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La mesa tenía el mejor mantel de hilo, las copas de cristal, la vajilla de porcelana, la charola de plata fina, las flores y el pan fresco; de la cocina llegaba el aroma de los manjares, solo era cuestión de esperar a los invitados.

La alcaldesa oyó la aldaba crujir sobre la puerta, colgó el delantal en una silla, se retocó en el espejo, acomodó sus joyas y esbozando una sonrisa falsa abrió la puerta. El rostro de la mujer se desdibujó cuando observó que era su hermana Eleonora quien había llegado de sorpresa. Ambas eran muy diferentes, mientras que Eleonora era una mujer dicharachera, alegre y bromista, la alcaldesa era poco amistosa en su trato, inflexible y absolutamente seria, muy exigente, no le gustaban las bromas ni toleraba que nadie perdiera el tiempo.

Eleonora abrazo a su pariente, ingresó a la casa, se preparó una copa y encendió un cigarro, divisó que todo estaba muy elegante como para recibir una visita y antes que preguntara algo, su hermana le advirtió que esperaba algunas personas prestigiosas del pueblo, así que conociéndola como la conocía no quería ningún tipo de comentario de mal gusto.

Eleonora se defendió argumentando que a ella no le hacían gracia sus desgracias ni las ajenas sino que todo lo tomaba con gran sentido del humor, además, consideraba que es importante aprender a reírnos, encontrar en cada situación una anécdota que nos haga sonreír, levantar las comisuras de los labios y así alivianar el alma, sin embargo, la alcaldesa la tomó de un brazo y la condujo a su cuarto, le enseñó sus vestidos, le propuso que se vistiera con uno de ellos para el evento, luego volvió a oír la aldaba de la puerta principal y dejó a su hermana en la habitación.

Los invitados iban llegando y en la sala de visitas mientras todos hablaban de un momento a otro apareció Eleonora saludando. El rostro de la alcaldesa se tornó en rojo de ira porque su hermana no se vistió para la ocasión, su silencio se deshizo de pronto en murmullos. Momento después, todos se dispusieron a ir a la mesa. Mientras comían, los que conocían a Eleonora, la observaban extrañados por su actitud, no contaba chistes, ni hacía juegos de palabras, no exageraba, ni era graciosa de manera premeditada como era su costumbre, sino todo lo contrario, demostraba una solemnidad impuesta por considerar todo demasiado en serio.

Una de las invitadas no aguantó su curiosidad y preguntó a Eleonora delante de todos por su comportamiento, ya que estaban acostumbrados a su efusividad, a lo que contestó Eleonora señalando con un dedo a su hermana, que ella le había advertido seriamente no decir ni una sola palabra por miedo a arruinar la reunión, así que todos rieron a carcajadas y esta vez el cuerpo de la alcaldesa se tornó en rojo de vergüenza. Luego, todo volvió a la normalidad como suele suceder en una reunión social, donde la gente siempre termina intercambiando chistes y haciendo gala de dotes histriónicas.

Eleonora por su parte, con su gran sentido del humor siguió hablando con los invitados y siempre transmitiendo esa energía positiva que generaba a los demás otorgando momentos felices. Cuando todos se marcharon, la alcaldesa recordó los sucesos de la reunión y la mujer que no le gustaba reír, ahora la risa le volvía a cántaros. Después de un tiempo es más fácil poder reírse de uno mismo, porque el buen humor conlleva una actitud hacia la vida, una manera de verla o recibirla, una modalidad de estar en el mundo.

Texto agregado el 22-07-2020, y leído por 34 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
23-07-2020 Eleonora, siempre hay un alma en la fiesta. Atayo
23-07-2020 Me gusto mucho tu relato. jaeltete
22-07-2020 Sonríe al mundo y el mundo te sonreirá. MUY BUEN RELATO. Shalom amigazo Abunayelma
 
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