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Inicio / Cuenteros Locales / IGnus / Sí, insisto con otro relato largo. ¡No aprendo más!

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Mi lógica es simple: Si a quien le gusta leer, puede leer libros completos... ¿Qué daño le harán unos miles de palabras?

Además este relato tiene misterio, mucho de sexo y humor. En honor a eRRe, me tomé el trabajo de quitarle todos los "mente" (eran muchos), y debo admitir que quedó mejor.
Espero alguien lo lea, y les guste!


Capítulo I

—Por favor. ¡Ayúdame a ocultarme!

El panorama que Ivy encontró apenas abrió la puerta de su departamento, la dejó boquiabierta.

Un hombre, de alrededor de cuarenta y cinco años, cabello largo y rostro asustado, la esperaba al otro lado.

—Mi nombre es Myles...

—¿Myles Kennedy? No mientas… —Ivy estaba a punto de cerrar la puerta, pensando que intentaban engañarla.

—¡No, espera! Un grupo de fans me vio entrar al edificio y me corrieron por las escaleras tratando de quitarme la ropa. ¡Mira cómo estoy! —él le mostró varias tajos en su camisa— Golpeé la primera puerta que encontré y era la tuya. ¡Por favor déjame entrar un rato para que no me encuentren!

Ivy sopesó las circunstancias. Si el tipo no era Myles, por lo menos era su hermano gemelo. Ella era policía, estaba entrenada y podía ponerlo fuera de combate si fuera necesario. Podía creer en él. (Además, ella quería creer que en verdad era Myles. ¡No había tipo más sexy en el mundo!)

Se hizo a un lado, y él se apresuró a entrar. Instantes después se escuchó a la horda de chicas pasando frente a la puerta:

—“¡Búsquenlo! ¡Tiene que estas por aquí! ¿Dónde se habrá escondido?”

Myles suspiró cuando se encontró a salvo, y agradeció a su salvadora con una encantadora sonrisa.

—¿Puedo sentarme?

—¡Oh, Sí! Perdón. Es que no estoy acostumbrada a recibir muchas visitas —se excusó Ivy, haciendo a un lado varias prendas de ropa que estaban diseminadas sobre el sillón, entre ellas unas braguitas muy sexy, que intentó ocultar lo mejor posible.

—Te agradezco mucho por ayudarme. Vine aquí a visitar a un amigo, pero no esperaba ser reconocido —dijo él, quitándose la gorra con la que en forma fútil intentó ocultar su identidad (los lentes oscuros quedaron en poder de las chicas), y sacudió sus largos cabellos, liberándolos del encierro.

Ivy estaba enmudecida. Aún no había caído en la cuenta.

—“¿Tengo a Myles Kennedy en mi departamento y estamos solos?”. “Cuando se los cuente a las chicas, no me creerán” —pensaba.

Entretanto, ella había ido a la cocina para buscar algo fresco que servir a su visita. Eligió jugo de frutas. No quería embriagarlo… ¿O sí?...

La conversación se volvió amena cuando comenzaron a hablar de música. Ella era una apasionada de la música, y se lo dijo. Él llevaba la música en la sangre, y amaba su profesión.

Luego ella le trajo una guitarra, y él improvisó unos acordes, y hasta cantó un poco para ella.

Ivy flotaba en nubes de algodón. Myles Kennedy cantando sólo para ella… Era casi un sueño. Su camisa rasgada dejaba ver la piel en varios sitios. Sus ojos claros la observaban, y ella se sonrojó ante la profundidad de esa mirada. Bajó los ojos con coquetería, y él, tomándola de la barbilla la obligó a volver a mirarlo.

Entonces, él comenzó a acariciar la cabeza de Ivy muy despacio. Sus manos cada vez se atrevían a más, y poco a poco iban ampliando su recorrido, para alcanzar su rostro, su cuello, los hombros desnudos de ella...

Ivy estaba en éxtasis. Sentir las manos de él tocándola era muy excitante. Ella ni siquiera notó el momento en que él desprendió los botones de su camisa, y el sostén. Todo desapareció como por arte de magia.

Dicen los músicos que a la guitarra hay que tratarla como a una mujer. Myles estaba tratando a Ivy con el mismo respeto, amor y talento, con el que tocaba a su guitarra. Ella sentía que él estaba haciendo música con su cuerpo. La estaba tocando como si de un afinado instrumento se tratara. Estaba creando una melodía invisible a partir de su cuerpo, y a ella no sólo le encantaba. ¡Le fascinaba!

Poco después, cuando él comenzó a recorrer sus hombros con pequeños y rápidos besos, ella se animó a más, y comenzó a besarlo en forma desesperada, mientras trataba de quitarle los restos de la camisa.

Él se dejaba hacer, pero no permanecía inactivo. Rápido, y con envidiable pericia, había logrado quitarle el resto de la ropa, mientras en un solo movimiento desabrochó su pantalón y lo dejó caer.

La traviesa e inquieta lengua de él, recorría palmo a palmo el cuerpo de Ivy, transportándola a un mundo más allá del terrenal. Ella podía oír la melodía que entre ambos estaban creando. Podía percibir la armonía que los embargaba.

Su piel ardía en deseo. Todos sus puntos más sensibles estaban al rojo vivo.

Sin dudarlo ni un segundo, se dejó llevar por él, quien sujetándola por debajo de las piernas, la alzó en el aire para luego depositarla con suavidad sobre su propia hombría, que desafiaba con creces la gravedad, al mantenerse erguida y palpitante.

Mirándola fijo a los ojos, la hizo descender despacio, para saborear por completo el instante en que ingresaba en la parte más sensible del cuerpo de ella.

