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Inicio / Cuenteros Locales / El_Galo / La propia sangre para engañar la sed

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Agua. Agua. Pies enredados, tobillos que se entrechocan, y una nube de tierra que levanta vuelo entre el cuero pálido de las botas de potro. Tambalea. Agua, murmura, con una voz que apenas si es un chasquido. Como el del lazo que esa mañana lo despejara de la montura del tobiano y lo hiciera hacer sapitos con el culo hasta terminar con la cabeza encrespada de abrojos y ortigas. La lonja de cuero le apareció de atrás, y se le cerró encima a la altura del vientre. El tabaco que fumaba quedó suspendido en el aire un segundo. Los labios que lo sostenían ya no estaban más.

Ahora rodaba entre los cardos. La jeta roja por el sol y las horas cabalgando. Ullúa y Cabral habían alcanzado a escaparse. Pero en el apuro se olvidaron vacas y compañero. El más borrego del grupo. Un arriero de ley no abandona. Esos dos, tus compañeros, flor de hijoeputas resultaron ser, le dice uno de la partida. Él apenas distingue los sombreros y las rastras de esos que lo llevan maniatado, a los tropezones, por esos cerros secos. Salpicados de cascotes rojos. Invencibles en el horizonte. Agua, gime. Tiene sed el abombao, Benavídez. Dale un coscorrón a ver si así se le va la fiaca, ordena el que parece ser el jefe de la partida.

Talonea Benavídez, recorriendo el largo de la columna de baqueanos de adelante para atrás. No son más de quince. Los mejores quince baqueanos que podían juntarse en todo San Juan. Caminá, sotreta. Caminá que aunque te hagás el paspao no vas a tener la suerte de quedarte seco acá. Baja el brazo de Benavídez una vez. Dos. Tres. El rebenque le cruza el hombro derecho. La espalda. Le abraza el cogote. El permanente tironeo del alazán no lo deja caer de rodillas. Ni siquiera eso, abombao, le dice la cabeza de la partida. El sol del mediodía le parte la frente al medio. Flota el maniatado, que los baqueanos también ven como un borrego, entre los senderos que lastiman a los cerros.

Hasta que los caballos encaran una lomada, con él enredado entre las pajas vizcacheras, y a lo lejos se ve una casa. La primera de muchas. Un valle. Ranchos de adobe. Corrales. Y más atrás un caserón; el único de ladrillos. Rodeado por un alambrado que dibuja un rectángulo que se pierde detrás de otras montañas. También se ve, al sur del caserón, la tierra cruzada por canales y acequias mojando el maíz, el poroto, la calabaza, la uva que vendrá. Después están las vacas. Que desde la lomada parecen granos de viruela enfermando la tierra elevada.

Trotaron hasta que el bayo que lideraba la tropa alcanzó la tranquera del caserón. ¡Maidana!, gritó el jefe. ¡Mueva el ojete, Maidana! Un paisano rengo salió del rancho que estaba más cerca de la tranquera. Levantó la traba y los caballos marcaron el paso hasta los bebederos. El borrego siguió el movimiento de la tropilla aferrado con las dos manos al lazo que lo tiraba. A la par de la caballada, hundió la cabeza en los fuentones. ¡Mirá cómo toma el recién destetao, che!, se burló Maidana. Él dejó de tragar y levantó la cabeza. Qué pasa, abombao, no te la irás a agarrar con el viejo rengo ¿no? Quedate ahí, haciéndote el zaino, que te quieren conocer, dijo el mandamás de la partida.

El gaucho pegó media vuelta y caminó hasta el caserón. Antes de hacer sonar la madera de la puerta con los nudillos, tuvo la delicadeza de limpiarse las botas en el trapo que aparecía estirado en el umbral. El borrego volvió la trompa a la aguada. No había tomado dos tragos cuando una patada en el culo lo metió de cabeza en el fuentón. ¿Así que vos sos uno de los que se metió en mi campo para llevarse animales? El muchacho no contestó. ¿Cuántos años tenés? Siguió el silencio. ¡El patrón dice que cuántos años tenés, sotreta! La bota del jefe de la partida le hunde las costillas y el golpe apenas si deja aire para pronunciar una palabra. Veintinueve. Veintinueve. ¿Veintinueve años y ya andás de cuatrero vos?, preguntó el patrón. Yo no me robé nada. ¡¿Qué no robaste nada, hijoeputa?! La nueva patada del jefe de los gauchos da de lleno en su pera. El borrego cae hacia atrás, como desmayado. Basta, Pedernera, intercedió el patrón.

