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De pájaros y niños

Domitila trabajaba desde hacía tres meses en la lavandería del hospital de Santa Clara de Rio de Janeiro aunque el dinero que Jâo traía a casa era suficiente para mantener a la familia y no necesitaba trabajar, pero él no iba a salir tan la cárcel porque esta era la tercera vez que lo sorprendían en plena caza prohibida de papagallos en la selva mientras los entregaba en unas cestas a un hombre que le pagaba por las aves y para que tuviera la boca cerrada.
Su puesto de bananas y ananás del puerto no le rendía lo suficiente para criar a sus cuatro hijos .Jâo y Domitila estaban orgullosos por poder mandarlos con zapatos a la escuela.
Dos meses después del arresto de Jâo, Domitila ya no tenía dinero para alimentar a la familia y aceptó agradecida el trabajo que le ofreció la asistente social que visitaba a las familias de la favela del Morro.

En la lavandería del Hospital de Santa Clara Domitila ganaba poco, pero conseguía redondear el salario con el arreglo de ropas que le entregaban en una canasta cada semana. Cierta vez, al darle la canasta repleta de ropa le dijeron que debía entregarla a una mujer vestida de gris que la esperaría en la esquina del hospital. Domitila no era tipo de hacer muchas preguntas y se sorprendió cuando al entregar la canasta, la mujer le entregó en cambio otra idéntica. Al llegar a su casa descubrió un sobre de dinero escondido entre las telas.
Este tráfico se repitió con frecuencia. Ella no preguntaba el por qué del intercambio de canastas, aunque a veces le pareció escuchar como un quejido sofocado que salía de entre los trapos.
La mujer, contenta con el pago no quiso enterarse qué llevaba en el cesto.
Después de un año, Jâo volvió de la prisión y Domitila seguió trabajando en la lavandería del hospital. Los cambios de canastas se fueron haciendo más espaciados, pero en el último, dos hombres la esperaban en la esquina en lugar de la mujer vestida de gris. La obligaron a entregarles la cesta y la metieron a empujones en un coche.
El quejido se convirtió en llanto y una manito morena asomó entre los trapos.

Texto agregado el 10-07-2020, y leído por 74 visitantes. (7 votos)


Lectores Opinan
20-07-2020 La vida a veces es muy cruel, para unos y para otros, Domitilia esclava de su necesidad, y esos niños... Además, esta humanidad parece estar repleta de quienes trafican con las necesidades ajenas. shou
14-07-2020 Es muy triste imaginar tanta necesidad y a lo que se puede recurrir para salir de ella. En estos casos,a nadie le importa ni siquiera involucrar a pequeñitos... Duele... Que bien desarrollas la historia e involucras al lector dejándolo con gran tristeza... ***** Un beso Victoria 6236013
11-07-2020 Te felicito por escribir esta historia tan humana que nos habla de un mundillo bien identificado de pobreza e ilegalidad. Saludos. Clorinda
11-07-2020 Yvette, es un tema al que no logro calificar. Lo has escrito con calidad como son tus escritos. Pasa que me ha remitido directamente a unas noticias que supe hace poco y que no me animo a contar ni siquiera bajo el falso título de ficción. Son demasiado aterradoras e involucra a niños precisamente. Un beso y un par de alas para volar!!! MujerDiosa
11-07-2020 Por lo que leo debajo te pido paciencia Yvette, todo pasa. Es buena tu historia, ¡qué lejos está la humanidad de tener algo de humana!, y no me refiero a las miserias de abajo, las miserias de arriba son mucho más miserables. Cariños, Carlos. carlitoscap
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