conmigo a esas reuniones de mierda donde todos nos hacíamos los que íbamos a dejar la merca.
–Acá en este barrio a los pibes los matan y los dejan tirados como perros por ahí –dijo.
Después me contó muchas cosas más y al final pareció aliviada.
–Me siento mejor –dijo–. Gracias por escucharme. Nadie me escucha, dicen que estoy loca. Yo estoy en tratamiento psiquiátrico pero no estoy loca.
Después siguió hablando, contándome de ataques de pánico, de su trabajo en una casa de familia, de la plata que nunca alcanzaba, de un camioncito de bomberos que quería comprarle al ahijado.
Su padre se asomó.
–Estoy mejor, papi –dijo ella.
El padre me sonrió, una sonrisa complaciente, sentí que era de agradecimiento.
La chica se puso de pie. Volví a tomarle la presión, a auscultarla, ya no estaba tan taquicárdica. El padre me ofreció un cafecito y acepté. La madre puso unas galletitas de agua en un platito sobre la mesa. Terminamos sentados en la cocina. Entraba la luz del sol por la ventana. Había dos sillones de cuerina blanca resquebrajada sobre un piso de material todavía sin mosaicos. Miré la hora. Les dije que iba a retirarme.
–¿Le debemos algo, doctor? –me dijo el padre.
Tenían que pagar doscientos pesos pero les dije que no, que no debían nada.
–Pero el telefonista cuando llamé me dijo que eran doscientos pesos –dijo.
Salí a las apuradas de la casa.
–No, no, no es nada –dije.
Algo me impedía cobrarle, tal vez el pensamiento cursi de imaginarme a la chica comprando un camioncito de bomberos para el ahijado.
Me subí al auto y arranqué. Entonces el padre se me cruzó en el camino, con las manos elevadas. Tenía un billete de doscientos pesos en la mano.
–Por favor, doctor, cóbrese, cóbrese.
No me quedó otra que aceptar el billete.

El bullicio de las melodías de las máquinas tragamonedas. Cientos y cientos de billetes devorados por las ranuras despiadadas de esas promesas de salvación. Cada tanto alguien festejaba. La ruleta giraba y el ruidito de la bola blanca saltando entre los números me excitaba. Ya no se podía fumar en el casino. La estupidez más grande del mundo. No fumar en un casino. Quién puede concebir jugar a la ruleta sin fumar. En el casino tendría que haber un lugar para encamarse con putas, otro para tomar merca, otro para ponerse bien en pedo, y piedra libre para fumar lo que sea en la ruleta, por lo menos en la ruleta. Una putita apostaba y apostaba y perdía cada una de las veces. ¿Por qué mierda seguía tirando guita al pedo? Yo te entiendo, le iba a decir, pero de pronto se me cruzó, en algún lugar de mi mente, la imagen de la sonrisa de un niño. Me sentí triste, de pronto triste. Apuré un trago de whiskola. Mis dos amigos jugaban con desesperación a la ruleta. Las mozas pasaban moviendo el culo. Tendrán bombacha las trolas esas o andarán sin nada abajo. La merca es implacable, desde la primera vez que la probás te da changüí, te da changüí hasta que volvés, y volvés, y volvés, y te vas y te alejás, y volvés, y pegás la vuelta a la esquina, te subís al Everest, te encerrás en el baño y de algún modo te escapás por la claraboya para darte un nariguetazo. Mis amigos seguían apostando. Yo tenía un toco de fichas en el puño. Lo apretaba. Eran fichas verdes. Si ganaba, si duplicaba la guita iba a quemarme la cabeza, total mañana no tenía guardia. Un médico falopero. Hay médicos faloperos, alcohólicos, putos, burros, ignorantes, perversos, payasos, loros, lagartijas, hay médicos que no soportan la vida. Pero tengo una certeza, todos, absolutamente todos los médicos, hasta los oligofrénicos y los psicópatas, nos alegramos, una sensación amable y cálida, cuando aliviamos a un paciente. Iba a apostar al 13 y al 17, plenos, son mis números, pero de pronto vi pasar en el suelo, a un costado, lentamente, un camioncito de bomberos. Titilaban en el techo unas lucecitas amarillas y rojas. Salí corriendo. Mis amigos me gritaron pero les hice señas con el brazo, me tengo que ir, tal vez entendieron, no importaba.
Anduve con el auto pegando vueltas por la ciudad hasta que encontré en un semáforo un pibe que vino a lavarme el parabrisas. La espuma en el vidrio, el pequeño secador intentando torpemente mejorarme la visión. Me metí la mano en el bolsillo, billetes, agarré, manoteé, saqué un puñado de billetes de cien pesos y se los di al pibe. El pibe gritó algo y salió corriendo a mostrárselo a otro que había ahí. Arranqué y me sentí triste y vacío. Pensé, otra vez, en un camioncito de bomberos. La madrugada me encontró en un hotel, sentado en la cama, escuchando los gemidos de una mujer en la pieza de al lado. No hay tristeza que pueda resistirse a la merca, había leído eso en una novela que en la tapa tenía la imagen de un boxeador.

Texto agregado el 29-06-2020, y leído por 19 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
30-06-2020 Me gustó mucho. Felicitaciones. Mialmaserena
 
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