¿De dónde venís, pavote?, interrogó el dueño del caserón. ¿De dónde venís? De Mendoza. Arriando las vacas. Las vacas de don Rudecindo De la Roza. Allá está lloviendo menos que acá, así que el capataz nos mandó a buscar agua entre estos cerros. Entre mis tierras será, sotreta. Nosotros no sabíamos nada de sus tierras, don. ¿Ah no? ¿Y qué hacían vos y los otros arrieros metidos entre mis vacas? ¿O vos te pensás que Pedernera bichea de gusto? Ahora te ganaste una dormida con un catingoso del que no te vas a olvidar en tu puta vida. ¿Qué van a hacer conmigo, don? Mañana te vas a enterar. Vos no sabés dónde metiste el hocico. El patrón le dio la espalda. Sí, abombao, vos no sabés dónde metiste el hocico, repitió Pedernera.

Atadas las manos a la espalda, Maidana lo tomó de un brazo y lo guió hasta otro rancho de adobe y paja que se levantaba en las inmediaciones de la tranquera. ¿Qué me van a hacer, viejo? Callate, zonzo. Lo de zonzo es de atrevidos, se revolvió el borrego. El cabezazo sorprendió a Maidana en el medio de la nariz. El viejo se desplomó como un tronco seco. ¡Miralo vos al abombao! ¡Miralo vos!, se burló Pedernera, a lo lejos. Desbocado, el muchacho corrió hacia la tranquera todavía abierta. Pedernera se dirigió a uno de la partida, que renegaba con un alazán que no quería arrimarse al palenque. Che, Rivero. Mande, Pedernera, respondió el gaucho. Pialame al abombao aquel, que ya corrió mucho y no quiero que se me canse para estos días. El lazo del paisano zigzagueó en el aire y luego se abrió, ancho y redondo, muy cerca de la cabeza del muchacho, que ya casi había alcanzado la tranquera.

La soga se tensó cuando lo rodeó a la altura de las piernas. Y se hizo nudo y tirón cuando le encontró los tobillos. Mientras caía, el borrego se acordó que tenía las manos atadas a la espalda. Dio de jeta contra el piso. Los dientes y los labios se le confundieron en una mezcla de barro y bosta que le revolvió las tripas. ¡Juerza Rivero! ¡Juerza!, gritaban los gauchos detrás suyo. Lo levantaron de los pelos pero él no se quejó. Después lo acomodaron en el rancho al que lo habían llevado tras el encuentro con el patrón. A la pasada, Maidana aprovechó para doblarlo de un golpe con el mango del rebenque. Tenés china esta noche, mudo, le dijo Pedernera a una sombra sentada adentro de la tapera. La sombra, un hombre también, recibió a la comitiva sin que se le moviera un pelo.

Los atan espalda con espalda. Muñeca con muñeca. El sol de esa primera tarde se cuela a través de la paja de un techo tejido de arañas. La comitiva se despide con un portazo y luego todo es silencio y respiración. Oiga, don ¿cómo se sale de acá? El borrego se empezó a zamarrear, como tratando de soltarse. Don, tire para su lado que esta lonja es vieja y se tiene que cortar. Pero el hombre, el otro, no se mueve. Se vuelve una extensión de carne del muchacho que, sentado en el piso de tierra, mueve el pecho hacia un lado y el otro tratando de aflojar los nudos. Dele, don, que estos nos quieren tener toda la vida acá adentro. La respuesta fue un suspiro. Apenas eso. Después comenzaron a sonar los grillos. La negrura de la noche chistando como una lechuza. Los mosquitos. El sueño que pesa tanto como la travesía a través de los cerros, un lazo tensado, una patada en las costillas, un fustazo.

