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Finalizadas las tímidas celebraciones de año nuevo, regresamos a nuestras labores en el hospital. No recordábamos festividades más ingratas, encerrados en el agobio de cuatro paredes, escuchando el mensaje desvirtuado por la voz aguda de Pinochet enfatizando la palabra futuro mientras se segaban vidas a la vuelta de la esquina. La historia se dibujaba con crueles trazos, el golpe de estado había instalado goznes en las gargantas y las palabras se diluían en el fondo de nuestro estupor para crear un lenguaje de señas, de gestos imperceptibles que desafiaban el entendimiento: ojos que se entornaban, labios, que sellados, pugnaban por dibujar la alerta, el temor castañeteado por los dientes, el aprecio imaginado por la lengua amordazada. Y en esa realidad filosa, simulábamos que nada ocurría, pero esta pesadilla inimaginada hacía añicos nuestra convicción de seres humanos, nos pisoteaba con excesivos bandos radiales, sintiéndonos transportados a los escenarios grises de la Alemania del Führer y nuestro sentir embutido a empellones en la piel doliente de aquellos seres martirizados.
Las dictaduras se aposentan y lo transforman todo sin que exista algún contrapeso. Demasiado lenta, la puerta se comenzó a entornar y aunque nunca recuperamos esa dignidad pisoteada, una velada esperanza nos permitía el resuello. Las voces gangosas de los integrantes de la junta militar se hicieron familiares así como el perro reconoce y menea el rabo cuando aparece su dueño. Pero, una cosa indefinible vibraba junto a los acordes irregulares de nuestros corazones, acaso un germen de rebeldía que se solapaba entre infinitesimales venas, un grito contenido que sofrenaba la ira.
Fue Facundo Olivos, empleado de servicio y un tipo redomado de rostro ceñudo y voz aguardentosa, quien nos invitó a Servando y a mí a que fuéramos a conocer a dos muchachas. Mi inocencia fue superada por la curiosidad. “Quizás necesitan subir al piso para visitar a algún paciente.” pensé. Servando sonreía degustando por adelantado el sabor de una aventura. Imaginaba quizás a dos muchachas bien formadas llanas al convite de unas cervezas que temperarían los hilos de una entretenida conversación. Pero Facundo, maligno en sus maquinaciones, sólo disimulaba entre sus comisuras marcadas una sonrisa tenebrosa.
Caminamos en esa tarde primaveral por un sendero rodeado de extensiones de pasto desprolijo y flores silvestres. Cada cual abrigando sus expectativas y Facundo, con esa sonrisilla diabólica que comenzaba a aflorar. Corrían rumores sobre la mentalidad retorcida del hombre, episodios turbios con las auxiliares, quienes preferían evitarlo antes que plasmar una denuncia que pudiera comprometerlas a ellas. Pero Facundo gustaba de ser el funambulista que se equilibraba en el delgado cable de la turbiedad y no entendí jamás como un tipo tan oscuro como él laboraba en un hospital. O quizás son las poderosas energías que transitan de sala en sala las que terminan por envilecer a algunos seres, del mismo modo que a otros los impulsan a realizar actos de fe.
Nos detuvimos frente a la puerta de un cuartucho pequeño. Facundo extrajo de su bolsillo un manojo de llaves, eligió una y la introdujo en la cerradura. Ingresó y volteando su rostro hacia nosotros nos invitó a pasar. Todas nuestras febles teorías se precipitaron de golpe sobre las maderas terrosas del piso. Lo que me golpeó con aterradora crudeza fue lo que visualizamos en tal tristísimo ambiente. Dos cuerpos que se dibujaban en la penumbra tendidos sobre una especie de mesón. Vestían ropas juveniles, bluyines, poleras, vestimentas que ceñían la inmovilidad aterradora de esos cuerpos. El estupor nos atragantó las palabras y sólo atinamos a contemplar la inesperada escena. Facundo estudiaba nuestros rostros con esa risilla perversa dibujada en sus labios. La improvisada morgue, que días atrás se utilizaba para depositar herramientas, ahora era un recinto lóbrego.
-¿Qué pasa aquí? –preguntó con su voz rescatada de la estupefacción el bueno de Servando.
-¿Qué no lo están viendo? ¡Son las dos muchachas de las que les hablé!
-¿Pero cómo se atreve? ¡Esto no es para hacer bromas?
Facundo se encogió de hombros: –Yo sólo les dije que vinieran a conocer a dos muchachas. Acá, la culpabilidad corre por cuenta de su propia curiosidad.
-¿Qu que les ocurrió?- pregunté vacilante, sospechando la respuesta.
-Toque de queda. Las muchachas disfrutaban de una conversación con un grupo de amigas y no escucharon la voz del que les gritó: ¡Alto!
-¡Malditos milicos! –lancé, imaginándolas risueñas caminando por los pasillos del hospital. Quizás alguna vez recurrieron a mí por algún documento e intercambiamos palabras y esas cosas sencillas que realizamos los seres en nuestra precaria inmediatez. ¡Pobre familia! ¡Que desgracia! ¡Y que infamia de este depravado de Facundo de invitarnos a este macabro juego!
Esa tarde, los rumores, la vaguedad de las informaciones, esa sensación blandengue de que lo malo sólo les sucede a los demás, dio paso a una desnudez existencial que expuso mi ser de huesos ateridos, tal si una bala enredada en el tejido difuso de esta nueva realidad amenazara con dispararse y volarme los sesos.
Las jóvenes aquellas merodearon por largo tiempo en mi imaginación, se me aparecían en los recovecos del pasillo, en los ventanales encortinados, eran siluetas difusas, desoladas, que en un instante cobraban aliento y aspecto en el de otra muchacha apurando su paso hacia la consulta.
Los años transcurrieron lentos, fatigosos. La maquinaria golpista se había asentado y se agarraba con tentáculos voraces a la institucionalidad secuestrada. Pero, no se perdió la fe y con lentitud, pero con pasos firmes, se logró lo que parecía imposible: que hubiese una elección y que veedores de todo el mundo garantizaran la limpieza del proceso. Así se hizo y el resultado permitió que recuperáramos la democracia, lo que ya es historia conocida, puesto que ésta requiere de numerosos remiendos que permitan una verdadera justicia, lo que se considerará en octubre próximo en el Plebiscito acordado.
Y esa noche, entre los cánticos y la euforia, sintiendo en la piel ese cosquilleo que sólo experimentamos cuando la emoción se nos mete entre cuero y carne, en un minuto regresaron a mi mente la imagen dolorosa de miles y miles de asesinados y desaparecidos. Y en muchos hogares se replicaron las lágrimas por los que no llegaron a esta cita y que desde algún punto indeterminado, contemplaban todo con hambre de justicia en sus desvaídas figuras.

















Texto agregado el 25-08-2020, y leído por 74 visitantes. (7 votos)


Lectores Opinan
03-09-2020 Tristísimo. Son tremendas tu letras, como un bisturí van cortando y metiéndose bien profundo en el que lee. A no olvidar. Abrazo. MCavalieri
26-08-2020 Sólo puedo decirte Guido, terrible... MujerDiosa
25-08-2020 —Mucho que comentar, pero por ahora: Aún con sus falencias, me gusta vivir y morir en democracia, por lo cual la pregono y la defiendo igual que la libertad. Aún así considero que hoy toda elección o votación, de la índole que sea, más que conseguir consensos y gobernabilidad busca establecer hegemonías ideológicas y/o partidistas, produciendo con ello división y antagonismo, lo cual sólo tiende a menospreciar esa democracia que todos pretendemos construir. —Saludos. vicenterreramarquez
 
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