Fue entonces que ambos, poseídos por una pasión que convirtió ese instante en un lapso de absoluto frenesí, comenzaron a sacudirse en forma arrebatada, disfrutando por completo de aquella melodía lujuriosa que llenaba todos sus sentidos.

No fue sino hasta el día siguiente, en que una de sus amigas acudió a su departamento, que el cuerpo de Ivy fue encontrado en un charco de sangre. Su propia arma reglamentaria estaba aún en su mano. Las pericias comprobaron que se trató de un suicidio. Nadie pudo comprender el verdadero motivo de la trágica decisión. Ni siquiera ella misma…


Capítulo II
Si había alguien que tenía una coartada perfecta respecto de la muerte de Ivy, ese era Myles Kennedy. No conocía a la chica. Además tenía alrededor de cinco mil testigos que afirmarían que él estaba en un recital ese día a esa hora, y a miles de kilómetros de distancia.

Estaba claro que nadie le preguntaría, de hecho él nunca se enteraría del hecho… No había ninguna razón para imaginar que él tuviera algo que ver con lo que pasó. Nadie lo vio en ese edificio. Eso sería absurdo. De hecho, mucha gente lo había visto en otro sitio, como dijimos más arriba. Además, la autopsia reveló que Ivy fue la que apretó el gatillo de su propia arma. Lo que los investigadores no alcanzaron a explicarse, es el hecho de que ella estuviera desnuda, y con signos de haber hecho el amor (consentido) momentos antes de acabar con su vida. ¿Dónde estaba su hipotético compañero? Era un misterio.

Esta última pregunta daba vueltas y más vueltas en la mente de Aimeé, la coordinadora del grupo de cadetes al que había pertenecido Ivy. Ellas acababan de salir de la academia, y estaban haciendo sus primeras armas en un departamento de verdad. Tenían todavía mucho que aprender acerca de la calle y la forma en que un agente debe actuar ante diferentes circunstancias. Para eso estaban Aimeé y su amiga Lynn, quienes habían sido designadas por el Jefe O´Neall para, palabras textuales: “Cuidar de que estas estúpidas no se metan en problemas”.

El jefe, Josué “Barrabás” O´Neall era un tipo muy gruñón y cascarrabias. Medía más de dos metros de alto, y era tan ancho como un placard. Sin embargo, dentro de ese gigante repleto de músculos y fibra, en el fondo, muy en el fondo, y oculto para el resto de los mortales, había un hombre tierno. Aimeé lo sabía. Habían pasado por muchos aprietos juntos, y habían salido con bien. Por un lado, la valentía de su compañero era legendaria. Por el otro, su calidad humana era inigualable, aunque él se la pasara gruñendo a todo el mundo. Pero ella soñaba a menudo con perderse entre esos poderosos brazos y acariciar aquella poblada barba, sus pectorales, su marcado abdomen, y bajar y bajar… hasta sentir en sus ardientes labios la firmeza de la masculinidad de él. Sueños… sólo sueños.

Aimée instruyó a las cadetes con varias tareas simples, con la intención de mantenerlas ocupadas y que no piensen en lo que había pasado con Ivy. Mientras tanto, haría su propia investigación. Ella estaba segura de que había algo muy extraño en ese caso. No creyó ni un segundo en que la chica se había suicidado. Además, ella había notado algo insólito, que no se atrevió a revelar: en los ojos sin vida de Ivy, logró vislumbrar que los mismos eran en absoluto blancos… Jamás había visto algo así. Y había visto muchos cadáveres en su carrera. La explicación del forense respecto a que era algo que tenía que ver con la presión ocular y el impacto de la bala, no tenía asidero. Ni siquiera el mismo médico estaba seguro de lo que decía.

[…]

Luego de un arduo día de trabajo, Carmen regresaba a su departamento.

—¡La teniente Aimeé nos tuvo a mal traer hoy! —pensó en voz alta.

Dejó sobre una mesa el chaleco con el arma, y luego de ponerse más cómoda (con un jogging y sus poco sexys pero infaltables pantuflas), fue hacia el refrigerador para ver si todavía había algo allí que fuera comestible.

Como era de esperarse, la luz blanca del congelador se reflejaba en los estantes vacíos.

—¡El karma de ser policía! —reflexionó en voz alta de nuevo.

Cerró la puerta de la nevera, y sobre ella estaba un imán con el número de la pizzería. Estaba un poco ajado por el manoseo. Era muy frecuente que lo utilizara.

Luego de hacer su pedido, calculó que tenía tiempo de darse una ducha rápida antes de que llegara la pizza. Le dolían todos los músculos del cuerpo, y ya que no podía hacerse un auto-masaje, una ducha sería reparadora.

Sin embargo, todavía estaba bañándose cuando sonó el timbre de su puerta.

—¡Pizza! —Gritó el chico detrás de la puerta.

—Maldición... ¡Ya voy!

Se secó un poco los cabellos, y se apresuró a envolverse en un toallón. Se puso sus pantuflas y corrió a abrirle al muchacho de las pizzas.

En cuanto lo vio se sintió desnuda. De hecho, lo estaba debajo de la toalla, pero tuvo la sensación de que él podía ver a través de la misma.

—Tú no puedes ser…

—Charlie Hunnam, a tu servicio, dijo él haciendo una pequeña reverencia.

Ante el rostro de desconcierto de Carmen, explicó lo que sucedía:

—Es que tenía muchas multas impagas… y el juez me obligó a hacer un trabajo comunitario. Me tocó repartir pizzas…

—Esto es increíble —dijo Carmen, mientras veía como el muchacho observaba los contornos de su cuerpo marcados tras la toalla —¡Pobre!, debes estar muerto de calor con el día que hace. ¿Quieres pasar a tomar algo?