Lo despertó la sensación de humedad. El sol. El sol siempre venenoso. Casi dio un salto cuando una mancha inesperada se hizo laguna entre sus piernas. El peso del otro hombre todavía dormido lo mantuvo pegado al piso. ¡Viejo de mierda, te measte!, gritó el borrego. ¡Te measte y me measte a mí, viejo maula! ¡Despertate, che! El cuerpo todavía dormido se mueve despacio. De a poco vuelve en sí. ¡Te measte! Pero el hombre, el otro, no dice nada. En un momento, la puerta se abre. Es Pedernera. ¿Payaste mucho con el mudo? El jefe de la partida aprieta un pucho con los labios. Pero che, ¿ya se hicieron hermanos de meo y todo? Benavídez, vení y separa a los mugrientos, ordena. El gaucho desenredó con habilidad. Mudo, levantate y buscalo a Rivero, que otra vez se llenó el pozo y ya no hay lugar para seguir cagando, dijo Pedernera.

Por primera vez pudo ver al mudo a la cara. Una barba negra le tapaba los cachetes. Las cejas le colgaban desde el techo de los ojos. Tan largas que casi se le unían a la barba por los costados de la jeta. Tenía puesto un chiripá marrón, con manchas oscuras en el culo y a la altura de la guacha. La jedentina que largó cuando pasó frente al borrego dejó en claro que el mudo hacía rato que se meaba y se cagaba encima. Arriba, la camisa desprendida daba a entender que había sido un soldado. O que le había robado la prenda a un caído en batalla. El mudo ni siquiera le dedicó una mirada. A ver, abombao, vení que está lindo pa tomar el sol, lo llamó Pedernera.

Benavídez lo levantó de los pelos. Me manchás con la meada y te paso a degüello, maula, le advirtió. Pedernera rió afuera del rancho. No lo hagás enojar al Benavídez, mirá que es de los que ensarta una mosca al vuelo con el facón. Lo llevan a los empujones hasta el terreno que se alarga atrás del caserón. Muy cerca de donde vuelven a empezar los cerros. Ahí lo espera el resto de la partida. Y el patrón, que sostiene el mate en una mano y mantiene la otra en el hombro de un chico. ¿No saludás, desgraciado?, lo recibe. Hay criaturas presentes, che. Un poco de educación, animal. Pero el muchacho no dice nada. Le sacan la camisa de un tirón. Un día vas a tener que lidiar con toda esta gente, Tomás. El patrón le habla al chico. Y con esta gente los modales que ves adentro de casa, como los que te enseñó tu pobre madre, que en paz descanse, no tienen sentido. Este hombre, así como lo ves, no es distinto del tobiano que te está enseñando a montar Pedernera.

¿Y cómo le enseñás al tobiano por dónde tiene que ir?, preguntó el patrón. Con la rienda, dijo el chico. Además de la rienda, insistió el padre. Con el rebenque. Así es, Tomás, con el rebenque. A ver, Pedernera, enseñale a este matungo como enfilar por la huella. Lo hicieron arrodillar. El primer rebencazo le sacudió el hombro. La lonja colorada le llenó de sarpullido la piel. Después vino el tripazo en el medio de la espalda. El borrego se dobló hacia adelante. La postura en cuatro patas le dio a Pedernera la comodidad para cruzarlo en las costillas, el cogote, la nuca, el culo. El rebenque se frenó cuando el niño empezó a vomitar. Es un momento, Tomás, dijo el patrón. Te prometo que no será como con el mudo. Pero no me dejás de mirar a este animal. No me lo tenés que dejar de mirar, Tomás. Para asegurarse, el mismo patrón puso empeño en sostenerle la cabeza al chico, manteniéndole la frente hacia arriba con una mano mientras con la otra le levantaba la mandíbula. El mate lo tomaba Benavídez. Pedernera volvió a castigar la piel ya en carne viva del muchacho.

