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Después del leve temblor de tierra, todos observaron una columna de humo negro que se extendió casi por todo el pueblo. Los primeros en llegar fueron los coristas quienes dieron aviso a los habitantes que algo había caído del cielo y destruido la pequeña capilla junto a la iglesia. Donde alcanzaba la vista era una sola llamarada. Algunos empezaron a correr. Las llamas naranjas y rojas avanzaban, como un ejército en combate, disparando para todos lados, cada vez más rápido se iban arrastrando entre el césped, el viento de pronto cambió y siguió el camino del bosque. El humo negro subía por el cielo como nubes de tela gruesa.

Los pobladores apencaban con cualquier cosa que estuviera a su alcance. Decenas de vecinos se pasaban baldes de agua de mano en mano. Hombres con mantas y machetes guerreaban como podían entre las llamas. No había cuadrillas y ni siquiera existía el más mínimo plan de contención, sólo un pueblo lejos de allí tenía un equipo de bomberos, pero tardaban mucho en llegar, aparte de que simplemente contaban con un viejo camión de manguera que transportaba unos cuantos litros de agua.

Era inútil, el fuego ganaba. Carmen, la maestra, desesperada gritó: “Saquen lo que puedan”. Luego vinieron otros hombres con palas y ramas. “Hay que pegarle al fuego para que no avance, gritaban”. El calor se ponía peor, todo era rojo, los árboles encendidos, la cara de los hombres llena de tizne, pero ni una nube se divisaba. En otros pueblos, todos observaron la novedad misteriosa y comentaban con curiosidad el aparente incendio, lejano y gigantesco. Era un efecto en el cielo nunca visto. En medio del incendio, hubo pequeñas batallas particulares. Una fue la de los animales: Perros bajados de los techos por varios vecinos y gallinas que se tiraban de un segundo piso.

El cura Eliseo invocó el auxilio de todos los moradores a la santa patrona con las letanías que se acostumbran en la iglesia. La oración sería la versión que la mitad del pueblo tendría para explicar el milagro que aconteció, pero la otra mitad le daría el crédito a Lilia, porque en medio de la estampida, la pequeña niña, quien mantenía siempre un pincel en el bolsillo, lo tomó y empezó a tocar las nubes como si el cielo fuese un lienzo y estuviese pintando al óleo, donde tocaba las nubes se tornaba en gris, como activando un mecanismo interno. El caso es que empezó a llover torrencialmente. El cielo estaba completamente negro iluminado a veces por relámpagos. La alegría fue inmensa cuando el suelo estuvo anegado de agua.

Se quemó toda la capilla, dos casas, algo del bosque, más no la iglesia y ninguno de sus habitantes. Varias mujeres estaban mirando los daños y una de ellas se dio cuenta que en donde estaba la capilla, ahora había una piedra ferrosa parecida al tamaño y forma de una calavera humana, además, era muy sensible a la atracción magnética.

Y como todo lo que conduce y arrastra al mundo no son las máquinas sino las ideas, la alcaldesa tuvo una muy buena; se llevó la roca, en el sótano de su casa había creado un pequeño museo donde cobraba por ver, y así obtuvo fondos donde construyó lo destruido en un tiempo record.

Texto agregado el 13-08-2020, y leído por 29 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
13-08-2020 Muy descriptiva narración en torno a una catástrofe y creativo el modo de acabar con el problema. ¡Quién no quisiera tener un pincel así! Saludos cordiales. Mnemosine
 
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