Ella no desaprovecharía una oportunidad como esa. Estaba casi desnuda, delante de uno de los tipos mas sexys del planeta. Siempre se había caracterizado por ir al frente. Por algo eligió la carrera de policía.

—No sé si debo…

—¡Por favor! Luego le dirás al juez que cumpliste con tu trabajo comunitario, pero al menos puedes refrescarte un poco.

El muchacho no se hizo rogar más, y entró sin objetar, mientras un par de glándulas en forma de botón, se erizaron en forma instantánea debajo de una toalla.

Ella fue a la cocina. Al pasar cerca de él, con toda intención dio un paso más largo, para que su pierna asomara de la toalla. Era muy excitante. Por suerte tenía dos botellas de cerveza fría.

—Espero que no te moleste, dijo ella, pero justo me estaba duchando. Hace tanto calor… —Al decir esto, abrió un poco su toalla al nivel de los pechos, los que parecían querer reventar en cualquier momento.

La vista de Charlie se dirigió en forma automática a ellos. Los hombres son tan predecibles…

Entonces ella le pasó un vaso con cerveza, tomando la precaución de que parezca un inocente accidente el hecho de derramar un poco sobre los pantalones de él…

—¡Oh! Lo siento… Me siento muy torpe… Pero yo lo repararé, tranquilo. Entra al baño y quítatelos. Tengo varias toallas allí con las que puedes cubrirte mientras te los seco…. ¡Oh!, me siento terrible…

E incluso ensayó un pequeño puchero. Carmen era una excelente actriz.

Claro que Charlie no se chupaba el dedo. Las intenciones de Carmen eran para él muy claras. Por ese motivo, la tranquilizó, y se dirigió al baño a quitarse la ropa. Con toda la intención del mundo, se quitó la camisa también, quedando desnudo por completo. Luego se colocó una pequeña toalla envolviendo su abdomen, y volvió a salir, aparentando timidez. Sus bien trabajados músculos pectorales hacían alarde de su aspecto. Por debajo de la toalla, un visible bulto estaba creciendo en forma desmesurada.

Cuando Carmen lo vio, la boca se le hizo agua.

Él traía los pantalones en su mano, pero pronto desaparecieron, arrojados en alguna dirección desconocida, cuando ella se puso de pie, y como si fuera un accidente dejó caer su toalla. Entonces lo miró desafiante. La lujuria se leía en sus ojos.

Charlie no se hizo esperar, y acercándose a ella, sin darle tiempo a dudar la tomó de la cintura, comenzando frenético a besar su cuello.

Ella correspondió al abrazo, sintiendo en su pubis la rigidez que él esgrimía debajo de la toalla. Esta última prenda desapareció casi de inmediato en las hábiles manos de Carmen, quien instantes después se encontraba en cuclillas, provocándole un gran placer a su compañero.

Charlie la hizo poner de pie entonces, y tomándola de la cintura la sentó sobre la mesa. Ella, intrépida, le ofreció su centro de placer, a lo que él respondió enseguida, bebiendo insaciable el néctar que se le ofrecía.

No pasó mucho tiempo antes de que ella aullara de placer. Pero él sin dejarla descansar, y tomándola de las piernas, la acercó a su enhiesta virilidad, convirtiendo la mesa en un improvisado lecho…

Misma mesa sobre la que algunas horas después descansaba la cabeza de Carmen, rodeada de un gran charco de sangre, que de ella provenía. Su arma estaba en su mano y, cosa que Aimeé comprobó tiempo después, sus ojos eran de un blanco inmaculado.



Capítulo III

Siempre el primero en llegar al cuartel, era el Jefe O’Neall. Por más temprano que Aimeé llegara, cuando ella entraba a la central, él ya se encontraba trabajando en su oficina.

Como todos los días, un bombón de chocolate la esperaba sobre su escritorio. El Jefe tenía esas raras cualidades que ella admiraba tanto. Era capaz de contestar con un gruñido cuando le hacían una pregunta en un momento inoportuno; sin embargo, todas las mañanas compraba una caja de bombones, y los repartía por los escritorios de todas las mujeres que componían el escuadrón. Era una especie de caballero de la antigüedad, recio y duro, pero tenía esos gestos que hacían derretir a Aimeé, y causaban la admiración de todas las chicas del departamento.

Junto al chocolate, estaban los expedientes que debía llenar a causa de la muerte de Carmen.

Desde la muerte de Ivy, tras la insistencia de Aimeé, un nuevo grupo de tareas se había sumado a la gente bajo el mando de O’Neall. Tres oficiales científicos y dos inspectores integraban ahora el plantel de policías a cargo de esa investigación. Entonces sucedió la muerte de Carmen, y se hizo más evidente que algo muy extraño estaba sucediendo. Todas las pruebas realizadas por los peritos daban como resultado que ella también se había suicidado disparando su arma a la cabeza, y en coincidencia con Ivy, también apareció desnuda y con signos de haber tenido relaciones hace poco. El asunto de los ojos blancos se convirtió en prueba irrefutable de que ambas muertes estaban relacionadas. Los científicos buscaban analizar la retina de las occisas, para intentar averiguar el motivo real de la decoloración. Mientras tanto, los inspectores investigaban algún nexo entre las dos. Así aparecieron dos sospechosos. Ambos habían sido novios de ambas chicas en diferentes momentos. Sendos interrogatorios fueron hechos para indagarlos, sin embargo no se obtuvieron pruebas contundentes contra ninguno de ellos. Lo interesante para la policía, es que sus coartadas eran débiles. En los días de los asesinatos, los dos muchachos referían haber pasado la noche juntos, tomando cerveza y viendo televisión. Era algo curioso que habiendo sido novios de las mismas chicas (y sin haberse conocido antes) se hayan convertido en amigos. Pero eso estaba aún sujeto a investigación.