El chico volvió a vomitar. El rebenque ahora sonaba tosco, como un hacha golpeando el tronco nudoso de un piquillín, cada vez que tocaba el cuerpo del borrego. Cada golpe arrancó del chico, del hijo del patrón, una nueva arcada y los brotes de una pasta blanca escapándole de los labios. Volviéndose líquido para luego correr a través de los surcos de la mano que le sostenía la pera. La cara hacia arriba. La mano del patrón. La mano de su padre. Esto es por tu bien, repitió el patrón una y mil veces. Pedernera terminó de subir y bajar el brazo cuando el muchacho en el piso dejó de moverse. ¿Lo tiramos a los chanchos?, preguntó el gaucho. Pero qué dice, Pedernera, lo cortó el patrón. Este hombre todavía está vivo. Y nosotros no somos bestias. Póngalo a tomar sol y luego me lo lleva al rancho junto con el mudo. Y me le da agua y comida. ¿A este también quiere que le cortemos la lengua?, se metió Benavídez. No creo que sea necesario. Miralo, Benavídez, no creo que a este le queden muchas ganas de cantar.

El patrón caminó rumbo al caserón acompañado por el chico. Ya no te van a quedar ganas de andar metiéndote con campos y vacas que no son tuyas, murmuró Pedernera, mientras hacía fuerza para poner al borrego boca arriba. El muchacho estaba inconsciente. Sólo unas horas después, cuando despertó, entendió que eso que le cocinaba la cara y el pecho no era más que el sol. Quiso cubrirse los ojos, pero los brazos no le respondieron. Miro para cada lado y vio las muñecas apretadas con la tierra. Las piernas separadas y también pegadas al piso. Dejó caer la cabeza hacia atrás. Rogó que no lo dejaran estaqueado hasta el otro día.

¿Vos estás seguro que este es el nombre? Sí, patrón. Traía el papel entre las pilchas. El patrón tragó el vaso de vino de un tirón. Se sirvió más. Tomás entró en el comedor del caserón. Quiero que otra vez lo atés espalda con espalda al mudo. Y que Rivero vigile que no hablen o se hagan señas entre ellos ¿se entendió, Pedernera? Sí, patrón. Volvió a mandarse el vaso completo de un saque. La puerta se cerró atrás de Pedernera. ¿Qué pasa, padre? El patrón se sirvió más vino. ¿Te hablé de las mujeres, Tomás? No entiendo. Claro, de cómo son las mujeres, ¿te hablé? Creo que no, padre. ¿Sabés qué es lo mejor que tenía tu madre? ¿Por qué la elegí? No, padre. Porque ella siempre abandonó todo para estar con su hombre. Para estar conmigo. Hasta el día de su muerte fue una esposa que no descuidó su hogar. Me dio el mejor hijo que podía tener. No preguntaba. No discutía. No se oponía. Sólo se preocupaba por mantener este paraíso. Desde el día que la vi supe que era la compañera ideal para un hombre como yo. Un hombre mayor y respetado.

Tu madre fue un caso especial, Tomás. Fue la distinta dentro del hembraje. Porque hay otras mujeres. Las comunes. Las que te desprecian a vos y a lo que vos ofrecés. Las que se mueven por lo que les dice la concha. Disculpame que me exprese así, Tomás, disculpame, pero con ciertas hembras no hay manera de ser educado. No se han ganado el respeto de uno. No entiendo, padre, qué es lo que me quiere decir. Dejá que te cuente, Tomás. Dejá que te cuente, porque a vos también alguna ingrata se te va a cruzar en un baile algún día. Como a mí. Hace mucho, casi treinta años para ser más preciso, yo impartía justicia en todo lo que conocés hoy. No había nada que pasara en estos cerros y en este desierto de lo que no estuviese enterado. Sobre lo que yo no tuviera la posibilidad de decidir. Yo era la ley. El juez de paz. El que manda servir. Fue en esa época, en la que tu madre no había aparecido todavía, cuando una hembra se me empezó a arrimar. En los bailes, en las fiestas, en las guitarreadas. Me miraba a los ojos. La china más atrevida que vi en mi vida. La más agraciada del valle también. La mirada en llamas, como de león, tenía. Los hombros tallados por el mejor artesano de San Juan. Las piernas que podía adivinar suaves como una cerámica abajo del vestido.

