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Por Jazbel Kamsky

SINCHI QISU

Un estruendoso rayo cayó encendiendo las ramas secas de un viejo roble erguido a orillas de la laguna “El Oconal”, maravilloso recipiente de vida en la selva peruana. Los animales del bosque observaban con asombro la inmensa llamarada formada bajo las intensas lluvias de aquella tarde de verano.

Qisu, una menuda tortuga de patas amarillas, se escondía temeroso del ruido en su caparazón de forma de corazón. De pronto, un joven quelonio de nombre Lluqi gritó a viva voz —¡Fuego, Qisu tienes fuego en tu coraza! --al tiempo, que cogiendo con su boca una rama carbonizada del viejo roble emitió chispas al rozar el extremo incandescente sobre aquel particular caparazón.

El pequeño reptil, de gran corazón sobre su dorso, corrió despavorido hacia la laguna, mojándose todo. Al emerger, unas cuantas algas cubrían su caparazón dando la apariencia de una selecta vicuñita de pronunciado mechón.

--¡Allá viene “Qiwa” --decía Lluqi en tono burlón, imitando su femenino andar-- miren todos como Qisu se convirtió de pronto en “Qiwa”, la tortuga homosexual!

Los ruidosos truenos y la continua lluvia le permitieron a Qisu, bajo la sombra de su impermeable coraza, evitar escuchar las carcajadas y los prejuiciosos comentarios dirigidos a cuestionar su inusual opción sexual.

Al cesar la lluvia y retornar la tranquilidad, Asiri, la vizcacha sonriente, le solicitaba levantando su garrita derecha: --¡Dame esa pata de tortuga! Qisu se alegró de escuchar a su mejor amigo y al asomar con lentitud su cuadrada cabeza, un notable puchero en su rostro evidenciaba su profunda tristeza. La vizcacha sonriente erizó su pelaje anaranjado descolorido al observar una inscripción sobre la coraza de su amigo afligido.

--¿Quién se atrevió a escribir “Kiwa” sobre tu romántico caparazón?
--No lo sé amigo, al parecer muchos aborrecen lo distinto, ya sea en lo físico o en lo mental, como el decidir ser homosexual.
--¡Tú no eres sólo distinto, eres único y el mejor de mis amigos!

Algunas lágrimas de emoción brotaron de aquellos ojos grandes de tortuga, lágrimas que muy bien aprovechó Asiri para mojar su rabito de vizcacha y proceder a limpiar aquella malintencionada etiqueta sobre su caparazón.

Al tiempo que Asiri se marchaba, el viejo Urcututo, el búho del bosque, que todo lo ve y todo lo sabe, descendió de lo alto de la rama de un cedro hacia donde se encontraba Qisu. La tortuga se acurrucó dentro de su caparazón apenas sintió la frialdad del viento producido por el brusco aterrizaje de aquella vieja ave de rapiña sobre una piedra cercana.

La tortuga oyó entonces una grave voz decir: --¿Tú debes ser el singular Qisu? Con sus patitas tiritando de miedo, desde su caparazón respondió: --Si, soy yo. El viejo búho esbozando una sonrisa de lado y extendiendo sus largas alas, en señal de gran poderío, comentó: –Escuché muy atento tu conversación con Asiri y tengo una única pregunta que deseo respondas. Dudando de las buenas intenciones de aquella voraz ave de rapiña, Qisu le contestó: --Si está en mis posibilidades, entonces responderé. El prejuicioso búho del bosque recriminó: --¿si todos los machos decidieran ser homosexuales; cómo lograrían las tortugas tener descendencia y sobrevivir? Olfateando el aroma a tierra mojada, tratando de calmar sus nervios, Qisu asomó su cabeza con lentitud y observando fijamente al temido Urcututo replicó con firmeza: --Si uno así lo decide entonces puede tener descendencia con una tortuga hembra sin dejar de amar a la pareja elegida. Las pupilas del viejo intolerante se dilataron mientras ululaba moviendo su cabeza de lado a lado, de un solo impulso se elevó por los aires, dando giros como manecillas de un reloj alrededor del cedro, hasta ocultarse tras su follaje.

Varias noches sin estrellas transcurrieron desde aquel día, cuyas lluvias torrenciales llevaron al río Huallaga, caudaloso río de la selva, asiento de feroces bestias entre pirañas, grandes boas y cocodrilos, a desviarse de su cauce y terminar por desembocar en la laguna “El Oconal”.

El rey de las bestias, Maqaq, el cocodrilo más temido de la selva, atroz animal capaz de engullirse a una sachavaca de tan solo un bocado, vivía ahora junto a Qisu y los demás animalitos del bosque.

Unos cuantos monos chillaban alborotados sobre nogales próximos a la laguna, dando alarma de la incursión de Maqaq y sus feroces amigos hacia sus alrededores. La guerra estaba declarada, la mayoría de especies animales huían y otros pocos luchaban por defender sus hogares, sin éxito.

Asiri, el amigo de Qisu, terminó emboscado por cuatro brutales cocodrilos.

--¡Llegó el final de tus brincos –esbozando una amplia sonrisa, le dijo Maqaq, y con un tono grave de voz continuó-- ridículo roedor!
--¡Quién ríe al último ríe mejor! –Le contestó la atrevida vizcacha.

Aprovechando su habilidad para el salto, el amigo de Qisu, logró que dos enormes cocodrilos se estrellasen cuando decidían atraparlo, cayendo noqueados frente a él. Con viveza evadió a los dos cocodrilos restantes, aunque le bastó un descuido para ser golpeado con la cola de Maqaq, estrellándose contra el tronco de un eucalipto, quedando en el suelo aturdido por el impacto.

Mientras Maqaq se acercaba abriendo sus grandes fauces para devorarse a la vizcacha, la tortuga de romántica coraza decidió vencer sus temores, y usando una rama de bambú se catapultó en dirección al temido cocodrilo, logrando pegarle con su dura caparazón en la cabeza, noqueándolo de inmediato. Otras tortugas del bosque imitaron la valiente acción, venciendo pronto a los feroces intrusos.

Es sabido que el peligro inminente hace a los verdaderos valientes. Las tortugas del bosque gritaban a viva voz: --¡sinchi Qisu, sinchi Qisu, sinchi Qisu!

El valiente Qisu no solo había demostrado ser un valiente guerrero como sus antepasados, sino ahora era un héroe entre los animales del bosque. Sus compañeros dejaron de burlase de su opción sexual y empezaron a valorarlo sin tantos prejuicios.

FIN

Texto agregado el 21-07-2020, y leído por 63 visitantes. (0 votos)


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