[…]

Carla caminaba por la calle hacia su casa. Desde la muerte de Ivy y Carmen, todas las chicas estaban muy nerviosas. Casi paranoicas, cabría decir. Ella caminaba rápido, observando todo a su alrededor.

Justo cuando estaba por colocar la llave en la cerradura de su puerta, sintió unos golpecitos en el hombro.

Su entrenamiento se impuso, y reaccionó como un rayo: golpe a la nariz para aturdir, golpe a la ingle para incapacitar.

Instantes después se encontraba frente a un hombre que se sujetaba la nariz sangrante con una mano, y la entrepierna con la otra. El tipo traía algo en la mano, que se desparramó por el suelo al momento de los golpes. Eran papeles.

—¡Oh! ¡Cuánto lo siento!, en verdad, reaccioné sin pensar porque me tocaste el hombro. ¡Qué vergüenza! ¿Estás bien?

—Mas o menos… —Alcanzó a articular el hombre con un hilo de voz.

—Espera, ven. Tengo con que curarte en mi casa. Por favor, déjame ayudarte que me siento muy culpable.

El muchacho se dejó guiar por Carla, quien lo condujo al interior de su casa, y lo hizo sentar en el sillón grande de su living.

—Espera, ya vengo.

Corrió al botiquín, y tomó unas gasas y agua oxigenada. Luego sacó del freezer unos cubitos de hielo y tomó una toalla del baño con la que los envolvió.

Se acercó a su “víctima”, y le limpió el rostro con las gasas. Luego le puso la toalla con el hielo en la cara para evitar que se le inflame.

Hizo todo esto apelando a su entrenamiento médico, (sí, en la academia le enseñaron eso también), y no se detuvo a mirar a su “huésped”.

Cuando por fin se relajó un poco, descubrió algo que la dejó boquiabierta.

—¡Pero yo te conozco! ¡Te vi en televisión! ¡Tu eres Ashton Kutcher!

—Sí… —Al muchacho todavía le dolía mucho la entrepierna— Iba a una audición, pero quise preguntar la dirección para estar seguro…

—¡No puedo creerlo! ¡Estoy con una celebridad! ¡Le pegué a Ashton Kutcher!

Entonces se largó a llorar desconsolada.

El chico trató de calmarla:

—Bueno ya… Que al final no me duele tanto. Tranquila, se que fue un accidente.

—¡Siempre me pasa! —Lloraba ella— ¡Cuando algo bueno me sucede, lo arruino!

—Bueno, mira: ya casi no me duele. En serio…

Ella se tranquilizó un poco, y enseguida salió la fangirl de su interior:

—No puedo creer que esté contigo. ¡Eres famoso! Y tan apuesto… —Casi se muerde los labios luego de decir eso, pero… ¡qué más da! ¡Es Ashton Kutcher!

—¿En serio piensas eso? Yo no me siento tan así. Vivo con la espada de Charlie Sheen colgando sobre mi cuello. Todo el mundo me compara con él.

—Lo dicen porque lo reemplazaste en “Two and a Half Men”, pero no todos piensan igual. A mí me gustas más. Charlie es demasiado inestable…

—Me haces sentir bien. De verdad que esto es un karma. Me alegra tanto saber que alguien piensa eso de mí. Tan agradecido estoy que te besaría…

Entonces miró a Carla con ojos tristes y sumisos al mismo tiempo.

Ella pensó:

—“No lo hagas de nuevo porque no respondo de mí”

Él pensó:

—“Esta chica es muy atractiva. Creo que hasta me gustó que me pegue”

Y sólo hicieron falta unos mínimos instantes para que sus labios se encontraran con pasión.

Las manos de ella, inquietas, recorrían toda la anatomía de Ashton, repartiendo caricias por doquier, y concentrándose en la zona más sensible de él. Deseaba resarcirse por el daño causado, y lo estaba logrando a las mil maravillas.

Las manos de él, entre tanto, recorrían sus pechos provocando que su piel se erice aún más. Luego él comenzó a besarlos, mientras sus manos buscaban un objetivo más húmedo…

La caricias de él en su botón de placer eran enloquecedoras. Ella estaba por estallar, pero cada vez él se detenía justo a tiempo para provocarle aún más ansiedad. Su cuerpo ardía en deseo.

Ella lo empujó sobre la cama, cayendo él de espaldas, y enseguida se montó encima, sujetando sus manos. Las de ella, buscaban algo bajo la ropa que había quedado amontonada en un rincón de la cama. Entonces encontró lo que buscaba: sus esposas.

Esposó a Ashton a la cama, y eso le provocó aún más ardor. Tenía a su merced al hombre más deseable… Y no se hizo esperar para “comérselo” a besos. No dejó un solo centímetro de piel de él sin recorrer con su lengua, deteniéndose un rato en el punto que sabía lo enloquecería aún más. Deseaba beber el néctar de los dioses, pero primero tenía que obtenerlo… Así que volvió a subirse sobre Ashton para, lento, sumergir la enhiesta hombría de él, en su ardiente femineidad. Luego comenzó un rítmico movimiento de vaivén. Él, pasivo se dejaba hacer, mientras su rostro de niño expresaba la más profunda lujuria. No pasó mucho antes de que Carla obtuviera aquello que deseaba beber hasta la última gota.

Hasta la última gota… de sangre, salió de su cuerpo a través del enorme agujero que su arma provocó en su cabeza, luego de que ella sin explicación disparara sobre sí misma.

