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Desconfiada frente a la cámara, Ruth, la mujer más longeva del pueblo, aceptó tomarse la fotografía de cumpleaños con su familia. El fotógrafo, con la tela negra cubrió su cabeza para aislarse de la luz ambiente y dijo: -Sonrían para la foto. Así, así. ¡Quietos! En ese momento escuchó la aldaba retumbar, abrieron la puerta y apareció el nieto que faltaba, llamado Patricio.

Como siempre, tardaba en vestirse, y antes de ir al festejo, dio su habitual paseo de exhibición por la calle más concurrida. Su vestido era impecable desde la bota del pantalón hasta las solapas del saco: Usaba guantes de cabritilla, zapatos con puntera de charol, que retrataban nítidamente los objetos de la calle y producía un chirrido constante al caminar; en la mano llevaba siempre, dándole continuas vueltas entre los dedos, una varita con mango de plata, el cuello de la camisa era almidonado y recto; en la corbata centellaba un prendedor dorado con un ojuelo de vidrio color esmeralda; en el bolsillo del pecho sobre el saco, surgían las puntas de un pañuelo de seda rojo, su cabello rizado le daba un cierto aspecto de fascinante coquetería. Al pasar iba dejando un airecillo que denunciaba el uso de perfumes concentrados y provocaba una sonrisa maliciosa en los transeúntes. El balanceo del cuerpo y de los brazos, unido al hábil movimiento de la varita, obligaba a muchos a que le abrieran calle mientras que lo seguían con la mirada.

Su saludo fue memorable, juntó los pies, luego se inclinó profundamente, entornó los ojos, tosió suave mientras enderezó la corbata; y dijo: -¡Abuela, se le saluda!. Continuó su camino con aire triunfal hacia el grupo reunido para la foto conmemorativa y algunos lo miraron con una mezcla de pena y sorna.

Y como toda fiesta ha de estar acompañada de baile, música y comida, pero también de invitados que critican peinados y los trajes de los demás, al pasar Patricio al lado de su tía Francisca, esta lo miró de arriba abajo y dijo: -Vanidad exterior es indicio de pobreza interior. Él no le dio importancia porque, aunque sabía que era un hombre vanidoso, no es orgulloso, para él la presunción es el amor propio al descubierto, sin traumas ocultos que la vanidad encubierta ni sentimientos de inferioridad que compensar.

Infundo una gran alegría y dinamismo al festejo. La mayoría estaban fascinados con su risa melodiosa, pero Francisca se acercó a la abuela que estaba sentada en la mecedora para que examinara atentamente la falta de naturalidad de Patricio en su modo de actuar, y sus ademanes de mujer, pero ella interrumpiéndola respondió: “Quien tiene un minuto de alegría, siempre hará feliz a los demás”. A la abuela le agradaba contemplar la vida cerca de su nieto, porque en ocasiones los vanidosos son el médico de la melancolía.

Al finalizar la fiesta, Patricio toma su bastón y se marchó a casa, siempre marcando tendencias en la moda con su estilo personal, elegante, seguro pero atento a su imagen, solo siendo él mismo e irradiando su mágica energía.

Texto agregado el 21-07-2020, y leído por 22 visitantes. (0 votos)


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