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Inicio / Cuenteros Locales / fabiangs7 / Sor Feliciana (Parte 1)

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El autobús de colores con campesinos subidos hasta el techo, con fardos de alimentos, cerdos, gallinas y demás productos agrícolas había llegado al pueblo. Cuando todos descendieron del vehículo, solo había quedado una monja durmiendo profundamente. Debía de estar muerta del cansancio porque estaba incómodamente colgando del banco, se notaba que estaba rezando un rosario eterno. Respiraba lentamente, era joven, tenía rasgos angelicales, el hábito se le había recogido y sus piernas estaban a la vista. Unas piernas perfectas barnizadas por unas medias de seda digna de la más seductora de las mujeres. El conductor se había perdido en los contornos de los muslos y de refilón vio un santo que tenia clavados sus ojos en él. Se sonrojó de vergüenza.

El hombre se inclinó y le tocó un hombro dulcemente. “Hermana” Susurró. La joven entreabrió los ojos verdes y por un momento puso cara de no entender nada. Se incorporo, el hábito cayo como un telón. Sor Feliciana de San Francisco tomó su equipaje y se dirigió rumbo a la iglesia por una calle polvorienta, había llegado al pueblo en busca de la sobrina del cura quien había huido del convento.

Anaid, conocida por todos como “la santita”, se encontraba probándose unos sombreros en la tienda de la marquesa, cuando vio pasar a Sor Feliciana, palideció por un momento, y tragó saliva. Aquella visita implicaría el descubrimiento de que la santita, de santa no tenía ni un ápice, y recordó la frase de su tío en la misa: “La verdad es como el aceite, que siempre sale a flote”. Sus días en el convento como novicia, vestida de hábito y velo negro fue una cotidianidad que no se ajustó a su manera de vida. Reflexionando en lo que iba hacer, pensó que a veces, una mentira que hace feliz es mejor que una verdad que amarga. Así que compró con el dinero hurtado de las limosnas un sombrero decorado con plumas y se fue a alcanzar a la monja.

La monja se encontró con el cura; después de un abrazo y pasada la emoción de verse, el padre Eliseo felicitó a la religiosa por las buenas costumbres y enseñanzas del convento, porque su sobrina a pesar de no ser una monja consagrada, se dedicaba a rezar para curar enfermedades y hacer el bien a aquellos que lo necesitaban.

Sor Feliciana no podía creer lo que oía y en el momento en que iba a relatar que Anaid faltaba a la obligación debida, como la de seguir las normas, asistir al coro y a los oficios, recibió la religiosa el abrazo de bienvenida de la joven y evitando que hablara, la tomo del brazo y se la llevo con el permiso de su tío a dar un paseo por el pueblo. Le afirmó a la monja que ahora era una mujer que creía fervientemente que los excesos de devoción la acercaban más a Dios, y por su propia consagración era defensora de los más altos valores.

La madre superiora le había advertido a Sor Feliciana de la patraña de las tórridas visiones mística de ángeles con las que resultaba la santita, pero por el modo en que la gente la saludaba en la calle, creyó la versión de sus apariciones. Todos la miraban como si fuera casi una santa, como formada de luz o envuelta en un espíritu luminoso, como un ser de otro mundo incapaz de inspirar otro sentimiento que no fuesen asombro y veneración. Así que Sor Feliciana de San Francisco, queriendo aprender y vivir su vocación con plenitud, y aspirando a la santidad y a la perfección, decidió quedarse en el pueblo.

Continuará...

Texto agregado el 02-09-2020, y leído por 34 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
03-09-2020 Leí primero la segunda parte y luego me encontré la primera. La verdad no es tan largo el texto como para dividirlo. La escritura es liviana, fluida y se lee rápido. Un abrazo, sheisan
03-09-2020 Interesante, original; espero la continuación... Abunayelma
 
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