[…]

Mientras tanto, en el laboratorio del departamento, uno de los oficiales científicos descubría en la sangre de Ivy la presencia de una droga muy poderosa: la escopolamina, también conocida como “Burundanga”. Sus efectos incluyen la casi total anulación de la voluntad, el “efecto robot” que le llaman, donde la víctima seguirá las órdenes que le den (aún las más descabelladas) como un autómata. La droga se absorbe por la piel o por vía oral. En principio el oficial científico dedujo que fue a través de la lengua. Entonces recordó haber leído que había una teoría acerca de que esta droga, la cual decía que si una persona tenía un orgasmo mientras experimentaba sus efectos, los ojos se vuelven blancos por un efecto químico que altera la eumelanina.

Enseguida se puso a elaborar un informe al respecto, que elevaría al Jefe en la mañana.

Y Lynn, que en ese momento se encontraba en su casa, acababa de comprobar su teléfono celular, donde tenía un mensaje de Carla: “Adivina con quién acabo de acostarme… ¡Ashton Kutcher! ¿puedes creerlo?”


Capítulo IV

Luego de que el oficial científico terminara de elaborar su informe, emitió una copia impresa que dejaría sobre el escritorio de O’Neall para que el jefe la viera en la mañana.

Era muy tarde, pero las horas de trabajo extra habían dado buenos resultados.

De pronto sintió un piquete en la nuca, y se llevó una mano a la zona, pensando que algún mosquito lo había picado.

Luego de eso fue que sintió esa voz que le resultó familiar:

—Señor Smith. No mire hacia atrás. Tengo algo importante que decirle.

El oficial se quedó quieto. Algo le decía que tenía que obedecer en forma ciega a esa voz.

—De acuerdo, me quedaré quieto.

—Muy bien. Ahora quiero que recuerde mi voz. Creo que le suena conocida. Es porque yo soy el presidente. ¿Ha comprendido?

—Sí señor. Me está hablando el presidente.

—Ahora míreme y compruebe que soy yo.

El oficial giró su mirada, y se encontró frente a frente con nada menos que el presidente en persona.

—¡Señor presidente!

—Escuche con atención: No tengo mucho tiempo para decirle esto, pero usted acaba de descubrir un secreto de estado. No podemos permitir que se divulgue. Usted deberá borrar los archivos con el informe que elaboró. Luego olvidará lo que ha descubierto, y también olvidará que estuve aquí. Repita lo que le dije.

—Debo borrar los archivos con el informe. Debo olvidar lo que descubrí. Debo olvidar que estuvo aquí. —la voz de Smith era monótona.

—Muy bien. Hágalo. Es una orden.

—Listo, señor presidente.

—Muy bien. Ahora duerma.

En ese momento, el oficial cayó dormido, y el “presidente”, antes de retirarse, tomó la hoja impresa con el informe y la trituró en una máquina destructora de documentos.

[…]

Arantxa, era la mayor de las cadetes recién ingresadas al cuartel. A menudo sus compañeras le consultaban por cosas de la vida, ya que al tener más experiencia estaba de vuelta en la mayoría de los temas. Sobre todo en lo referente a lo sexual. Había vivido muchas experiencias, y a las chicas les encantaba (y a veces hasta las excitaba) escuchar sus relatos.

Esa tarde, luego de volver del trabajo, había decidido descansar un rato en la tina. Era muy relajante. Sus músculos estaban un poco agarrotados, y nada como un baño de inmersión (o buen sexo, pero de eso no había a la vista).

Preparó todo, se quitó la ropa y se cubrió con una bata de toalla. Entonces, como era de esperarse, sonó el timbre de la puerta.

Estaba en bata, pero como la misma era amplia, no temía mostrar más de la cuenta, así que abrió sin necesidad de cambiarse. La persona que vio la dejó muda, sólo con la mirada:

—¡Nah! Yo estoy viendo visiones. ¡No puede ser que el mismísimo Miguel Bosé esté tocando a mi puerta!

—¡Ah, jajaja!, pues no. No ves visiones. Te explicaré qué hago aquí , y enseguida entenderás. Sucede que me mudé hace muy poco a este edificio, y casi no conozco a nadie aquí. Hoy, mientras me estaba bañando, comencé a cantar un poco (siempre lo hago), pero al poco rato sentí un extraño dolor aquí —se señala el abdomen— Así que consulté a los vecinos, y me dijeron que tú, además de policía eres enfermera.

—Sí. Lo soy.

—Ya sabes lo que nos pasa a las celebridades. Si por casualidad llego a pasar por la puerta de un hospital, enseguida aparecerán titulares diciendo que me estoy muriendo. Y no quiero eso. Seguro que lo que tengo es algo muy leve, y pensé que tal vez, sin compromiso, quieras examinarme para tratar de ver de qué se trata…

Arantxa no podría decir que no a aquella mirada triste… Así que lo dejó pasar, y le pidió que se siente. De todas formas lo hubiera hecho entrar de alguna manera… Sonrió ante esta ocurrencia.

—De acuerdo. Te haré un examen rápido, pero debes prometerme ver a un médico. ¿De acuerdo?

—¡Sí doctora!

Sólo con llamarla “doctora”, él se había ganado su corazón.

—Muy bien. Ahora quítate la camisa, y respira profundo.

Arantxa presionó suave el abdomen de Miguel.

—¿Aquí te duele?

—No.

—¿Y aquí?

—Tampoco.

—Qué extraño. Debe ser cuando cantas… a ver, canta algo.

“Yo seré el viento que va

Navegaré por tú oscuridad

Tú, Rocío, beso frío

Que me quemará

Yo seré tormento y amor

Tú, la marea, que arrastra a los dos

Yo y tú, tú y yo

No dirás que no…”

—¿Te duele?

—No. ¿Supongo que sería por el agua? Tal vez tengo que sumergirme y cantar para sentir el dolor.

Arantxa pensó enseguida en su tina preparada…

—Bueno… justo estaba por tomar un baño… si quieres podemos probar. ¡Es un experimento médico, claro! —Mintió ella.