Durante semanas me siguió y me siguió en todas mis noches, siempre con la promesa en el aire de compartir el lecho. De volverse mi pierna. La china del juez de paz. Pero pasó algo. ¿Qué pasó?, lo apuró el chico. Pasó que estaba casada. En yunta con un criador de caballos piojoso, que seguro la tenía agarrada a pura guacha. A pura clavada. A puro grito entre las sábanas. Ella, tan despreciable como él, había elegido un bárbaro para hacerse mujer. Y así yo me quedé afuera del rancho. De entrada nomás. Con el mate cebado pero sin poder tomarlo. Después fue verla siempre desde el mostrador de la pulpería. Sus manos acariciando la trompa percudida del macho. La panza que le fue creciendo.

Hasta que un día Pedernera, que ya en ese momento me servía con la fidelidad que no había tenido esa puta, me dijo que había dado a luz. Que había nacido el gurí del Baudilio Bustos. Me encerré por semanas. Dejé de ser la ley por culpa de la caña y la ginebra. Pero un día Pedernera volvió con una noticia. La mejor. La montonera se había llevado al Baudilio Bustos a la fuerza, para pelear en La Rioja con el corajudo del Chacho Peñaloza. Ella iba a enviudar. Todos los sabíamos. Así que cabalgué hasta su rancho, brioso por una nueva oportunidad. Con el corazón que me reventaba el pecho. ¿Pero sabés la que me tenía guardada el destino? El patrón tragó el vaso de vino y volvió a servirse. El chico sólo atinaba a mirarlo a los ojos. Alguien le había ido con el chusmerío de que la iba a reclamar para mi catre, siguió el patrón. Se me habían adelantado, quizá su padre, el viejo Pedro. Le habían dicho que yo le quería poner mi apellido al gurí. Que iba a ir a su rancho sólo para preñarla. Eso le dijeron. Y yo al galope y sin saberlo. Sin saber que ella ya no estaría en su rancho. Que la yegua había manoteado un cacho de pan y un poco de agua, y se había largado a seguir a la montonera. A seguir al Baudilio Bustos.

¿Y qué pasó?, se animó a preguntar el chico. Ella se perdió entre los cerros, Tomás. Se quedó sin pan y sin agua, no encontró nunca a la montonera y terminó abajo de un algarrobo. Murió de cansancio y de hambre. La encontraron unos tal Romero, Ávila y Orihuela. Ellos la enterraron y salvaron al gurí, que se mantuvo vivo chupando de la teta de la madre. Yo tuve que aceptar que la historia fue así. Que hay que cuidarse de las putas, Tomás. Porque lo que hacen, la mierda que generan, te persigue toda tu vida. Y te alcanza hasta el día de hoy. No entiendo, padre. ¿Acaso no viste que Pedernera andaba con un papel que encontró entre los trapos del cuatrero que estaquearon hoy? Sí. Ese es el gurí, Tomás. El gurí de Bustos. El hijo de la Deolinda Correa.

El patrón no terminó de vaciar otro vaso de vino completo cuando Pedernera, a los gritos, interrumpió el trago y el relato. ¡Se escapó, patrón! ¡El mudo se escapó! El patrón bajó la cabeza y repasó el borde del vaso con la yema de un dedo. ¿Y adónde pensará llegar ese hombre? No sé, patrón, mire si cuenta. Mire si les dice. ¿Con qué lengua, Pedernera? Tampoco pensarás que ese animal sabe escribir, ¿o sí? Se sirvió vino. ¿Te dije, Tomás, que lo que hacen las putas perdura en el tiempo? Sí, padre. Retirate, Pedernera, por favor. El gaucho obedeció, aunque sin entender a su jefe. ¿Vas a ir atrás del mudo?, preguntó el chico. No. No vale la pena perseguir a un hombre muerto. No puede hablar ni sabe escribir. Suponiendo que el zaino se hace entender de otra forma ¿a quién le importa alguien que no existe para nadie desde hace veinte años? Yo no pensaba que el mudo hacía tanto tiempo que estaba acá, padre. Vos no podrías recordarlo nunca, Tomás. Además, el volvió loco de la montonera. ¿De la montonera? Sí, de la montonera, Tomás. Porque yo a ella no la pude tener ni sentir. Pero me prometí, en esos años, que de una forma u otra me cobraría la deshonra. ¿Y cómo hice? Poniendo abajo de mis botas eso que ella más quería. Lo que más deseaba.