Pocos minutos después tenía a Miguel Bosé en slip, sumergido en su propia bañera. Le pidió que cantara un poco más, a lo que él correspondió con un poco más de la canción “Amante Bandido”.

Arantxa sentía que su pecho estaba por explotar tal era la fuerza con que latía su corazón. Hasta se sentía agitada, mientras él cantaba, y ella bajaba despacio su mano por el abdomen de él.

Entonces, la bata que ella llevaba, traviesa, se abrió un poco, dejando entrever sus pechos a la vista de Miguel, quien no se negó a tan magnífico espectáculo. Enseguida, un bulto comenzó a asomar desde abajo del agua, a la altura del slip del cantante…

—Creo que es un poco más abajo que me duele, o más bien siento como si estuviera agarrotado… —Insinuó él.

—¿Ah sí? –dijo ella sensual— entonces tendremos que evaluar la posibilidad de un pequeño masaje justo ahí…

Y bajando la mano del todo, tomó con fuerza aquel bulto que se agigantaba cada vez más.

Él acercó la cara al pecho de ella, que ya asomaba por delante de la bata, y comenzó a besar desesperado todo ese postre que se le ofrecía.

Luego, abrió la bata de ella, y se la quitó, para, acto seguido tomarla de la cintura y meterla también dentro de la bañera.

Ambos rieron, y jugaron como niños, mientras los besos acompañaban tan romántico momento.

El slip de él, desapareció como por arte de magia en las hábiles manos de Arantxa y, mientras él seguía recostado en la bañera, ella comenzó a ubicar su cuerpo de manera que la firme hombría de él no tuviera dificultades en ingresar a su ardiente anatomía. Entonces, él la sorprendió levantando el pubis. Ella se sintió desfallecer ante tamaña apronta, y por un instante sus ojos sólo vieron estrellas; pero le fascinó. Temía caer desmayada de placer.

—¡Hey! ¿No era que te dolía?

—Creo que mi “Doctora” ha encontrado la cura a todos mis males…

Entonces fue ella quien comenzó a subir y bajar lento, para acelerar el ritmo poco a poco, a medida que ambos iban acercándose más y más al momento cúlmine…

Es una lástima que luego de tanto placer romántico, ella haya sido encontrada en la bañera, con su propia arma en la mano, y un agujero en la cabeza.

[…]

En otro sitio, no muy alejado de ahí. Una mujer policía llamada Lynn, estaba eliminando de su teléfono celular un mensaje que había recibido la noche anterior… “Es mejor que no estés aquí”, le dijo al mensaje antes de borrarlo.



Capítulo V - Epílogo

Luego de que Lynn borrara el mensaje, realizó una llamada. Lo que ella no sabía es que Aimeé, que se había quedado tarde en el trabajo, estaba escuchando detrás de una mampara de la oficina:

—¿Hola?, tengo que hablar contigo.

— […] —Aimeé aguzó el oído, pero no podía escuchar al interlocutor de Lynn.

—Sí, sé que no es conveniente, pero creo que estamos estirando demasiado la situación.

— […]

—¿Supiste que Carla me envió un mensaje de texto?

— […]

—¡Ah!, comprendo… ¿estabas esposado a la cama?

— […]

—Debes tener más cuidado la próxima. No puedes permitirte ese tipo de errores.

— […]

—¿Te sirvió el extracto de Arantxa?

— […]

—¡Maldición! ¿Cuándo lo encontraremos?

— […]

—Sí. Yo también seguiré hasta las últimas consecuencias. Es nuestra hija, ¿recuerdas?, pero creo que aquí ya tenemos que parar. Se van a dar cuenta. Tantos suicidios en el mismo cuartel…

— […]

—Sí. Es cierto que las estadísticas dicen que la mayor tasa de suicidios son de policías, claro, tienen armas…

— […]

—Está bien. Una prueba más y nos vamos. Creo que Aimeé está sospechando de nosotros.

— […]

—Adiós. ¡Te amo!

Cuando la escuchó colgar, Aimeé se retiro en silencio, esperando no ser descubierta.

Estaba impactada. ¡Entonces sí eran asesinatos! Pero Lynn… No podía creer que ella fuera cómplice. ¿Y con quién hablaba?

En la mente de Aimeé comenzó a formarse una idea. Un día antes había hablado con uno de los oficiales científicos, para consultarle acerca de lo que hubiera podido averiguar acerca de los iris blancos. En ese momento, le pareció que el oficial dudaba al responder y estaba muy nervioso. Él le dijo que no descubrió nada, pero su intuición femenina le decía que el oficial mentía. ¿Por qué lo haría?

Aimeé, además de policía, era perito informático. Decidió que era un buen momento para “visitar” la computadora del oficial. A través de la red, claro. Tenía suficientes privilegios en la red del departamento como para infiltrarse en los archivos de esa computadora.

Un primer vistazo le alcanzó para descubrir que no había nada. Ningún documento. Eso era raro, ya que en algo debe haber trabajado todo este tiempo…

Entonces utilizó técnicas más sofisticadas, para buscar archivos eliminados en forma reciente. ¡Voilà! ¡Ahí estaban!

Los transfirió a su propia laptop. Entonces se retiró a su casa, para pode leer con tranquilidad la investigación borrada.

Alrededor de una hora después llegó a su domicilio.

Lo primero que hizo, fue abrir los documentos y ponerse a leer con avidez.

Supo entonces de la droga, y comprendió por qué las chicas tenían los ojos blancos: Tuvieron un orgasmo mientras tenían la droga en sangre. ¿Pero cuál sería el objetivo del asesino? Ya se había descubierto que los dos muchachos involucrados eran inocentes. Resultó que ambos se habían enamorado luego de conocerse a través de las chicas. Por eso es que estuvieron juntos esas noches. Sólo tenían vergüenza de decirlo.

Estaba segura de que el asesino no buscaba simple placer carnal. Lynn había mencionado un “extracto”. Es decir que a las chicas les quitaron algo…

En ese momento fue sorprendida por el timbre de la puerta, que la sobresaltó. ¿Quién sería a esas horas?

Observó por la mirilla, y casi se cae de espaldas. ¡era el jefe O’Neall!

Ahora podría compartir con él sus descubrimientos. Estaba segura de que él le ayudaría a resolver el enigma. ¿Pero qué haría en su casa a esa hora?

Apenas abrió la puerta, se encontró con los ojos de O’Neall observándola fijo. No podía resistirse a esa mirada, no podía…

—¡Jefe!, ¡tengo que decirle algo importante!

—¡Alto! Ahora duerme…

Aimeé entró al instante en un estado de somnolencia. Estaba de pie e inmóvil, observando los ojos del Jefe que ya había cerrado la puerta luego de entrar. Para ella el tiempo se había detenido.

—Bien, Aimeé. Ahora vas a decirme quién es el hombre que te parece más sexy en el mundo.

—El Jefe O’Neall —Respondió ella como un autómata.

O’Neall se sorprendió de la respuesta, pero también se alegró por no tener que actuar como otro. Era más fácil si tenía que ser él mismo. Al hipnotizar a las otras chicas, tuvo que preguntarles primero acerca de las celebridades que debía representar, para que ellas “creyeran” el acto.

—Muy bien. Entonces, cuando yo te de la señal, irás a la puerta y la abrirás. El Jefe O’Neall estará ahí. Debes hacer que entre a tu departamento. Tú quieres que él entre. Lo deseas más que nada en el mundo, y no desaprovecharás esta oportunidad única de intimar con él. ¿Verdad?

—No la desaprovecharé.

—Muy bien. En dos minutos despertarás, y escucharás el timbre de la puerta. Harás lo que te dije.

Entonces el Jefe volvió a salir, cerrando la puerta tras de sí. Se quedó de pie frente a la misma. Dos minutos después presionó el timbre.

Una cambiada Aimeé acudió a abrir. En la mirada de ella se podía leer la lujuria.

—¡Hola Aimeé! Perdón que te moleste a estas horas…. Pero es que mi auto se descompuso aquí cerca, y como llueve tanto, me preguntaba si no te molestaría “alojarme” un rato hasta que pare…

Aimeé sintió cómo se erizaba toda su piel. ¡Ese hombre era tan deseable!

—Claro que sí, Jefe.

—Por favor, llámame Josué.

—De acuerdo, Josué… —dijo ella, sensual. Ardía en deseos.

Se sentaron en un sillón amplio. Aimeé se acercó a él lo más posible. Era tan varonil… Su cuerpo, repleto de músculos era una tentación difícil de resistir. A través de su camisa apenas abierta, ella podía atisbar parte del pecho de él.

—Hace mucho calor, ¿verdad? —dijo ella, desabrochándose la blusa hasta el punto justo.

—Sí. Es verdad.

—Estamos en confianza, Josué. Quítate la camisa si quieres.

—Está bien. Gracias.

Algunas cicatrices aparecieron a la vista de Aimeé.

—¿Te duelen? —dijo ella, acariciando la más próxima.

—No. Son cicatrices antiguas…

Ella continuó acariciando el fornido pecho de O’Neall. Instantes después, él comenzó a hacer lo propio con el de ella.

Los pechos se le erizaban mientras los dedos de él recorrían las aureolas con suaves movimientos.

Ella disfrutaba a pleno, mientras sus manos continuaban acariciando. No tardó mucho en encontrar bajo sus dedos la firme virilidad de él, cuya fuerza había desprendido ya algunos botones del pantalón.

Enseguida él se puso de pie, y se quitó los pantalones. Ella hizo otro tanto con el bóxer, que ya estaba a punto de romperse a causa de la fortaleza que él esgrimía.

Instantes después, su boca se encontraba saboreando semejante manjar. Ella nunca había visto nada similar. Era algo fuera de lo común.

—Debiste haber sido actor porno —susurró ella al oído de él, mientras sonreía por su ocurrencia.

Él, sin consideración por los botones que volaron en todas direcciones, arrancó la blusa de ella de un solo tirón. Lo mismo sucedió con la ropa interior, sólo que esta vez lo hizo con los dientes. Era un verdadero animal en celo. Justo como a ella más le gustaba…

Luego la tomó de la cintura, y la hizo girar para ponerla de espaldas. Ella apoyó las manos sobre el sillón, ofreciéndole sus apetecibles pompis.

Él la tomó entonces del cabello, obligándola a curvar la espalda, y luego acercó su erecta hombría al punto más sensible de la anatomía de ella.

Aimeé temblaba de placer, mientras las embestidas se hacían más y más fuertes, más y más rápidas. Cuando estaba a punto de estallar de placer, él se detuvo y tomándola con ambas manos la recostó sobre el sillón, para enseguida montarse sobre ella y continuar con el rítmico movimiento que la estaba volviendo loca.

La mente de Aimeé era algo especial. Era diferente a las otras chicas. Pero él no lo sabía. Por eso es que cuando él extrajo el artefacto, ella pudo verlo claro frente a sus ojos.

—¿Qué demonios es eso? ¿Qué me estás haciendo?

—¡Quédate quieta y disfruta! Ordenó él.

Pero ella ya no se encontraba bajo el influjo de la hipnosis, y con un hábil movimiento logró quitárselo de encima. Entonces, aprovechó haberlo sorprendido para tomar sus esposas, y colocárselas en un abrir y cerrar de ojos. Luego lo tacleó, y lo hizo caer, con la cara apoyada en el piso. Luego puso una rodilla sobre su espalda. Hizo todos esos movimientos en forma automática. El entrenamiento había dado buenos resultados.