Sólo a mí me tocó lidiar con la burla de los gauchos. Con el deshonor del que casi es cornudo. Porque ella no estuvo conmigo, pero debería haber estado. Y para muchos también fue así. Fue como si me hubiese cambiado por otro. Por un hombre al que no le tembló la pera para hacerle un gurí. Y para después abandonarla con la criatura en brazos. Porque, me vas a decir ¿no se podía escapar de la montonera? ¿Me vas a decir que no tuvo oportunidad en algún momento, alguna noche? No tuvo los huevos bien puestos, sino no se hubiese entregado a la tropa. Por eso, cuando volvió, porque él volvió al final, y aunque yo ya no era juez de paz, hice que lo trajeran. Que se quede acá, sin hablar, porque lo que tenía para decir tendría que haberlo pronunciado hace décadas. Comiendo y durmiendo hasta que le llegue la hora. Bajo mi voluntad. Mi voluntad sobre lo que ella más quería. Bueno, pero el mudo acaba de irse, padre. No del todo, Tomás. Lo mejor de su vida, o lo que quedaba de eso, todavía está en ese rancho meado en el que hice que pasara años atado y sin lengua. Sin entender siquiera por qué estuvo acá. Eso que se acaba de escapar es lo que queda del Baudilio Bustos.

Dos noches más tarde, un murmullo que fue creciendo sacó al borrego de la modorra que le atenazaba la cabeza. El rumor dejó lugar a la madera de la puerta quejándose despacio, remoloneando como un gato. La madera cedió y en el umbral aparecieron el patrón y Pedernera. Cortalo, dijo el jefe. Pedernera cercenó el tiento que le marcaba las muñecas. A la rastra, Maidana y Rivero lo sacaron del sucucho. Tomás, el chico, el futuro patrón, miraba todo sin separarse de su padre. Ahora agarrás los dos trapos que te va a dar Maidana y te mandás a mudar, dijo el patrón. Y si te vuelvo a ver por estos cerros, con mis propias manos te voy a arrancar los huevos y te los voy a hacer comer. ¿Adónde quiere que me vaya?, dijo el borrego. ¿Vos me lo preguntás a mí? ¿Acaso no tenés a tu vieja encima para que te guíe y te cuide el culo? El muchacho bajó la vista. Yo te conozco. Te hacés el pavote para pasarla bien, pero a mí los secretitos no me gustan. Yo soy solo, murmuró el borrego. El cabo del rebenque de Rivero le atizó la cara. Tambaleó pero no cayó. Vos sos el hijo de la Deolinda. La puta de la Deolinda. La puta que ahora los gauchos, cuando se ponen en pedo, juran que es santa. Que es milagrosa. La puta que murió por amar tanto la guacha de su macho. El muchacho intentó caer sobre el patrón, pero la fusta de Benavídez lo alcanzó en un ojo. Se paró en seco. Mañana a la tarde la partida saldrá a bichear todo mi campo. Así que mejor que empieces a mover las tabas, dijo el patrón. Además el mudo te lleva una buena ventaja. ¿El mudo? Sí, el mudo, sotreta. El que estuvo atado espalda con espalda con vos estos días. El que no sabe que es tu padre.

El borrego se volvió una sombra ni bien el patrón terminó de hablar. Nadie se le interpuso cuando, a la carrera, avanzó hacia los cerros secos que se recortaban en el horizonte. ¿Por qué, padre?, preguntó el chico, un rato después, cuando ya el silencio se hizo insoportable. Nadie había movido un dedo. ¿Por qué no, Tomás? ¿Por qué no dejar que el desierto que se tragó a la Deolinda ahora se los trague a ellos también? ¿Por qué no dejar que el sol y las piedras se coman este dolor de casi tres décadas? Como tu madre, la Deolinda no va a volver. Yo ya me cobré mi parte. Tuve para mí la razón del abandono. Ahora, que la tierra haga suyo lo que queda. Pero ellos van a terminar haciendo lo que buscó esa mujer, padre. ¿Vos creés que se van a juntar? ¿Vos te pensás que el desierto los va a dejar, Tomás? Explicale, Pedernera. Contale qué hace el sol cuando no hay planta que se le interponga.