Él se quejaba porque le dolía la rodilla en su espalda.

—Suéltame por favor… Estás en un error.

—¿Por qué lo hiciste? ¿Qué es ese artefacto que pusiste frente a mis ojos?

—Está bien. Te lo explicaré. ¡Pero para ya que me estás rompiendo la espina!

Aunque nadie en el departamento lo sabe, yo tengo una hija. Es una hermosa pequeña. Ella nació con un defecto congénito, y sus iris son de color blanco, lo que le impide ver con claridad debido a la alta absorción de luz que sus ojos tienen. He recorrido clínicas de todo el mundo, y en ninguna parte pudieron darme una solución.

Sucede que sus iris no tienen la pigmentación necesaria, y nunca la tendrán… Ella tiene que vivir siempre encerrada, porque si sus ojos vieran la luz del Sol en forma directa, podría quedar ciega.

Pero tú sabes que además de policía, soy ingeniero en electrónica. Y sucede que mi mujer es ingeniera química. Ella descubrió las propiedades de la escopolamina por casualidad. Leyó en una revista sobre el efecto que la misma podía provocar sobre la melanina del iris. Luego, diseñé un artefacto capaz de absorber esos pigmentos, que podía actuar sólo en esas circunstancias, debido al campo electromagnético que se genera en forma natural cuando una mujer tiene un orgasmo.

Pero quedaba el problema de que no podíamos ir por ahí diciendo “¡Hey!, ¿quieres un orgasmo? ¡regálame tu melanina!”. Así que cuando descubrí mi capacidad innata para realizar hipnosis, el círculo estaba cerrado. Sólo debía hipnotizar a una mujer, haciéndole creer que yo era alguien que ella deseara mucho. Para esto, primero le suministraba la droga (en el caso de ustedes a través de los bombones), en forma leve, sólo para que estén predispuestas a caer rápido en hipnosis luego del primer contacto con mis ojos. Luego era sólo preguntar por la celebridad correspondiente, preparar el terreno y comenzar mi actuación.

Funcionó perfecto con Ivy. Logré obtener su pigmentación. Luego tuve que hipnotizarla de nuevo para que dispare sobre sí misma. Un poco más de droga y eso era muy fácil. Nadie le creería haberse acostado con el tal Myles, y habría una investigación y la idea era retrasar lo más posible la cosa, para darnos tiempo de huir. Un suicidio era perfecto. . Lo que no pudimos prever es que la pigmentación además debía ser “compatible”. Resultó que no servía, y tuvimos que probar con un par de chicas más. Como eran policías, no era de extrañar que se suicidaran. Muchos policías son inestables, y tienen un arma a mano. Era perfecto el escenario además, porque acababan de tener una relación carnal… podía ser una cuestión pasional entonces.

Pero esta vez he fallado. No esperaba que me descubras. Es lamentable, tal vez hubieras sido compatible…

Aimeé recordó entonces la charla que le había escuchado a Lynn en el teléfono.

—Entonces tu esposa es: Lynn…

En ese instante, Aimeé se quedó rígida. Un hilo de sangre comenzó a asomar por la comisura de sus labios. El puñal que Lynn había clavado en su espalda estaba quitándole el aliento, a la vez que la vida.

—Tendremos que irnos ahora. No podremos disimular esto. ¡Un puñal en la espalda es difícil que sea suicidio! —Bromeó O’Neall.

—Ya tenía todo planeado —acotó Lynn— aquí están los pasajes a Malasia. Nadie nos conoce allá, y dicen que las malayas son chicas muy ardientes…

Ambos rieron, y luego se encaminaron directo al aeropuerto.

Aimeé sobrevivió unos minutos más. Fue encontrada más tarde por la policía, en un charco de sangre. Sus ojos no estaban blancos como los de las demás chicas, y aún se buscan pistas al respecto.

Texto agregado el 03-09-2020, y leído por 158 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
04-09-2020 —Anoche cuando iba en el segundo asesinato preferí dejarlo para leerlo completo hoy, fue bueno aplazarlo porque sino no iba a poder dormir pensando que podría llamar a mi puerta esa actriz de cine francesa que tanto me gusta y quien sabe que podría haber sucedido. Ahora ahora deduzco que te has documentado bien y por eso me sigue dando vueltas lo de la escopolamina. Largo pero entretenido. —Un abrazo. vicenterreramarquez
04-09-2020 Ya diste un pasito: quitar los "mente". En este sitio están malacostumbrados, porque cualquier escritor novato debería poder escribir un texto de entre 7000 y 10000 palabras, porque es la más habitual de las bases de los concursos: unas 5 u 8 cuartillas, masomenos lo que has escrito. Lo siguiente que te recomiendo es: No acotar tantos detalles en los diálogos; ejemplo: "dijo ella, acariciando la más próxima", "Bromeó O’Neall". Si quieres escribir en serio, esas acotaciones están de más. eRRe
04-09-2020 Al margen del título, que te sugiero cambiar, me encantó tu relato. El que no lo lee por ser extenso, se lo pierde. Ingresé a la página sólo para leer tu relato y el de Melina, al cual me dirigiré enseguida. Ustedes son los únicos que me siguen y serán los únicos a quienes comentaré de ahora en más. Te dejo un abrazo y mis felicitaciones. Mnemosine
03-09-2020 Uf! Es buenísimo! Me lo leí de un tirón. Me encantó la historia, qué bueno que no soy policía (sonrisa). Te felicito, IGnus. Me hacés reír con los títulos que ponés. Abrazo! MCavalieri
 
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