Tropieza con sus tobillos. La nube de tierra que arranca la bota de potro. La paja vizcachera. Tambalea. Debió haber pegado la vuelta, sí. Más vale la lanza de Pedernera que el pico del carancho cayendo en pleno desmayo. Padre, piensa. Madre. Otra vez los yuyos secos, las toscas sueltas dándole sombra a la yarará. Otra vez la búsqueda, el éxodo, la mirada perdida en el polvo tratando de hallar un cacho de tela, una huella, aunque sea una escupida del hombre que se pretende encontrar. Como hace tres décadas, el sol raja al medio los pastizales y atonta el vuelo de los chimangos. Piensa en sus antiguos compañeros, en Ullúa y Cabral, quizá ya en Chile.

Levanta la cabeza y el sol ya cruzó la mitad del cielo. Pedernera debe estar aprontando el recado. Pasándole grasa de chancho a la hoja de la tacuara para que ensarte mejor. La imagen de la partida cabalgando le despierta las piernas. Vuelve a trotar y un hilo de baba se le escapa de los dientes y le cae al pecho. Está delirando. Levantó fiebre. Se mezcla con el pastizal. Las lomadas. Tropieza con un cascote de arcilla casi blanca y cae. Se levanta y ve que tiene un agujero en la bombacha. Hay sangre. Se toca y le arde. Lleva los dedos a la boca. La propia sangre para engañar la sed. Hasta que a lo lejos ve el monte, los algarrobos. Llega en cuatro patas, deslizándose como un perro rengo. Con la rodilla lastimada ahora negra de tierra.

Alcanza a apoyarse en un tronco, tantear el fresco, cuando la ve salir de entre las colas de zorro. Las cortaderas. El vestido rojo le ciñe la cintura. El pelo ondulado hecho un rodete detrás de la cabeza. Vuelve a chorrearle la baba. Ella está a un paso y sonríe. Sonríe cada vez más. Levanta una mano para correrse el bretel y dejar que el pecho se asome. Oscuro como la noche en el pezón. La piel es harina recién molida. Ella se acerca, pecho al aire. Hay una caricia suave sobre el pelo calcinado por el sol. La mujer se pone de rodillas, a su lado. Se acerca hasta que el pecho roza los labios del borrego, que apenas si puede mantener los ojos abiertos. Madre, alcanza a decir él con una voz vuelta silbido. Madre. Después llega el silencio, que apenas se sacude cuando los caranchos empiezan a apurar el aleteo.

Texto agregado el 01-08-2020, y leído por 80 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
12-08-2020 ¡Madre mía! de lo que me había perdido. Felicitaciones. Tu historia llena de crudeza y personajes rudos hace fintas hasta transformarse en la más pura de las ternuras. Me ha fascinado. Un abrazo, sheisan
01-08-2020 Me hiciste doler el alma, sentir rabia, comparar los abusos de siempre con los de ahora, que a diferencia de cuchillas, levan balas y matan y se burlan en las calles llenas de zombies con mascariilas, cuando sólo queda el odio y ninguna esperanza. Tu escrito es la historia de todos los tiempos, que estábien narrada...para no ovidarla y traerte estrellas que nacen de la admiraciòn de poder leerte... FaTaMoRgAnA
01-08-2020 Me gusta que uses diálogos integrados (sin molestas comillas; ni guion), delata eso a una persona que ha escrito/leído bastante. eRRe
01-08-2020 Sí que es impresionante. Me has recordado a Juan Rulfo nada menos. Un placer, Galo Maravillas
01-08-2020 Es impresionante. Lo que admiro de tu escritura, más que nada, es la capacidad de armar metáforas y comparaciones a una eternidad de distancia de los lugares comunes. Siempre me sorprenden. MCavalieri
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